jueves, 7 de abril de 2016

La caída del Imperio Romano (3)

Aparte las ciudades ya creadas y habitadas por la ciudadanía romana, que contaba con poblaciones como Tarraco, Mérida, Sevilla, Cordoba, Lugo, Astorga, o Pamplona, por citar algunas, la mayor parte de la población viviría en el medio rural, bien en vici  (aldeas pequeñas), fundos señoriales, pequeñas agrupaciones urbanas fortificadas y emplazamientos castreños en las zonas de montaña, estos especialmente ubicados en la cornisa cantábrica, en los territorios habitados por astures, cántabros, várdulos, caristios y autrigones, la zona menos romanizada, que ocupaba un territorio equivalente a las actuales provincias de Asturias, Cantabria, Guipúzcoa, Vizcaya y Álava, siendo que Asturias no conoció la organización municipal romana . El hábitat sería de tipo disperso y con poca densidad. La población se concentraría preferentemente en las cercanías de las vías de comunicación y en las vegas fluviales de los ríos.


En cuanto a la propiedad de la tierra, desde comienzos del siglo II se asiste a un alarmante desarrollo del latifundismo en las regiones occidentales del Imperio; la causa es que los miembros de la nobleza senatorial o ecuestre, enriquecidos con el comercio con Oriente, empiezan a comprar las tierras pertenecientes al Estado romano (ager publicus) que, siglos antes (en los años 132-122 a. C), los Gracos habían intentado distribuir en lotes reducidos a los campesinos pobres. Este proceso se veía agravado porque la competencia de los productos agrícolas orientales, más baratos, hacían poco rentables las pequeñas explotaciones y sus propietarios, cargados de deudas, se veían obligados a vender sus tierras a los acaudalados latifundistas que así aumentaban enormemente sus propiedades.

Anteriormente las grandes propiedades eran explotadas directamente por sus propietarios, mediante tinos mayordomos (villici) que dirigían grupos de trabajadores esclavos (familiae); pero a partir del siglo II d. C. es frecuente que el propietario se desentienda del cultivo directo de sus tierras, que entrega en lotes a arrendatarios (que a veces eran sus antiguos esclavos manumitidos) o colonii. Estos carecían de dinero para perfeccionar sus explotaciones de forma que fuesen más rentables frente a la competencia oriental o para llevar adelante una reconversión de cultivos que no sufrieran los efectos de aquélla y fueron la causa del estancamiento técnico de la agricultura durante el Bajo Imperio. Los colonii se transformaron, como lo prueban ciertas disposiciones imperiales, en personas vinculadas a la tierra que cultivaban o, quizá —como ocurría con los bucellarii— al dueño de ésta. En el escalón más bajo de la sociedad hispanogoda estaban los siervos o esclavos, caracterizados por carecer, al menos en principio, de personalidad jurídica, siendo considerados como cosas. No obstante, parece que, siguiendo la tendencia que generalizó en el Bajo Imperio, la ley les reconoció cierta capacidad jurídica. Las causas por las que una persona caía en la esclavitud fueron en la España visigoda las mismas que en el Bajo Imperio (cautiverio, deudas, nacimiento de padres esclavos, etc.). 

Las ciudades mantuvieron por sí mismas, durante mucho tiempo, una importancia considerable. Sus instituciones municipales no desaparecieron bruscamente con la llegada de los germanos. Se puede señalar que no solamente en Italia, sino también en España e incluso en la Galia conservaron sus Decuriones, es decir, un cuerpo de magistrados provistos de una autoridad judicial y administrativa cuyos detalles se nos escapan, pero cuya existencia, y origen romano no podemos negar. Cada ciudad sigue siendo el mercado de los campos de su alrededor, el domicilio invernal de los grandes hacendados de su región y, por poco que esté favorablemente situada, el centro de un comercio cada vez más desarrollado a medida que se aproxime a las costas del Mediterráneo.

En ese sentido, las condiciones esenciales en que se desarrolló el comercio exterior de la España visigoda fueron las mismas que habían caracterizado su desarrollo durante el Bajo Imperio. Las principales rutas comerciales fueron las que unían los puertos mediterráneos de la península con Cartago y otros puntos del África del Norte, así como las que ponían en comunicación con Italia, Grecia, Asia Menor y Septimania. También se mantuvieron activas las rutas que unían Cádiz con ciertos puertos atlánticos de las Islas Británicas (de donde se importaba, sobre todo, estaño) y de las Galias.

Las mismas condiciones comerciales que durante el imperio, pero con un evidente enrarecimiento del comercio interior y debilitamiento del exterior, derivados ambos factores de la falta de demanda y de la baja producción. También se produjo un descenso del nivel de consumo. La polarización social hizo que la mayoría de la población, que se movía en niveles cercanos a la miseria, redujese su demanda de productos, mientras que la minoría opulenta, mediante la tesaurización, apenas presionase al mercado. Al tiempo, se produjo una atomización de la actividad económica en múltiples células prácticamente independientes, lo que impidió la conformación de un mercado integrado.

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