sábado, 19 de marzo de 2016

ANOTACIONES PARA UN ESTUDIO DEL PRISCILIANISMO (2)

                                
SOBRE EL ORIGEN DEL PRISCILIANISMO

Los agnósticos aspiraban a la ciencia perfecta, a la gnosis, y tenían por rudos e ignorantes a los demás cristianos. Llámanse gnósticos, dice San Juan Crisóstomo, porque pretenden saber más que los otros. Esta portentosa sabiduría no se fundaba en el racionalismo ni en ninguna metódica labor intelectual. Los gnósticos
no discuten, afirman siempre, y su ciencia esotérica, o vedada a los profanos, la han recibido o de la tradición apostólica o de influjos y comunicaciones, sobrenaturales. La gnosis, pues, era un retroceso y contradecía de todo punto a la índole popular del cristianismo. Admitían en todo o en parte las Escrituras, pero aplicándoles con entera libertad la exégesis, que para ellos consistía en rechazar todo libro, párrafo o capítulo que contradijese sus imaginaciones, o en interpretar con violencia lo que no rechazaban. Los gnósticos son emanatistas, y sustituyen la creación con el desarrollo eterno o temporal de la esencia divina…Por lo que hace a la causa del mal, todos los gnósticos son dualistas, con la diferencia de suponer unos eternos el principio del mal y el del bien y dar otros una existencia inferior y subordinada, como dependiente de causas temporales, a la raíz del desorden y del pecado… Varias sectas proclaman el ascetismo y la maceración de la carne como medios de vencer la parte hylica o material y emanciparse de ella, al paso que otras enseñaron y practicaron el principio de que, siendo todo puro para los puros, después de llegar a la perfecta gnosis, poco importaban los descarríos de la carne. En este sentido fueron precursores del molinosismo y de las sectas alumbradas.

Fundaron Marco y Agape la secta llamada de los agapetas, quienes (si hemos de atenernos a los brevísimos y oscuros datos de los escritores eclesiásticos) se entregaban en sus nocturnas zambras a abominables excesos, de que había dado ejemplo la misma fundadora. Esto induciría a sospechar que los agapetas eran carpocracianos o nicolaítas, si por otra parte no constara su afinidad con los priscilianistas. Fuera de estar averiguado que todas las sectas gnósticas degeneraron en sus últimos tiempos hasta convertirse en sociedades secretas, con todos los inconvenientes y peligros anejos a semejantes reuniones, entre ellos el de la murmuración (a veces harto justificada) de los profanos.

En el consulado de Ausonio y de Olybrio (año 379) comenzó a predicar doctrinas heréticas un discípulo de Elpidio y de Agape llamado Prisciliano, natural de Galicia, de raza hispanorromana, si hemos de juzgar por su nombre, que es latino de igual suerte que los de Priscus y Priscilla.

Sulpicio Severo describe a Prisciliano como «de familia noble, abundante en riquezas, agudo, inquieto y elocuente, con amplios y variados estudios, dispuestísimo a discutir y a dialogar, destinado a mejor suerte si no hubiese corrompido su excelente inteligencia con depravado encono. Muchas cosas buenas había en él, tanto espirituales como corporales, pues era capaz de permanecer en vela mucho rato, de soportar el hambre y la sed, no ambicionaba en absoluto poseer cosas y apenas usarlas. Pero era al tiempo vanidosísimo y en exceso orgulloso de sus conocimientos de las cosas profanas, hasta el punto que se cree que se dedicó a la magia desde la adolescencia. Tan pronto como él se sumó a la execrable doctrina, por su autoridad para convencer y su habilidad para el halago, arrastró tras de sí a muchos nobles y a muchos del pueblo».

1 comentarios :

Constante dijo...

Hay un error al comienzo: donde dice: los agnósticos aspiraban a la ciencia perfecta; debe decir: los gnósticos aspiraban a la ciencia perfecta.

 
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