domingo, 17 de enero de 2016

Siguiendo con la Guerra de Sucesión


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Las políticas de ambos pretendientes, Borbón y austracista, no diferían en gran medida. Al respecto, señala Virginia León Sanz que “la dinámica institucional y la confluencia de los planteamientos doctrinales conducen a una aproximación de los presupuestos de los españoles austracistas y borbónicos. Más allá del encasillamiento en la defensa sin esperanza de un sueño ya caído, y sin pretender caer en la simplificación historiográfica de individuar una línea recta de causalidad en la explicación del fenómeno austracista, la apertura a las propuestas de reforma y modernización no se puede sustraer de la actuación de este grupo de españoles que participaron en el conflicto sucesorio.”[1]


La oposición a Felipe V no se circunscribió a Cataluña, sino que tuvo importantes representantes en la Corona de Castilla; así, el Almirante de Castilla, Juan Tomás Enríquez de Cabrera, tendría una significación esencial en el bando austracista, y con él, el duque de Sesa, el conde de Lemos, el conde de Cifuentes… y un largo etcétera que se extendía a la baja nobleza, al clero y a otros ámbitos sociales; entre ellos destaca Gaspar de Viedma, veinticuatro de Jaén, que en 1706  instigó una conjura que fue abortada.

Al mismo tiempo, y según señala Antonio Ramón Peña, la “defensa y reivindicación de España austracista como la España de las libertades se sostuvo incluso después de Almansa y era contrapuesto a la imagen de Francia como esclavizadora de España. Tenemos muchos panfletos en esta línea, como A la injusta introducción del duch de Anjou en Espanya o Doctrina vigatana. En esta última se hace un llamamiento a la libertad de toda la patria para obrar todos por el bien común de España.”[2]

Parece así que, políticamente, los bandos en disputa se diferenciaban en matices. En ese mar de banalidades se desarrollaban las intrigas. Así, las críticas y resquemores se repartían por igual entre los miembros de la corte. En estos momentos, señala Antonio Ramón Peña que las críticas a Portocarrero le llovían en todas direcciones; desde el seno de los felipistas por el trato que brindaba a los austracistas, y que animaban a la sumisión a Francia, pero también desde el seno de los austracistas. Las críticas y el descontento se manifestaban de muchas formas; entre ellas afirmando que: “nuestro gobierno es un gobierno extraño: un rey mudo, un Cardenal sordo, un presidente de Castilla que no tiene ningún poder y un embajador francés que carece de voluntad. Entonces, ¿quién gobernaba?: Luis XIV.”[3] El fin político de Portocarrero no tardó en llegar; Con la llegada de la campaña de Italia, Felipe V acabó prescindiendo de sus servicios, sustituido por los embajadores franceses, y él acabaría engrosando las filas del austracismo.

La situación política estaba empeorando por la actuación de la nueva corte; no obstante, y  según nos refiere Manuel Mas Soldevila, cronista contemporáneo, “cuando el 20 de diciembre de 1702 Felipe V regresó de Italia y entró en Barcelona fue recibido mejor que cuando llegó a la ciudad para celebrar cortes. Las autoridades, los Comunes, los grupos privilegiados y el pueblo llano salieron a recibirle, y nadie expresó contestación y todo fueron aclamaciones.”[4]

Paralelamente al apoyo recibido por parte del pueblo, Antonio Ramón Peña Izquierdo señala que en esta fechas “fue alimentando la hostilidad de las potencias –Inglaterra, Holanda, Austria- hacia Felipe V. Como respuesta mayores esfuerzos se hicieron desde la publicística catalana –y española- por invalidar los supuestos en los que las potencias pretendían dar fundamento a la guerra en 1702: principalmente la acusación de ilegitimidad del rey a la que muy pronto se añadiría el cuestionamiento del Testamento. La defensa de Felipe V fue contundente no solo entre la generalidad de los escritores catalanes sino también en los del resto de España.”[5] Parece que, por un momento, el pueblo español había puesto los intereses de la Patria por delante de los intereses políticos bastardos, y había optado por aceptar un rey, por nefasto que fuese, en la confianza de poder reconducir aquellos aspectos inaceptables.

Al respecto, Ricardo García Cárcel señala que “no faltaron testimonios de relativismo dinástico. Como decía un folleto de la época: Costó mucho en quererla (la dinastía de los Austrias). Después todos la veneraron. Luego ha entrado la de Borbón ¿pues por qué ha de ser más desgraciada que las otras?”.[6]


[1] León Sanz, Virginia. El reinado del archiduque Carlos en España: la continuidad de un programa dinástico de gobierno. Pag. 59
[2] Peña Izquierdo, Antonio Ramón. La crisis sucesoria de la monarquía española. Pag. 316
[3] Peña Izquierdo, Antonio Ramón. La crisis sucesoria de la monarquía española. Pag. 301
[4] Peña Izquierdo, Antonio Ramón. La crisis sucesoria de la monarquía española. Pag. 261
[5] Peña Izquierdo, Antonio Ramón. La crisis sucesoria de la monarquía española. Pag. 254
[6] García Cárcel, Ricardo. Dos Españas. 1705, España partida en dos. Pag. 42

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