domingo, 13 de septiembre de 2015

La conquista británica de España (VIII)

La influencia inglesa en la élites hispanoaméricanas

La inteligencia, según Antonio Zea, se encontraba en la colonización, como se deduce de los argumentos con los que adulaba a quienes acabarían siendo los únicos beneficiarios de la destrucción de la Patria.
“¿Se aumenta rápidamente mi población? Rápidamente se aumenta vuestra industria, de que ella necesita. ¿Se benefician nuevas minas en mi territorio? Nuevas fábricas se levantan en el vuéstro. ¿Se descubren en mis vastas selvas nuevas producciones que exportar? Nuevas casas de comercio se establecen en vuestras populosas ciudades, y vuestras artes hacen nuevos progresos con sus nuevas aplicaciones. Si mis hijos adelantan en la civilización, que multiplica a un tiempo los agrados y las necesidades de la vida, los vuéstros adelantan en perfección y en inventos para satisfacer el gusto y estimular el lujo con la novedad. ¿Y qué será cuando una partícula del áurea celestial que rodea el instituto de París, la real sociedad de Londres y otros altares del genio, brille sobre los Andes y derrame en aquel hemisferio la beneficencia y la luz de las ciencias y de las bellas artes ? No será ya solamente el mundo de Colón. Será el mundo de Jusien, el mundo de Cuvier, el mundo de Rauy, el mundo de Lacepede.” “Será la interdicción del odio, la que excluya para siempre el comercio español de nuestro continente…/…¡Perezca el nombre del primer americano que no retrocediese de horror a la vista de vuestras telas espantosas y de vuestros vinos mezclados con la sangre misma de nuestros padres y de nuestros maestros! ¡Que esta idea se grabe profundamente en nuestra imaginación, que se trasmita a nuestra posteridad, y haga eterna la aversión a cuanto siquiera tocare vuestras manos asesinas!”
El odio que Zea sentía hacia España sólo podía proceder de la influencia británica: “Si tántos horrores y maldades no pueden leerse sin indignación y sin un secreto deseo de ver exterminada una raza tan perjudicial al género humano, qué efectos no habrán producido en los mismos pueblos oprimidos, y pueblos extremadamente irritables, dotados de una imaginación ardiente, y penetrados de la justicia y de la importancia de su causa! Es imposible formarse fuera de nuestro territorio una idea, no digo ya del odio, sino del furor y de la rabia, que anima a los americanos contra los españoles. Esta animosidad domina todas las pasiones, subyuga todos los intereses, prevalece sobre el sentimiento mismo de la libertad y de la independencia. El Atlántico, que separa los dos mundos, no es tan extenso como el odio que separa los dos pueblos.

Si alguna duda cabe sobre la dependencia que Zea tenía de Inglaterra, esta sentencia la borra:
“¡Que la España se persuada bien de esta verdad y pese las consecuencias de una aversión inmensa que se difunde a todo lo que lleva su nombre, a las producciones mismas de su industria y de su territorio! La opinión ha marcado entre nosotros con el sello de la infamia a todo lo que es español, como entre los mismos españoles a todo lo que es judío. Un botón, una cinta de sus fábricas, sería aquí lo mismo que en la salvaje Castilla un sambenito.”
El mercado; ese era el interés de la Gran Bretaña, curiosa coincidencia con Zea, que no oculta el hecho cuando afirma: “Todo es ya inglés entre nosotros, y aun las producciones y mercancías de otros países nos viene por sus manos. La gratitud fortifica más, cada día este gusto y estas inclinaciones. El comercio inglés nos suministra con mano liberal todos los medios de conquistar nuestra independencia, y el comercio inglés obtendrá, sin necesidad de algún tratado, una preponderancia eterna en este continente. Es de toda justicia lleve el premio de los riesgos que ha corrido y de las dificultades que ha tenido que vencer en su propio país, cuyos grandes y permanentes intereses no han sido bastante conocidos de los que mejor debieran calcularlos.”







Referencias bibliográficas utilizadas en este capítulo

Zea, Francisco Antonio. Discurso de 19 de Enero de 1819..Bolívar, Camilo Torres y Francisco Antonio Zea Pag. 262, 276, 235, 236

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