lunes, 18 de abril de 2016

Antonio Pérez, el primero entre los traidores (3)

En 1567 envió Felipe II como gobernador de los Países Bajos al Duque de Alba, tras lo cual, Ruy Gómez de Silva conspiró para que D. Luis de Requesens sustituyese a aquel en la labor. Ruy Gómez (el príncipe de Éboli) moriría en 1575 dejando su partido con gran poder en la corte, entre cuyos miembros se encontraban Antonio Pérez y Juan Escobedo, ambos hechura de Ruy Gómez. Otros miembros del partido ebolista serían el “arzobispo de Toledo, marqués de los Velez, Antonio Perez, Mateo Vazquez y Santoyo.”  Y Don Juan de Austria formaba también en este partido.

En 1568 Antonio Pérez ocupaba un puesto cerca del rey. En 1553 había sido nombrado secretario del príncipe, y al abdicar Carlos I pasa a ser secretario particular de Felipe II, que tiene como secretario  de estado al padre de aquel, Gonzalo Pérez. “Sus convincentes modales se ganaron pronto la confianza de Felipe II, lo que él aprovechó para conocer a fondo la personalidad del monarca y emplearlo en su propio provecho. Además, los graves sucesos que el rey sufrió ese año, tanto familiares (conspiración y muerte de su hijo el príncipe Carlos y de su esposa Isabel de Valois), como de Estado (levantamiento morisco en las Alpujarras y fuertes tensiones en los Países Bajos), le hicieron un hombre reservado, lo que facilitó el ascenso de influencia de Antonio Pérez. Cuando en 1573 murió el príncipe de Éboli, él mismo pasó a encabezar el partido ebolista” .  Según relatos de la época se trataba de un hombre “de costumbres desordenadas, dado á goces y -placeres y deseoso siempre de que se le considere y regale.”

Las artimañas de Antonio Pérez estaban convirtiendo en traición lo que sólo era una explosión de aspiraciones juveniles en el mayor héroe español de la época, D. Juan de Austria. Pretendiendo atajar las presumibles conspiraciones del héroe, Antonio Pérez consigue en 1575 que Felipe II  nombre a Escobedo secretario del héroe de las Alpujarras y de Lepanto, entonces en Nápoles, con el fin de que lo vigilase, ya que joven, impulsivo y triunfador no dudaba en hacerse notar reclamando para sí la posibilidad de ser coronado rey de algún reino, desconociendo que, muy probablemente, estaba en la mente de Felipe II nombrarlo su sucesor.

Sin lugar a dudas, Antonio Pérez tenía una formación cultural y política muy superior a la media. Conocía perfectamente a los clásicos, pero alguien le afectaría profundamente: Maquiavelo. Sí, tenía una gran formación; no en vano su padre se había preocupado de ella proveyéndolo de cartas de recomendación que le abrieron las puertas en los estados europeos del momento. Y él fue aplicado en extremo.

Por estos motivos, tan parecido en tantos aspectos, menos en los honorables, a Don Juan de Austria, “Antonio Pérez, jóven, sagaz y flexible se elevó á la mas alta posición en el favor del rey; Secretario de Estado, protonotario luego de Sicilia, con participación en los negocios de Italia y agente de los proyectos ocultos de Felipe, era, por decirlo asi, el ministro universal del reino. Todo iba a parar a sus manos, y al lado del monarca parecía inalterable su fortuna. Y mientras que descansaba el favorito en su orgullo, preparábanse á estallar dos acontecimientos, sin relaciones en apariencia, unidos en realidad, que, pretesto público, causa secreta, crimen al par que error, habian de enlazarse íntimamente para minar el alcázar de su privana.”

Su apologista Salvador Bermúdez de Castro asegura que “Pérez creyó que ciertas máximas equívocas debían ser pauta y norma en los hombres de estado, juzgando que en política el resultado siempre justifica o condena los medios de que se usa.”  Principio que, por supuesto, acabaría chocando frontalmente con el humanista Felipe II, pero que antes de eso le facilitaría el ascenso a la sombra de Ruy Gómez de Silva, príncipe de Éboli, súbdito carente de principios humanistas. Los éxitos no se harían esperar; sería secretario de Estado con veinticinco años.

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