martes, 1 de marzo de 2016

UN REPASO AL GENOCIDIO (2)

                                          



Jacobinismo

En la mañana del 14 de Julio de 1789, “varias decenas de miles de personas, en una ciudad de 700.000 habitantes, (5 de cada 6, pertenecían al mundo popular urbano), y con un regimiento de guardias de 3.500 (desafectos al poder y aliados de las masas) para poner orden en las calles, los manifestantes se dirigieron a los Inválidos y a la Bastilla a conseguir armas, las tropas de la Bastilla dispararon y el resultado fue de 98 muertos y 73 heridos. A las cinco de la tarde la Bastilla se había rendido, ya que soldados que defendían las instalaciones, con las armas de artillería, se habían pasado al lado de los manifestantes. En esos momentos, sólo había 7 presos, de los cuales 2 estaban locos. Los soldados defensores leales fueron fusilados en represalia y el gobernador alcaide de la prisión Launay, fue degollado.”[1]


Era el principio de la gran masacre. La burguesía se organiza, organiza un parlamento, y el tiempo pasa muy deprisa. Ya nada será igual. Pero el parlamento no se pone de acuerdo, y las masas se organizan al margen. El poder de las masas se desboca, y los “representantes populares” manipulan la situación, en un totum revolutum que crea una corriente de alcantarilla que todo lo traga. En esa situación, “El decreto de 26 de Agosto de 1789 concedía a los religiosos 15 días para abandonar Francia. Millares de sacerdotes –tal vez 25.000– se pusieron en ruta hacia los países extranjeros, en los que no encontraron siempre una acogida cordial y solícita.”[2]

Los religiosos que se quedaban, lo hacían a título de servidores de la revolución, sometiendo los principios éticos y religiosos a las órdenes del poder establecido, de la anarquía. Por su parte, los sacerdotes que se mantenían fieles a la doctrina y no habían huido de Francia serían conocidos como “refractarios”, y perseguidos hasta ser ejecutados.

Sacerdotes refractarios, que eran conducidos a la prisión de la Abadía, fueron asesinados, durante el camino, por su guardia de escolta, compuesta de federados marselleses y bretones. Sólo uno de entre ellos se salvó, el abate Sicard, maestro-instructor de los sordomudos, reconocido por uno de los hombres de la multitud que rodeaba a los prisioneros. Una banda, formada por tenderos y artesanos, federados y guardias nacionales, todos en mezcolanza, se dirigieron a los Carmelitas, en donde estaban encerrados numerosos sacerdotes refractarios. Éstos fueron inmolados a golpes de fusil, de picas, de sable y de palos. Luego, al anochecer, les tocó el turno a los prisioneros de la Abadía. Aquí el Comité de Vigilancia del Ayuntamiento intervino: «Camaradas, se os ordena el juzgar a todos los prisioneros de la Abadía, sin hacer excepción, salvo sólo el abate Lenfant, al que pondréis en lugar seguro.» El abate Lenfant, antiguo confesor del rey, tenía un hermano que pertenecía al Comité de Vigilancia del Ayuntamiento. Un simulacro de tribunal, presidido por Stanislas Maillard, fue improvisado. Maillard, teniendo en sus manos el libro registro de la prisión, llamaba a los en él comprendidos e interrogaba a los comparecientes; consultaba, luego, la pena con sus asesores; en caso de condena, Maillard gritaba: «¡Dadle suelta!» y las víctimas salían y se iban hacinando en el exterior. Pétion, que estuvo en la Force el día 3 de septiembre, nos cuenta que «los hombres que juzgaban y los que ejecutaban lo hacían con la misma seguridad que si las leyes les hubieran llamado a llenar tales funciones. Me hacían notar y alababan –dice– su justicia y la atención que prestaban a distinguir los inocentes de los culpables y a tener en cuenta los servicios que cada uno de los juzgados hubiera podido haber prestado.» La matanza continuó los días siguientes en las otras prisiones: en la Force a la una de la madrugada, en la Conserjería en la mañana del día 3, luego en San Bernardo, en el Châtelet, en San Fermín, en la Salpêtrière, por último, el 4 de septiembre, en Bicètre. La embriaguez de matanza era tal, que indistintamente se daba fin a los presos por delitos comunes que a los de derecho político, a las mujeres que a los niños. Ciertos cadáveres, como el de la princesa de Lamballe, sufrieron afrentosas mutilaciones. La cifra de los muertos varía, según los diversos evaluadores, entre 1.110 y 1.400…Los periódicos girondinos –y en aquellos entonces lo eran casi todos– o hicieron la apología de las matanzas o alegaron en su favor circunstancias atenuantes…el secretario de Danton, Fabre de Églantine, hizo una calurosa apología de las matanzas y las presentó como ejemplo al resto de Francia”[3]


[1] Ambiente de la Revolución Francesa. Manuel Haro. http://www.manuelharo.com/docs/revolucion_francesa.pdf
[3] La Revolución Francesa. Albert Mathiez.

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