sábado, 25 de junio de 2016

La crisis del siglo XVII (4)

Como venimos señalando, España estaba absolutamente exhausta mientras el rey seguía solicitando fondos a las Cortes, que empezaron a estar nutridos por algunas plazas que hasta entonces no habían tenido representación. El motivo es que los cargos estaban a la venta.

“Las guerras, en un área inmensa de Europa y América, iban mal. Las regiones de España, heridas en sus leyes tradicionales, amenazaban con la insurrección. La pobreza era general y, a pesar de ella, los impuestos aumentaban cada día; y, en contraste ofensivo, las fiestas de la Corte proseguían con el mismo fausto insensato.”

 “La corrupción era, en fin, un mal que afectaba a todos aquellos que intervenían en la administración y muchas voces se alzaban, de todas partes, para exigir que desde el gobierno se diera ejemplo con una mayor austeridad y honradez…”… «Los magistrados y los corregidores no se sentían, como antes, respaldados desde Madrid, y tenían complacencias y tolerancias con los nobles que un siglo antes, hubieran sido imposibles»”

Mientras tanto se desarrolló guerra contra Inglaterra, que se cerró con la paz en 1630. En 1631 se firmaba también la paz con Francia mientras los ejércitos españoles permitían que las fortalezas del Rin cayesen en manos protestantes, mientras reforzaba Alemania y los Paises Bajos, amenazados por Francia, que acabaría entrando nuevamente en guerra en 1635 con una España sumamente desgastada y mermadas las remesas procedente de América como consecuencia de la crisis.

La crisis era acuciante y la búsqueda de efectivo, constante; “acordaron las cortes en 1634 otorgarle un servicio de seiscientos mil ducados cada año, que habían de salir principalmente del derecho de sisa que se impuso a varios artículos de consumo, y que pudiera vender sobre ellos basta doscientos mil ducados de juros. La administración y cobranza del nuevo impuesto se encomendó a la comisión de administración de millones. A esto hay que añadir otros seiscientos mil ducados anuales que al fin del año 1633 concedió el papa Urbano VIII sobre las rentas eclesiásticas de España, y la cruzada para el reino de Nápoles, que importaba más de otros cuatrocientos mil, todo a título de las guerras que el rey católico sostenía.”

La aportación económica que efectuaba Castilla al erario público era muy superior a lo que por su cuota de población le correspondía. No era un  hecho nuevo, sino la realidad acumulada desde Reyes Católicos, que tuvo escandaloso reflejo, aunque nunca determinante, en la Revuelta Comunera de la Castilla de principios del siglo XVI.  “El aplastante peso de los gastos de defensa recaía casi exclusivamente sobre Castilla. Fue inevitable que los castellanos comenzaran a pedir que la carga fiscal fuera compartida por otros componentes de la monarquía…/… Así pues, a los ojos de los castellanos, las barreras constitucionales de Aragón preservaban una inmunidad fiscal que era, al mismo tiempo, obsoleta e injusta…/… Por ejemplo, en 1610, los ingresos procedentes de Aragón, Cataluña y Valencia no supusieron, en conjunto, más de 600.000 ducados, mientras que en Castilla sólo la alcabala y los millones (impuestos que no se pagaban en las tierras de Levante) produjeron 5.100.000 ducados. Hay datos que demuestran que Castilla estaba subvencionando, de hecho, la administración y, particularmente los dispositivos de defensa de los reinos del este Peninsular. ”

“Castilla se estaba desangrando para enviar recursos a otras provincias que no contribuían a su propia defensa y, mucho menos, a la causa común de la monarquía. Cuando la fiscalidad castellana alcanzó el punto de saturación y comenzó a producir rendimientos decrecientes, esa convicción comenzó a ser compartida por los oficiales y asesores de la monarquía y las miradas se dirigieron con mucha mayor atención hacia las provincias no castellanas. El llamamiento a la acción procedió de Olivares.”

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