lunes, 5 de octubre de 2015

Sobre la herejía (1)


Nuestra cultura fue hecha por una religión. Los cambios o los desvíos de esa religión necesariamente afectarán a nuestra civilización como un todo.



Esa premisa, que resulta imprescindible para comprender nuestra propia cultura, no debe significar nada, a favor ni en contra, a la hora de ponerse a estudiar las herejías; sólo servirá como punto de referencia para ubicarnos. Así, si uno se pusiese a catalogar a las herejías siguiendo la larga Historia de la Cristiandad, su lista podría parecer casi infinita, porque se dividen y se subdividen; varían de lo local a lo general, y su vigencia se extienden, atendiéndolas individualmente, desde menos de una generación hasta siglos enteros.
Nosotros, por el momento, nos vamos a centrar en el análisis de la herejía que marcó tan especialmente la época visigoda: el arrianismo, con el que (a pesar de no haber contagiado ni a una parte mínima de la población española) el episcopado hispano–latino, defensor de la fe y de la civilización contra el elemento bárbaro tuvo que combatir de forma decidida.

Vamos a señalar también la tremenda actualidad que tiene este asunto, ya que actualmente vivimos bajo un régimen de herejía que se distingue de los períodos herejes más antiguos tan sólo en que el espíritu herético se ha vuelto generalizado y aparece bajo varias formas cuya finalidad es atacar al cristianismo.

A lo largo de la historia podemos encontrar cinco aspectos de la herejía que destacan con luz propia. Los cinco ataques, ordenados históricamente son: 1. el Arriano; 2. el Mahometano; 3. el Albigense; 4. el Protestante; y 5.uno que aún no tiene un nombre específico asociado pero al cual llamaremos “el Moderno” por una cuestión de conveniencia.

Empezando por el principio, el arrianismo fue una revuelta contra las dificultades inherentes a los misterios de la fe, si bien tuvo especial significado, prácticamente en un único aspecto: el ataque al misterio de la Santísima Trinidad.

Veía en Dios a un principio superior; negaba que Jesucristo, el manso hijo de Dios que se dejó prender y crucificar sin oponer resistencia, fuese el mismo Dios. Negación que, apoyada en unos razonamientos lógicos carentes de complicaciones intelectuales, consiguió atraer a grandes masas a sus postulados.

Razonamientos y simplicidades que otorgaban a Nuestro Señor toda clase de honores y majestades, pero que le negaban la naturaleza plena de la Divinidad, afirmando que era criatura de Dios, eso sí, creada antes que todas las cosas, y afirmando que a través de Él fue creado el mundo. En pocas palabras, a Jesús, curiosamente, se le otorgó el poder de todos los atributos divinos, pero se le negó la divinidad.

No es asunto menor esa negación… No es una cuestión semántica, y debe ser considerado el hecho que tratar el arrianismo como una mera discusión semántica sería como negar, por ejemplo, la diferencia existente entre un mundo cristiano y un mundo mahometano, siendo que Islam y Arrianismo son, entre sí, más cercanos que cualquiera de ellos con el cristianismo.

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