sábado, 14 de mayo de 2016

Don Quijote, algo más que una novela (3)

Esa cultura, que tiene la máxima expresión en el descubrimiento y conquista de América, acontecimiento histórico, cultural y humano, superior a cualquier otro acontecimiento en la historia de la Humanidad, quitado el nacimiento de Nuestro Señor Jesucristo, es la que, como digo, ha permitido que el mundo, hoy, siga siendo.

No me felicito por cómo es hoy el mundo, porque entiendo que podría ser de manera muy distinta y mejor si los españoles, no ya del siglo XXI; ni tan siquiera del siglo XX…, sino ya desde el siglo XVII, no hubiésemos perdido la fe; esa fe que, a trancas y barrancas, sí, pero de una manera constante, logró sobreponerse a una situación parecida a la que hoy mismo estamos sufriendo de manera tan ostensible y dolorosa: la asonada árabe del año 711, cuando los musulmanes invadieron nuestro solar, y los españoles se vieron reducidos a unos pocos lugares; Asturias, Cantabria, Vascongadas, y algunas zonas de Galicia.

No me felicito por cómo es hoy el mundo; es más, personalmente lo detesto y abogo por un cambio total de rumbo, pero insisto en que, a Dios gracias, España fue España durante esos siglos de la Edad Moderna, ya que de otro modo, Europa hubiese aniquilado a millones de personas, como aniquiló en sus conquistas de Norteamérica y de Oceanía.

Mientras los europeos perseguían como animales a los aborígenes australianos; mientras los europeos proclamaban que el mejor indio es el indio muerto, en los dominios españoles se aplicaba las Leyes de Indias, con el añadido personal de la Reina Isabel la Católica, que exigía la máxima benevolencia en el trato con los indígenas. De esos indígenas a los que se refería el primer escrito de Cristóbal Colón desde el Nuevo Mundo, en el que indicaba que allí todo era distinto a lo conocido: tierras, plantas y animales… salvo una cosa… El hombre.

Ese humanismo cristiano; esa cultura clásica que el más cerril de los marineros o de los soldados llevaba grabado a fuego en su corazón es, sin duda, la marca distintiva de la Hispanidad; del cristianismo y de la cultura greco-latina.

Y es que hay cuestiones que no precisan ser estudiadas; hay cuestiones que nacen con el ser humano. La cultura, con minúscula, se aprende en la escuela; se aprende en el trato… pero la Cultura, con mayúscula, aunque el receptor no sea capaz de escribir su nombre, viene transmitida, me atrevo a afirmar que por los propios genes, que a través de los siglos, de una u otra manera han debido hacerse consubstanciales con el ser profundo de la persona.

Los sentimientos (somos seres sensoriales), nos facilitan el conocimiento del mundo exterior; la cultura los sintetiza y la educación los realza. Personalmente creo que la sociedad, y muy principalmente la sociedad primera, la familia, ha sido, a lo largo de los siglos, la transmisora de esos principios, y no dudo en afirmar que los mismos se han hecho carne con ella.

Volviendo al hilo del discurso, al personaje central que hoy concita nuestra atención, debo manifestar que me declaro profundamente quijotista; seguidor de Don Quijote de la mancha, y para nada cervantista.

Esta decantación; este enfrentamiento entre autor y personaje de la obra, no es en absoluto fruto de un intelectualismo que me es ajeno, sino más bien fruto del sentimiento; del profundo amor que provoca en mi alma el personaje, Don Quijote de la Mancha; un personaje rebosante también de amor, de entrega, de generosidad; de virtudes profundamente cristianas; de virtudes y actitudes profundamente españolas; no manchegas, no castellanas, sino españolas… y más, hispánicas, entendiendo que el concepto hispánico es indisociable del concepto romano y del concepto cristiano, puesto que aquel no existiría si no hubiesen existido previamente éstos.

Estoy hablando de amor, y remarco que se trata de un profundo amor por Don Quijote,  encarnación de todas las virtudes cristianas.

Se me argüirá que esa encarnación no es tal, sino tan solo la expresión literaria de su autor… Y ahí es donde quería llegar.

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