jueves, 26 de mayo de 2016

Guerra de secesión de Portugal (4)

Si durante el reinado de Felipe II ese proceso se daba con sutileza y el mismo rey había permanecido en Portugal, “bajo Felipe III (1598-1621) se daba inicio a una política de reducir la autonomía de Portugal para progresivamente integrarlo en el mundo hispánico. Se siguieron nombramientos de virreyes con pocos vínculos familiares con la familia real. Todo esto conllevó a un descontento, pues este procedimiento no respetaba el compromiso jurado por Felipe II.”

Pero los problemas antifiscales dados en Portugal no se limitaron a este reino; “los principales problemas antifiscales se produjeron en las zonas que, irónicamente, menos aportaban al tesoro real: Vizcaya, Portugal, Cataluña. Al igual que Carlos I en Escocia e Irlanda y que Luis XIII en los pays d'états, Felipe IV habría hecho mejor dejando tranquilas a las provincias periféricas. Eran tan pobres y estaban tan protegidas por privilegios y tradiciones que siempre producían más problemas que ingresos.”

Este juicio, que si es cierto en lo tocante al poder económico de Cataluña, es un poco exagerado en lo tocante a Portugal, que tenía un extenso imperio que aportaba importante numerario al reino y cuya defensa, a pesar de lo estipulado en el tratado de Tomar, recibía un importante apoyo de la marina del Imperio.

Los levantamientos fiscales, así, pudieron tener un significado de rebeldía del pueblo ante lo que consideraban una exagerada presión impositiva. Que la misma fuese inferior a la sufrida por Castilla es cuestión aparte. Algo que en ningún caso anunciaba un hecho como el acaecido en 1640. Y es que el movimiento separatista no tenía que ver con el pueblo, sino con un sector de la nobleza no dispuesto a ceder en sus privilegios, por los que no dudaba en vender su libertad a los intereses de los enemigos comunes: Inglaterra y Francia. Así, en 1640 “en Portugal nos encontramos con un movimiento político de la nación, pero no un movimiento popular, excepto en la medida en que las masas demostraron respaldar firmemente la actuación de su clase gobernante.”

La crisis económica y la ambición de la nobleza conformaron el caldo de cultivo que los europeos esperaban para poder desarrollar sus actividades, tendentes a debilitar el poderío hispánico; los holandeses atacaban los establecimientos portugueses extendidos a lo largo del índico, llegando a desalojarlos y a establecerse ellos en su lugar, pero estos establecimientos, para la organización del Imperio, sin quitarles importancia, eran de una importancia menor a la que estaban adquiriendo los establecidos en Brasil, por lo que se dio importancia capital al mantenimiento de éstos, que por otra parte eran objeto de los ataques corsarios de los europeos. Pero al fin, éstos acontecimientos sólo fueron excusas planteadas por el nacionalismo portugués; excusas que no obedecían a la verdad.

“La opinión portuguesa, desilusionada de la unión de las coronas, comenzó a atribuir las pérdidas portuguesas en el Lejano Oriente a la despreocupación de los españoles. La acusación era totalmente injusta. Por los términos de la unión, los imperios de las dos potencias conservaron su independencia, principio que también regía respecto a sus cargas y sus beneficios. Así lo había querido Portugal.”   Por otra parte, “los españoles estaban tomando conciencia que mientras que ellos carecían de estatus jurídico y, desde luego, de privilegio alguno en el imperio portugués, los portugueses campaban a sus anchas en el imperio de España. Una vez más, esto suscitaba la cuestión, al menos en el caso de los castellanos, de si quienes obtenían beneficios no debían asumir obligaciones.”

En ese sentido, los portugueses hacían incursiones hacia el occidente de Brasil, llegando a monopolizar el comercio entre Perú y el Atlántico, y todo con la connivencia de la corona, haciendo un manifiesto incumplimiento del tratado de Tomar, en beneficio de Portugal.

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