martes, 16 de febrero de 2016

La familia, base de la sociedad (2)


2.2.- Algunas concepciones políticas de familia en la sociedad
Siendo que la persona debe ser el centro principal de preocupación social, la familia, de la cual nace la persona, es fuente de todas las cosas buenas de la sociedad. Es también, sin lugar a dudas, la fuente de la riqueza; la veta por la cual la sociedad subsiste también económicamente, y la fuente sin cuyo concurso el sistema de Seguridad Social quedaría totalmente desecado. Existen pensamientos políticos humanistas, cristianos, que defienden estos mismos conceptos, pero hoy son rechazados, de forma maniquea, por una sociedad que ha perdido el norte. En este sentido, pensamientos sociales como los siguientes: “La construcción de un orden nuevo la tenemos que empezar por el hombre, y pasar por sus unidades orgánicas, y así subiremos del hombre a la familia, y de la familia al municipio…desmontaremos el aparato económico de la propiedad capitalista para sustituirlo por la propiedad individual, por la propiedad familiar”[1].
Como contrapunto a esta doctrina, Federico Engels nos indica que “Si la estricta monogamia es la cumbre de la virtud, hay que ceder la palma a la tenia solitaria, que en cada uno de sus cincuenta a doscientos anillos posee un aparato sexual masculino y femenino completo y se pasa la existencia entera cohabitando consigo misma”[2].
Éste es el principio imperante en la sociedad liberal capitalista que vivimos, en poco diferente a la concepción socialista, donde el hombre no pasa de ser un ente económico sometido a intereses sociales, ajenos o incluso contrarios a los intereses humanos. En una sociedad donde la deshumanización alcanza todos los niveles y todos los límites, debemos cuestionarnos qué estamos haciendo con sus miembros; qué estamos haciendo con la familia.
Reclamamos como derecho algo que sólo debía existir para cubrir necesidades extremas: residencias de ancianos y guarderías, cuando las residencias y las guarderías deberían contemplarse como un mal menor. Y es que “las personas ancianas tienen el derecho de encontrar dentro de su familia o, cuando esto no sea posible, en instituciones adecuadas, un ambiente que les facilite vivir sus últimos años de vida serenamente, ejerciendo una actividad compatible con su edad y que les permita participar en la vida social”[3]; no obstante, éstas instituciones no deben existir como “norma”, sino que deben ser el cayado que sirva para paliar las deficiencias sociales.


[1] José Antonio Primo de Rivera. OO.CC. p. 562-563
[2] F. Engels. El Origen de la familia. p. 30

[3]  Juan Pablo II. Carta de los derechos de la familia. Artículo 9 c) 1983

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