viernes, 6 de mayo de 2016

Idilia, una historia del futuro (3)



Capítulo Tercero


En esta perfecta situación social, Andrés fue creciendo en edad y en conocimientos, y cuando optó por estudios superiores, entendió que los que más le cuadraban eran los de Publicidad.


Y es que era evidente la utilidad de los mismos en una ciudad como Idilia, donde el destinatario final de todas las actividades era el ciudadano. Si todo giraba en torno al ciudadano, lógicamente se hacían necesarias personas cualificadas en aconsejar con la debida prudencia y tacto todo lo que el ciudadano debía hacer, y es que su felicidad era tan grande que no podía perder el tiempo en pensar cosas ajenas a su actividad, que era, como consecuencia de la buena dirección social, de lo más variado.

En la Universidad, un nutrido grupo de jóvenes escogidos entre lo mejor de la sociedad, se formaba para dirigirla, y por supuesto, la gran mayoría de los estudiantes, así como la totalidad de los profesores, ya había avanzado considerablemente en sus relaciones con la élite gobernante y formaba parte del colectivo homosexual. Todos se sabían los cachorros de la sociedad en quienes estaban depositadas todas las esperanzas de la misma.

Pero tanta perfección, y aunque parezca mentira, tiene sus detractores. Cierto es que en la Universidad de Idilia nadie criticaba públicamente la idílica situación de su ciudad. Y es que no podía ser de otra manera, porque no es comprensible que nadie se rebele contra la perfección.

Andrés hizo amistad con varios compañeros de curso, que fueron avanzando juntos en sus estudios.

No obstante, intimó más con uno de ellos, Antonio; un muchacho simpático y dicharachero que se había afiliado a uno de los partidos existentes.

La relación, siempre observada por los estamentos universitarios, era bien vista ya que aseguraba el buen camino en la formación integral de Andrés, puesto que Antonio gozaba de todas las complacencias, ya que había demostrado una fidelidad absoluta a Idilia. Los demás también, pero constaba en los archivos del gobierno que Antonio era particularmente adicto.

Las conversaciones que se produjeron entre los dos muchachos fueron derivando paulatinamente de lo estrictamente académico a cuestiones que para Andrés resultaron totalmente novedosas. Le hablaba de Libertad, y en principio este extremo no causaba ninguna alteración en su alma, porque no en vano conocía desde niño que su ciudad era la máxima expresión de la libertad.

Ya en segundo curso, y cuando estaban relajándose de su trabajo, naturalmente viendo la televisión, Antonio dijo a Andrés:

-         Quiero que veas una cosa

Y se levantó de su sillón, quitó la funda de su base y sacó una hoja de papel que tendió  a Andrés.

¿Esto qué es? – Preguntó extrañado Andrés.

Antonio le explicó que era papel, un producto que hacía tiempo había desaparecido del mundo de Idilia. Le dijo que si bien él sólo conocía las agendas, los libros y los periódicos electrónicos, antiguamente toda la información a la que en ese momento tenían acceso mediante información electrónica, se plasmaba en papel, y que el papel había sido de uso común por la humanidad durante siglos.

Extrañado, Andrés cogió aquello y lo leyó.

Demudó la cara y no dijo nada. Perplejo, inquiría con la mirada a su amigo para que le explicase qué era aquello. No sabía si continuar allí o marcharse.

Antonio, que se percató de la preocupación de su amigo, cogió el papel y volvió a depositarlo en el lugar del que lo había sacado.

Acto seguido lo tranquilizó diciéndole que ese papel era lo que vulgarmente (aunque no en Idilia, donde el concepto era desconocido) es conocido como panfleto, y que estaba siendo distribuido por gentes de más allá del desierto que tras las fábricas circundaba Idilia.

El desconcierto inundó la mente de Andrés. Y es que el muchacho desconocía que tal existiese.

Desde niño le habían enseñado que Idilia era el único bien al que podía aspirar. Él era Idilia; él era de Idilia, y por supuesto Idilia era suya. Más allá no había nada, y sin embargo su amigo le ponía ante los ojos algo tan extraño como un papel, con unas frases que le resultaban ininteligibles en su contenido. ¿Qué era eso?

Antonio le explicó que tras el desierto había gentes sin civilizar que tenían unos principios horrendos; que rezaban a algo a lo que llamaban Dios, que leían libros, que tenían familia, que una familia la componía un hombre y una mujer, unidos para toda la vida, y sus hijos, a los que educaban personalmente, con quienes jugaban, con quienes reían y a quienes en ocasiones hasta castigaban cuando hacían mal las cosas.

También, esa misma gente, siguió, convive con los abuelos, a quienes tienen un gran respeto y a quienes quieren de manera irracional. Es tan irracional su amor hacia sus viejos como irracional es el amor que tienen hacia sus hijos.

Andrés quedó horrorizado.

-         ¿Cómo es posible que exista esa gente? –le dijo a su amigo-
-         Se trata de gente cavernícola, que afirma que nosotros somos esclavos y ellos libres; gentes que se niegan a abortar a sus hijos; gentes que se niegan a aplicar la eutanasia a los ancianos y a los enfermos; gentes que no quieren tener guarderías para los niños ni residencias de ancianos como existen en Idilia. Gentes que afirman que tanto las guarderías como las residencias de ancianos son inhumanas; que la eutanasia y el aborto son crímenes contra la humanidad. Gentes que quieren vivir en familia, unidos, aunque tengan sufrimiento. Gentes, en fin, que hasta creen en algo que llaman Dios y yo no sé qué es exactamente.
-         ¿Y por qué tienes tú ese papel? Continuó Andrés.
-         Porque me dedico a recoger todos los que encuentro, para destruirlos. Éste me lo he quedado porque quería mostrártelo para que lo vieses, pero debo destruirlo inmediatamente. Es material subversivo y prohibido en Idilia.

Andrés no sabía qué era “subversivo”, y desconocía que en Idilia hubiese nada prohibido.

En Idilia, pensaba, todo el mundo tiene libertad para decir lo que piensa; tiene libertad para leer y mirar lo que le plazca; tienen libertad para ir al centro de la ciudad, a la zona de diversiones, donde sin ninguna restricción puede hacer todo lo que quiera; puede decir lo que quiera y cuando quiera de todo el mundo… ¿Cómo es posible que nadie diga que no hay libertad en Idilia?

0 comentarios :

 
;