sábado, 27 de agosto de 2016

SIGLO XIX: OBJETIVO, LA DESTRUCCIÓN DE ESPAÑA (1)

Desde la asonada francesa no se conoció la tranquilidad en las Españas; y si la actividad separatista americana, auspiciada directísimamente por los británicos había acabado rompiendo la patria en trozos fácilmente dirigidos por sus agentes y generando una inestabilidad inenarrable en América, en 1835 los motines también se sucedían en Madrid y en otros puntos de la geografía nacional controlada por los liberales.

Las revueltas generalizadas en toda España ocasionaron que Mendizábal fuese llamado al gobierno en el mes de septiembre. A finales de octubre volvía Francisco Espoz y Mina a Barcelona como capitán general.

Los amotinados arremetían especialmente contra las órdenes religiosas, a las que acusaban de connivencia con el carlismo, y se produjeron durante el verano de 1835, especialmente en Aragón y en Cataluña dentro del contexto de las sublevaciones de la revolución liberal que pretendían poner fin al régimen del Estatuto Real de 1834.

En el verano de 1835, las juntas y milicias progresistas provocaron numerosas revueltas urbanas en Andalucía y Barcelona (revuelta de los bullangues con la quema de conventos y el incendio de fábricas como la de Bonaplata) y alcanzaron la importancia que representa el asesinato del general Bassa, gobernador militar de Barcelona, el 5 de agosto, sin que la milicia urbana ni la tropa hicieran nada por defenderlo. Luego su cadáver fue arrojado desde un balcón, arrastrado por las calles y quemado.

Una espiral de cochambre aseguraba el predominio del liberalismo, que se alimentaba con crímenes propios de su esencia, si bien los autores liberales, y como es costumbre, se pierden en palabrería; así, los sucesos de Basa son comentados aprovechando la oportunidad para atacar gloriosas instituciones como la Santa Inquisición, haciendo uso del arma que tan bien justifican los sofistas: la mentira.

El crimen de agosto en Barcelona, no lo fue del liberalismo. Los horrores que siguieron a la muerte de Bassa, arrastrado por las calles, quemado en una hoguera, no los cometió el partido liberal como veremos, no; cometiólos una turba desenfrenada y ebria, un bando de incendiarios que, llamándose liberales y aclamando la libertad, la profanaban con sus impuros labios. …/…Los asesinos, los tostadores de Bassa se desbandaron por la ciudad como un elemento destructor, asaltan las oficinas de los comisarios de policía, arrojan por los balcones todos los muebles y legajos, y los queman. ¡Tal era su afición a los autos de fe! ¡Y aclaman a la patria y a la libertad!  (Pirala 1868 II: 148)

Pero por los actos llevados a cabo, no servían las turbas tan sólo las más bajas pasiones, sino que aprovecharon el momento para servir los intereses materiales de los británicos, interesados en la aniquilación de la industria española. Así, los amotinados quemaron la fábrica de Bonaplata, que representaba competencia para la industria algodonera británica.

La fábrica de Bonaplata y compañía empezó a montarse el año de 1832: es la primera que armó telares de tejer mecánicamente, y que introdujo asimismo el uso del hierro colado planteando la fundición v construcción de máquinas. Esta Sociedad tuvo también la primera máquina de pintar indianas ahora pues no solamente pueden construirse todas las máquinas necesarias para sus talleres, sino que recibiendo el algodón de Motril en rama, sale de ellos pintado y dispuesto a ser cortado para vestidos en competencia con los estranjeros. (Moreau 1835: 194)

Tras esas tropelías, en las que las milicias tenían parte esencial, conseguidos sus objetivos, el mismo liberalismo puso solución a sus desmanes acuchillando a las turbas y reubicándose en los puestos de control social, no dudando en pasar por las armas a los cabecillas de la revuelta que posibilitaron el rearme liberal. Las mismas circunstancias se reprodujeron en Tarragona, Valencia, Murcia, Aragón…

Pero nada sucedió de improviso, porque las fuerzas que debían haber evitado semejante situación estaban perfectamente identificadas según informes no demasiado alejados en el tiempo que, si existían en el bando carlista, evidentemente debían existir en el bando liberal.

En la exposición elevada por el brigadier Samsó a don Carlos el 31 de enero de 1835, pidiéndole que enviase una expedición a Cataluña, hacia la siguiente observación sobre los urbanos: “su total número se juzga llega a unos quince mil hombres en toda la Provincia; cuya fuerza urbana debe clasificarse de esta
forma: tres mil de buenos realistas, que les han obligado a tomar las armas, los cuales no dudo harían el mejor uso de ellas, siempre que se viesen apoyados de una fuerza realista que no le falte los auxilios necesarios para sostenerles; cinco mil de Indiferentes, que al peligro más mínimo tirarían el fusil; y los restantes siete mil de acérrimo liberales y asesinos” (Bullón 2002: 213)

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