domingo, 4 de septiembre de 2016

EL DERECHO DE INDIAS (1)

EL DERECHO DE INDIAS (1)

El descubrimiento primero, y la Conquista después fue una cuestión que marcó la España del siglo XVI. Todos se preguntaban si tenían derecho a la misma; si el hecho de abordar aquellas tierras no iba contra el derecho divino y contra el derecho humano, y esa pregunta no estaba sólo en el pensamiento de un determinado sector no representativo de la población, sino que invadía todos los ámbitos de la vida social española, siendo que el propio Emperador Carlos llegó a paralizar las labores de Conquista y Descubrimiento.

Otro asunto a tener muy en cuenta a la hora de analizar estas cuestiones es que, como señala Vittorio Messori, “en los cincuenta años que van de 1509 a 1559, es decir, en el período de la conquista desde Florida al estrecho de Magallanes, los españoles que llegaron a las Indias Occidentales fueron poco más de quinientos (¡sí, sí, quinientos!) por año. En total, 27.787 personas en ese medio siglo.” 

“Como escribió Jean Dumont, otro historiador contemporáneo: «Si, por desgracia, España (y Portugal) se hubiera pasado a la Reforma, se hubiera vuelto puritana y hubiera aplicado los mismos principios que América del Norte ("lo dice la Biblia, el indio es un ser inferior, un hijo de Satanás"), un inmenso genocidio habría eliminado de América del Sur a todos los pueblos indígenas. Hoy en día, al visitar las pocas "reservas" de México a Tierra del Fuego, los turistas harían fotos a los supervivientes, testigos de la matanza racial, llevada a cabo además sobre la base de motivaciones "bíblicas".»”

Pero evidentemente eso no sucedió así; España tuvo la inmensa suerte de encontrarse con un continente virgen, y América tuvo la inmensa suerte de ser conquistada por España, humanista y cristiana, contraria al asentamiento de la esclavitud y favorable a reconocer en los demás idénticos derechos que los reclamados para sí mismos.

Errores y excesos, como resultado de obra humana, existieron, pero su existencia no puede entenderse como la generalidad de la actuación. «La esclavitud de los indios existió, pero por iniciativa personal de Colón, cuando tuvo los poderes efectivos de virrey de las tierras descubiertas; por lo tanto, esto fue así sólo en los primeros asentamientos que tuvieron lugar en las Antillas antes de 1500. Isabel la Católica reaccionó contra esta esclavitud de los indígenas (en 1496 Colón había enviado muchos a España) mandando liberar, desde 1478, a los esclavos de los colonos en las Canarias. »

 “En 1498, Colón envió 300 indios a Sevilla para su venta como esclavos provocando la extrañeza de la reina Isabel quien manifestó: “¿Qué poder tiene mío el Almirante para dar a nadie mis vasallos?”. Consuelo Varela calcula que sólo Colón llegó a vender en España unos 2.000 esclavos. Finalmente, mediante cédula de 20 de junio de 1500 la reina católica ordenó poner en libertad a todos los indios vendidos hasta ese momento en España y decretó su regreso a América en la flota de Bobadilla quien, por cierto, apresó y juzgó por encargo de los reyes a Cristóbal Colón…. Puede afirmarse que la esclavitud fue abolida en España por la citada cédula de 20 de junio de 1500… Colón fue destituido de sus cargos de Virrey y Gobernador y regresó a España con grilletes. Finalmente fue perdonado por los reyes y se le permitió volver a América pero sin autorizarle a volver a titularse virrey. ”  En su lugar iría Nicolás de Ovando.

El hecho del descubrimiento significó en España la necesidad de plantearse un sinnúmero de cuestiones, pero contrariamente a lo que posteriormente señalasen naturalistas británicos, la voluntad sería la de hermanamiento con los nuevos pueblos, a quienes debería trasladárseles la Buena Nueva del cristianismo. Algo  sensiblemente diferente a los principios que marcaría Darwin, y que viene a justificar el genocidio: ““hemos de creer que, si todos los animales y plantas de la Gran Bretaña fuesen puestos en libertad en Nueva Zelandia, una multitud de formas británicas llegaría, en el transcurso del tiempo, a naturalizarse allí por completo, y exterminaría a muchas de las formas indígenas…Por el contrario, por el hecho de que apenas ningún habitante del hemisferio Sur se haya hecho salvaje en ninguna parte de Europa, podemos muy bien dudar de que, en el caso de que todas las producciones de Nueva Zelandia se dejasen en libertad en la gran Bretaña, un número considerable fuese capaz de apoderarse de los puestos actualmente ocupados por nuestros animales y plantas indígenas.” 





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