domingo, 19 de junio de 2016

Aspectos económicos en el proceso separatista de América (13)

Curiosamente, un territorio prometedor en todos los campos, exuberante en producción de todo tipo, había devenido en un conglomerado de aldeanos en disputa que se veían incapaces de sobrevivir dignamente. Los entes creados se endeudaban más y más, hasta el infinito. En Perú, señala  Leslie Bethel que “en 1858, bajo el gobierno de Echenique, la deuda reconocida llegó a 23.211.400 pesos (aproximadamente 5 millones de libras esterlinas).”

Inglaterra medía bien los pasos; no dudaban en facilitar el crédito que fuese necesario para que sus títeres consiguiesen sus objetivos, ya que ello redundaba directísimamente en su beneficio. Por ello, y tras entregar todos los fondos existentes en los Virreinatos, según Salomón Kalmanovitz, “los primeros gobiernos criollos consiguieron financiamiento inglés para la guerra de liberación [sic] pero no fueron capaces de pagar la deuda, de modo que se les cerró el crédito externo durante el resto del siglo XIX. En cada conflicto interno era frecuente que se recurriera a préstamos forzosos, y a veces voluntarios, o a las requisas de reses y cosechas para alimentar a la soldadesca a cambio de bonos o vales de deuda pública que eran descontados a favor de agiotistas y banqueros con la suficiente influencia política para hacerlos valer.”

Toda esta debacle tiene responsables directos; los primeros, aquellos que vendidos a intereses extranjeros presentaron la cuestión como un acto de liberación de España; los primeros también, aquellos que desde Madrid o desde Cádiz remaron en esa misma dirección, alguno de cuyos nombres será expuesto a lo largo del presente trabajo, y finalmente, en este caso comprendiendo su actuación, el imperio británico, que hizo los esfuerzos oportunos para combatir a su enemigo principal y obtuvo un éxito rotundo.

Nos sigue declarando Leslie Bethel que “entre otros que sirvieron los intereses comerciales británicos durante los primeros treinta años de la independencia encontramos a Thomas Manning, John Foster, Jonas Glenton y Walter Bridge en Nicaragua; William Barchard, Richard McNally, Frederick Lesperance, William Kilgour y Robert Parker, que operaron con menor éxito en El Salvador; y Peter y Samuel Shepherd en la Costa de los Mosquitos. Los hermanos Shepherd recibieron una donación de tierra del rey de los mísquitos como pago por unos cuantos cajones de whisky y rollos de calicó lustroso de algodón.
Las importaciones centroamericanas reflejaban sus estrechos lazos con el comercio británico. Ya en 1860 casi el 60 por 100 de las importaciones guatemaltecas llegaban vía la colonia de Belice, mientras que otro 20 por 100 llegaba directamente desde Gran Bretaña.”  

Y es sólo un ejemplo, ya que “los británicos, con los recursos, capital, flota y contactos con Europa de que disponían, asumieron el papel mercantil”  que la inexistencia de ellos dejaba abierta de par en par, la puerta que permitía el acceso a quien tuviese la astucia y los medios para hacerlo.

Si eso sucedía en centro América, “la competencia de las importaciones británicas deprimió las industrias rurales y artesanales del interior en un momento en que la guerra y la secesión estaban eliminando los mercados establecidos en Chile y el Alto Perú. La coyuntura creada por la competencia británica, los estragos de la guerra y la decadencia del interior dejaron incapacitada a la economía tradicional de Buenos Aires para sustentar a la clase dominante.”

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