jueves, 14 de julio de 2016

Don Quijote, algo más que una novela (y 4)

Estoy convencido, como anteriormente he citado, que el personaje a ridiculizar no es otro que Hernán Cortés. Pruebas para tal afirmación me faltan todas. Estamos hablando de una intuición; pero de una intuición que tiene su base en la lectura pormenorizada de la obra.

Parece que a todos los lectores les ha pasado por alto un asunto que en principio es baladí. No es otro que el también citado hace unos momentos: la relación de Hernán Cortés con la casa de Béjar.

La tercera esposa de Hernán Cortés (me permito colocar a Malinche como segunda), no era otra que Juana de Zúñiga, o Stúñiga, sobrina del Duque de Béjar. La boda fue concertada precisamente por el Duque de Béjar, pero Hernán Cortés, no murió cerca de la Casa de Béjar. ¿Qué sucedió cuando marchó a Argel?, ¿qué sucedió cuando marchó nuevamente a América para continuar sus conquistas que resultaron un fracaso?, ¿qué consecuencias acarrearon en sus relaciones con la casa de Béjar? Lamento la terrible e injustificada laguna.

He intentado ponerme en contacto con los descendientes de la Casa de Béjar, que actualmente viven en Guatemala, pero el resultado ha sido desesperanzador. ¿Abona esto mis dudas sobre las relaciones que existieron entre ellos?... Sin duda.

Pero bueno, ¿Qué hace relacionar de este modo a Hernán Cortés con Don Quijote?. Estoy apuntando algo, pero no señalo qué. Vamos por ello.

Estoy diciendo que todos los lectores de la obra de Cervantes han pasado por encima de algo que yo estimo es la clave de mi tesis. ¿Qué es esto?

Muchas personas que editan un libro, inician el mismo con una dedicatoria: “A mi madre”… “A mis hijos”… A quién le parece bien al autor. La obra de Cervantes también cuenta con una dedicatoria que yo considero especial… Y la clave del asunto… Al Duque de Béjar, marqués de Gibraleón, conde de Benalcázar y Bañeres, Vizconde de la Puebla de Alcocer, Señor de las villas de Capilla, Curiel y Burguillos.

Nada tendría esto de significativo si no fuera por varias cuestiones: la primera, que llama la atención, es la referencia que en la segunda parte de la obra pone Cervantes en boca nada menos que de Don Quijote, en la que trata de modo gratuito y despectivo al héroe, citándolo como “cortesísimo Cortés”, y la segunda y principal, el parangón de las acciones emprendidas por Don Quijote con las acciones emprendidas por Hernán Cortés.

La Conquista de México no difiere en absoluto de las acciones acometidas por Don Quijote; ¿o no se puede comparar la hazaña de los molinos de viento, por ejemplo a la batalla de Cholula?... Y cualquiera de las otras hazañas de Don Quijote, ¿acaso no pueden equipararse a cualquiera de las hazañas acometidas por Hernán Cortés, con setecientos soldados, dos cañones, una docena de espingardas, lanzas y espadas, lanzados a la conquista de un territorio como el de México, dominado por una tiranía, la de los aztecas, bajo la mano férrea de Moctezuma, con una estructura militar y administrativa que le permitía mantener sometidos a todos los pueblos que estaban bajo su influencia?

Indudablemente, ni la hazaña de los molinos, ni la de los rebaños de ovejas, ni la de la Cueva de Montesinos… ni cualquier otra de Don Quijote son más descabelladas que las acometidas por aquel puñado de soldados españoles. ¿A quién, sino a un loco, se le ocurre taladrar las naves, evitando con ello una posible vía de huída?. Sólo el gran corazón y la fe en Dios permitieron que unas y otras se llevasen a efecto.

Mucho se puede reír Cervantes de su héroe; mucho puede pretender poner en ridículo sus hazañas, pero sólo quién es capaz de acometerlas es también capaz de aportar, para el bienestar general los principios profundamente humanistas y profundamente cristianos que dan pie a que se realicen.

Hemos hablado largamente de Don Quijote; mi héroe, sin lugar a dudas, es Don Quijote, pero… ¿Y Sancho?, ¿qué es de Sancho?

Si Don Quijote es el espíritu del pueblo español, Sancho es el pueblo español a la espera del suficiente espíritu. Sancho obediente; Sancho traidorzuelo; Sancho mentiroso… es también el pueblo español. Pero es que Sancho adora a su señor; Sancho sigue a su Señor aunque no lo entienda; aunque constate que acomete auténticas locuras que a él jamás le pasarían por la cabeza.

Sancho, como declara él mismo en la obra de Cervantes, quiere a Don Quijote como a las telas de su corazón. No lo entiende. Se limita a quererlo y a seguirlo. De momento, para Sancho, es suficiente.

Pero llega el momento de la verdad, y Sancho está presente junto al lecho de muerte de su señor. Sancho ha llegado a aprender de su señor lo imprescindible para volverse auténticamente loco; lo suficiente para exigir a su señor que no se muera; y esa locura; esa locura de amor es la que, finalmente hace que Sancho, no es que llegue a comprender a su Señor… Es que se ha convertido en su señor.
Sancho acaba siendo libre. Locamente libre. Sancho ha dejado de ser Sancho; Sancho se ha convertido en Don Quijote; el mismo Don Quijote que volverá a regalar al mundo sus genialidades; que volverá a revivir el espíritu de la caballería andante; que volverá a componer magistrales discursos que sólo serán entendidos por los cabreros…

El mundo materialista, hedonista, que nos vende vicio por virtud; que nos engaña y nos obliga a engañar a nuestro señor Don Quijote; que nos toma como colaboradores necesarios para encerrar a nuestro señor Don Quijote en las mazmorras del silencio y de la ridiculez mal entendida mientras a nosotros mismos también nos esclaviza y nos vende como derechos lo que Don Quijote nos prohíbe por ser perjudicial para nuestra alma y para nuestro cuerpo, teme a Sancho tanto como a su señor… Y hace bien.

Sancho, el pueblo español, acoge lo que le es impuesto contra natura como derecho adquirido. Cuando Sancho acabe creyendo en su señor; cuando Sancho acabe creyendo en sí mismo, todo el tenderete teatral montado por quienes se aprovechan de la credulidad de Sancho acabará desbaratado por la enérgica reacción del nuevo Quijote.

Naturalmente, decir hoy, en 2011 y en España estas cosas, es propio de locos. ¿A quién se le ocurre identificarse con Don Quijote?... A un loco. ¿A quién se le ocurre reivindicar como propias las acciones de Hernán Cortés?... A un loco.

Concluyamos en que estoy doblemente loco, porque, por lo que a mí respecta, estoy deseando montar a la grupa de Rocinante, guiado por el ideal de Don Quijote y, por supuesto, seguir, hasta donde haga falta a Hernán Cortés.

Hernán Cortés, persona histórica está muerta. Seguirle físicamente hoy, es literalmente imposible; pero su idea, Don Quijote de la Mancha, está permanentemente viva, porque el espíritu de Don Quijote es el espíritu del pueblo español; espíritu que se encarnó en Hernán Cortés; espíritu que se encarnó en el Cid Campeador; espíritu que se encarnó en Santa Teresa, en San Juan de la Cruz; espíritu que, en cualquier momento, y si Dios lo estima oportuno, se encarnará en algún personaje actual… o de la próxima generación, porque ese espíritu, es consustancial al pueblo español.

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