domingo, 3 de abril de 2016

Siguiendo con la guerra de Sucesión (IV)

                           

De hecho, la venida de Felipe V con su cohorte de franceses no difería grandemente del arribo de Carlos I, dos siglos antes, con su cohorte de valones. Cabía suponer que la deriva de Felipe sería similar a la de Carlos, y con la experiencia cabía esperar que los conflictos del siglo XVI no fuesen a reproducirse en esta ocasión. Craso error: Felipe se asemejaba a Carlos tan sólo en los aspectos negativos. La balanza, que con Carlos cayó del lado de la grandeza y de la voluntad de superación, no tendría el mismo recorrido, sino el contrario, en el caso de Felipe V. Si Carlos pasó de ser odiado y temido a ser querido y admirado cuando no dudó en anular leyes injustas impuestas por él mismo, Felipe no superó la prueba, y aunque con algún acto encomiable, no pasó de ser despreciado.

El asunto se complicó con la remodelación del gobierno impuesta por Felipe V en estos momentos que, como en el caso de Carlos I con los flamencos, comportaba el arribo de personajes franceses, ávidos como aquellos por el expolio, y el sometimiento a ellos de los Consejos del Reino, dando entrada a la oligarquía mercantilista en demérito de los Grandes.

Era la ruptura del sistema tradicional, que de paso se llevaba por delante el sistema pactista del cardenal Portocarrero, que como consecuencia presentaría la dimisión el 18 de enero de 1703, al regreso de Felipe V de su campaña en Italia que, si por una parte se ganaba a las élites mercantilistas del reino de  Castilla, ponía en contra a las élites mercantilistas del reino de Aragón. Esta división, si no provocó, reafirmó en la corte de Felipe V la necesidad del decreto de Nueva Planta así como el incremento del movimiento conspirativo en todo el Reino de Aragón.

La cuestión del enfrentamiento se radicalizaría a lo largo del año 1703, cuando los intereses de los bloques en liza tomaron cuerpo en la sociedad española, materializándose en las sociedades comerciales ligadas con Inglaterra y con Holanda, que tenían un importante peso específico en Barcelona.

Es en estos momentos cuando los aliados se tomaron en serio el asunto y radicalizaron los enfrentamientos, llevándolos hasta la propia península tras haber implicado a Portugal, que si ya tenía una larga trayectoria de dependencia británica, ésta era mayúscula desde que en 1668 se desgajó de la patria común. Antonio Ramón Peña Izquierdo señala que “Felipe V no fue acometido directamente por la publicística austracista hasta 1703-1704. Bien en verdad que ya en 1702-1703 había, en Cataluña y Valencia, esencialmente, algunos grupos que se preparaban para la sublevación y difundían algunos folletos pero, en todo caso, por esas fechas tales camarillas eran residuales. Sobre 1702 la reacción, por lo menos la oficialista y la popular catalana y del resto de España, ante Felipe V y ante esas primeras intrigas fue de fuerte apoyo al nuevo rey.”  Algo que se plasmó incluso en los núcleos del austracismo como era la Academia dels Desconfiats. Señala el mismo autor que “el punto de referencia de este austracismo catalán fue la exaltación a España. Paradójicamente sólo entre declarados filipistas, como Pellicer y Copons o Josep Aparici, se glorificó a Cataluña. Una de las obras cumbres de la Academia fue las Nenias reales. Se trata de una obra de veinticinco piezas literarias en castellano, cuatro en catalán y seis en latín que condensan estas actitudes.”

Posiblemente, a España no le conviniese ninguno de los dos pretendientes, tildándolos a ambos como tales, sólo para entendernos y en el conocimiento de que tal afirmación es errónea, pues Felipe V ya había sido reconocido como rey dentro y fuera de España.

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