viernes, 26 de febrero de 2016

La crisis del siglo XVII (2)



La excusa de los validos era la protección de la figura del rey; la caída de éstos se produciría inexorablemente cuando el escándalo arreciase, pero en este caso, contrariamente a lo que sucedía con Felipe II, tan sólo servía para lo que puntamos: proteger la figura del rey… pero no para proteger al reino. Así, los validos se sucedían para justificar las actuaciones, que seguían siendo las mismas, y así contentar a un pueblo que se veía cada día más agobiado por las continuas demandas que un reino tomado por los intereses privados le presentaba de continuo.


En el curso de esas intrigas palaciegas, y cediendo a las llevadas a cabo por el duque de Uceda, hijo del de Lerma, Felipe III, “desde abril de 1618 comenzó a retirar a Lerma su confianza, restringiendo su acceso a los documentos oficiales y advirtiéndole que se preparara para el retiro…/… A finales de septiembre de 1618, cuando solicitó permiso al rey para retirarse, su petición fue atendida y la decisión se le comunicó el 4 de octubre. ¿Se retiró Lerma o fue cesado? Una cierta ambigüedad envuelve esta cuestión. De cualquier forma, se retiró a sus propiedades de Lerma, al sur de Burgos, y luego a Valladolid, donde murió el 17 de mayo de 1625.”[1] Pero todo hace indicar que fue relevado por los consejos de su hijo, el duque de Uceda, a Felipe III. Cambiarlo todo (el valido era todopoderoso), para que todo siguiese igual. ¿El pago al antiguo valido?... Lamentable, pero al fin ya se había enriquecido sobrada e injustamente.

¿Una traición del hijo hacia el padre?... Creo que, evidentemente, sí, pero al cabo no era sino la expresión de lo que la generalidad de la nobleza estaba haciendo. Una cuestión de la que se dieron perfecta cuenta los Reyes Católicos, por lo que procedieron a llevar una política de recortes hacia un sector de la sociedad que de ser generosa y productiva había pasado a ser endogámica y parasitaria. Una cuestión que en tiempos de Carlos I fortaleció su capacidad de crear problemas como consecuencia de la guerra de los Comuneros, y que, a pesar de los recortes aplicados por Felipe II seguía teniendo demasiado poder.

“La desobediencia, aun pudiendo afectar a otros elementos de la administración, era especialmente grave y extendida entre los nobles. Ejercieran un cargo público o no, se creían obligados a velar antes que nada por los intereses de su casa y por su honra que, desgraciadamente, no coincidían a menudo con los intereses del Estado. Es éste un fenómeno muy extendido: «Los procuradores de las Cortes de Castilla, los regidores de Barcelona, los nobles, los cortesanos y oficiales reales, todos a una buscaban sus propios intereses y olvidaban sus deberes para con la corona»”[2]

Con esta situación nobiliaria, el 31 de Marzo de 1621 falleció Felipe III y le sucedió un chico de 16 años: Felipe IV, que deseaba basar su gobierno en el de su abuelo, el rey Felipe II, decían, y a ese efecto erigió en ministerios todos los departamentos existentes durante el reinado de su abuelo”.[3] Inmediatamente cayó en manos de su hombre de confianza, quién sustituyó al duque de Uceda y que no era otro que Baltasar de Zúñiga, tío y protector del ya introducido y amo del espíritu del nuevo rey, el todavía sólo Conde de Olivares, un hombre sumamente ambicioso, y como hemos visto, ya introducido profundamente en los círculos íntimos de Felipe IV.


[1] Lynch, John.  Historia de España. Edad Moderna. Pag. 31
[2] Borrego Pérez, Manuel. La crítica de una nobleza irresponsable. Un aspecto de los memoriales del Conde Duque.
[3] Parker, Geoffrey. Europa en crisis. La guerra de los treinta años. Pag. 37

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