jueves, 28 de abril de 2016

Un repaso al genocidio (3)

La actitud revolucionaria era de la más pura destrucción; destrucción de los físico, destrucción de lo espiritual, destrucción de lo humano… destrucción por destrucción. Fieles a la esencia que componía sus pobres mentes, consideraban que todo debía ser reducido a la esencia de la que ellos estaban formados, por lo que destruían arte, bienes y seres humanos sin que ello alterase su espíritu.

“La guerra contra la Iglesia, a partir de 1790-1791, es, en primer lugar, una batalla contra las iglesias, en el sentido físico del término: confesonarios, sillerías de coro y cátedras admirablemente labradas se usan sin remordimiento como leña. Cálices, crucifijos, copones y candelabros se envían a la fundición, sin que importe su antigüedad o finura. (...) Incluso la catedral de Chartres estuvo condenada a la destrucción, con el plácet del administrador local, un tal Cochon-Bobus. Su supervivencia (relativa, puesto que fue terriblemente devastada) se debe a que, de haber sido demolida, sus escombros habrían impedido la circulación de coches de caballos en las calles. (...) y no se deberían silenciar las cuatro hogueras sucesivas encendidas con preciosos archivos en la calle Richelieu hacia 1793. (...)”

Resulta curioso observar que Luis XVI había decretado la abolición de la pena de muerte, pero “El código penal francés revolucionario de 1791 recogió la pena de muerte que Luis XVI había abolido pocos años antes (y que finalmente le fue aplicada a él mismo y su esposa María Antonieta), y ordenó la aplicación general del sistema de decapitación, ya no sólo para los nobles, sino para todos por igual. Las autoridades revolucionarias hicieron un amplio uso de la pena capital con fines políticos (eliminar a los contrarrevolucionarios u opositores). Robespierre, tras abogar por la abolición de la pena de muerte en 1791, posteriormente condenó a muerte a muchísimas personas, antes de ser guillotinado él mismo. Entre 1793 y 1794, durante el periodo del "terror", fueron ejecutadas en Francia, con o sin sentencia judicial, alrededor de 40.000 personas.”   Son muchas las estimaciones en cuanto a la cifra de ejecutados. Las más condescendientes la dejan en 16000. Ateniéndonos a la cifra más moderada de ejecutados por los jacobinos, nos encontramos que, en dos años de actuación, sólo en Francia, el número de ejecuciones fue el 2700 por cien de las que en 350 años llevó a cabo la Inquisición en toda la Hispanidad, o lo que es lo mismo, acoplando los plazos y las cifras, 472.500 veces más letal que la Inquisición; con una peculiaridad, cada proceso de la Inquisición era eso, un proceso, con acusación, defensa, pruebas, dilaciones, recursos… y delito comprobado del que el reo no se arrepentía; algo que no se puede aplicar a los procesos jacobinistas.

En 1792, al grito de “¡Que el Terror esté en el orden del día! ¡Es el único medio de despertar al pueblo y obligarle a que se salve a sí mismo !» , la asamblea, que se encuentra inmersa en gritos del populacho reclamando pan, “invita a los obreros a que cesen en su trabajo al siguiente día, para ir en masa con el pueblo a la Asamblea: «Que la rodee como hizo el 10 de agosto, el 2 de septiembre y el 31 de mayo, y no abandone su puesto hasta que la representación nacional haya tomado las medidas adecuadas para nuestra salvación. Que el ejército revolucionario parta en el mismo instante en que aparezca el decreto; pero, sobre todo, que la guillotina siga a cada sector y cada columna de ese ejército! » La mayor parte de las secciones se presentaron ya muy tarde, durante la noche, y una de ellas, la de los « descamisados », se declaró en insurrección contra los ricos.” 

Gran invento el de la Revolución Francesa; gran aporte a la Justicia universal; algo que iguala a todos: la guillotina. Pero también demostraron que no era menester la guillotina, que había otros medios más rápidos y cómodos. La guillotina era muy lenta…

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