martes, 5 de abril de 2016

España bajo el Islam (7)

Los invaroes eran aficionados a los pactos con los que, como en Siria, Mesopotamia y Egipto, dejaron a salvo algunos monasterios, donde se preservó y cultivó la cultura en medio de la barbarie, algunos de los cuales subsistieron hasta que fueron expulsados los invasores, con la obligación de dar cobijo a los moros que transitasen.



En los primeros tiempos regiría quizás el estatuto del califa Umar I, según el cual los ricos debían pagar cuarenta y ocho dirhemes anuales; las gentes de mediana fortuna la mitad, y los trabajadores la cuarta parte.

La parte que fue incautada fue debidamente repartida entre posesiones del Emir (el 25% de lo conquistado) y los soldados conquistadores, no quedando tierras para distribuir entre los sucesivos refuerzos que fueron llegando, y es que, como queda dicho, la mayor parte de España fue conquistada por capitulación. A partir de ese momento, y cuando la decisión de quedarse ya estaba tomada, invitaban a los españoles al islam o a la chizia; es decir, a hacerse musulmanes o a pagar la capitación. Quienes se oponían perdían sus bienes y en no pocas ocasiones, la vida.

Pronto empezaron los abusos; pronto empezaron a no cumplirse los pactos; pronto comenzó la huida del pueblo español, francamente católico, al norte de la península, si bien quedaron relegados aquellos que continuaban firmes en su fe católica y que sufrieron desde un principio, y progresivamente, la opresión musulmana. El Arzobispo D. Rodrigo Ximenez, traducido por Alfonso X dice en la “Crónica General de España”: “E los moros por aqueste enganno prisieron todas las tierras, e pues que las ouieron en su poder, quebraron toda la postura é robaron las iglesias é los omnes” .

La legislación musulmana se desarrolló a lo largo de los años. Marcaba que los cristianos “dimmies” o mozárabes debían tratar a los musulmanes con honor y reverencia, como a superiores, levantándose cuando ellos se acercasen y cediéndoles el asiento cuando ellos quisieran sentarse; no debían ocupar jamás puestos de preferencia en las reuniones; nunca debían ser los primeros en saludarlos; cuando estornudase un dimmi no debía decírsele “Dios tenga piedad de ti”, sino “El te mejore”, y para distinguirse de los musulmanes debían vestir de modo distinto, conservando la forma de sus antiguos vestidos, afeitarse de distinto modo, llevar calzado similar al de los musulmanes, no podían poseer espada y sobre todo no podían llevar vestidos lujosos. No podían tener casa más elevada que las de los musulmanes; no podían tener criados musulmanes ni se les podían hacer préstamos; con ellos no se podía tener relaciones de amistad. Y finalmente, el culto debía ser privado; los enterramientos lejos de los enterramientos árabes, y aún dentro de los templos los cristianos no debían elevar el tono de voz. Y mientras, los templos debían estar permanente abiertos para dar albergue a los mahometanos, no pudiendo reconstruir ningún templo que amenazase ruina. Por el contrario, todo cristiano que abrazase el Islam se veía liberado de los impuestos. En justa reciprocidad, quien abandonase el Islam sería condenado a decapitación.

Muchos huyeron. En esa huída no fue de menor importancia el hecho de que los invasores, según el historiador árabe Al-Maccari, ni sabían ni querían ni podían cultivar las tierras, por lo que dejaron en las mismas a los antiguos propietarios, que debían pagar las 4 quintas partes de la producción, con lo que los colonos encargados del cultivo de las tierras del Emir salieron mejor pagados, ya que sólo debían pagar la tercera parte.

Otro factor fue la grave crisis demográfica del reino, que en los últimos veinticinco años había perdido más de un tercio de su población. Esto fue debido, como hemos señalado más arriba, a las epidemias de peste y los años de sequía y hambre de finales del siglo VII, especialmente durante el reinado de Ervigio; y que se repitieron también con gran dureza bajo el de Witiza, el antecesor de Rodrigo.

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