viernes, 20 de mayo de 2016

Siguiendo con la Guerra de Sucesión (V)

En el entendimiento que la “Guerra de Sucesión” no fue tal, sino la expresión de la avidez por el comercio y por la explotación de la que adolecían ya entonces Francia y muy especialmente Inglaterra, y de la que inexorablemente España estaba condenada a ser víctima, debemos señalar que, contrariamente a lo que intereses bastardos señalan, ni los austracistas eran necesariamente partidarios de los fueros, ni los borbónicos eran necesariamente contrarios a los mismos. Señala Ricardo García Cárcel que “hubo borbónicos simpatizantes de los fueros –de Robres a Miñana– como hubo austracistas desligados de la ortodoxia constitucionalista –el caso de Francesc Grases, por ejemplo–“.

Señala García Cárcel que “curiosamente, Rafael de Casanova, conseller en cap de Barcelona en el momento de la defensa final, que se opuso al radicalismo y fue herido el 11 de septiembre, es el que ha acabado por recibir la gloria de la condición de héroe nacional catalán, siendo así que murió en San Boi de Llobregat en 1743, no sólo al margen, sino más bien en contra de lo que había significado el austracismo, como revela su correspondencia con Castellví.” 

Lamentablemente, actualmente se da a la cuestión un sesgo alejado de la realidad y curiosamente coincidente en esencia con el proyecto del Foreing Office británico que finalmente fue hecho público el año 1711, titulado “una propuesta para humillar a España”.

La Guerra de Sucesión Española, así, en primer lugar, resulta ser un hecho ajeno en esencia a los intereses de España, que tuvo lugar por la voluntad expresa de quienes, desde hacía décadas, durante el reinado de Carlos II se la estaban repartiendo, siendo que las intenciones de los parciales de una y otra facción parecían tenerlo bastante claro: Su idea era fragmentar España, en principio dejando los estados de Italia bajo la corona del Borbón, y el resto bajo la corona del archiduque.

En segundo lugar, efectivamente fue también una guerra civil entre españoles; algo que había ido difiriéndose en el tiempo, al menos desde que el Conde-Duque de Olivares planteó algo que parece esencial: La Unión de Armas.

Y por supuesto, significó también la expresión natural de algo que estaba pendiente de resolución desde el año 711.

Los reinos hispánicos habían llevado una lucha secular por la reunificación nacional; algo que resulta incuestionable por los documentos legados, a pesar de la triunfante versión británica que, tras haber troceado la España transcontinental nos tiene sumidos, en ambos hemisferios, en políticas de aldea haciéndonos afirmar la supremacía de nuestras particularidades más intimas con relación a las de los demás, con el único fin de seguir creando discordias y división entre los españoles.

Esa lucha secular había terminado, pero había quedado pendiente la vertebración de la Patria, y justo en estos momentos, en los que la inteligencia del siglo XVI había desaparecido, es cuando, instigados por intereses bastardos, enfrentó, dentro de una conflagración mayor destinada a nuestra destrucción, dos conceptos maximalistas de la concepción del estado: “el modelo centralista, que defendía la articulación de España a partir del eje castellano, y el federal, que presuponía una España agregada de territorios con sus respectivas identidades singulares. España vertical y España horizontal.” 

Sencilla reducción de conceptos que no aclara absolutamente nada, porque unos y otros tenían matices perfectamente asumibles. Tal vez por ello, la inteligencia del siglo XVI prefirió dejar las cosas como estaban, acometiendo actuaciones que, como el caso del Tribunal de la Santa Inquisición, limitaba las discordancias y era único para toda la corona, desde Sicilia hasta Filipinas.

Es el caso que en la Guerra de Sucesión se juntan diversos aspectos y diversos intereses no siempre nobles. Generalmente es admitido, como señala Rosa Maria Alabrús que “el punto de partida de la Guerra de Sucesión es el tercer testamento de Carlos II, que otorgaba la sucesión de la monarquía de España a Felipe, duque de Anjou, nieto de Luis XIV. Éste había cambiado su estrategia intervencionista de los últimos años del siglo XVII. Prefería el sucursalismo de la monarquía española respecto a sus intereses, a través de su nieto.”

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