lunes, 26 de septiembre de 2016

Guerra de secesión de Portugal (6)

En lo tocante a Brasil, debemos considerar que “Durante la primera época de la presencia portuguesa en Brasil, situada entre 1500-1532, Portugal prestó poca importancia al aspecto colonizador y no se contaba con disposiciones jurídicas que regulasen las relaciones entre los portugueses y los indígenas ni entre los mismos portugueses. Las principales actividades estaban centradas en el comercio, más bien trueque, del pau brasil, y Portugal dirigía sus actividades principalmente hacia Oriente.” 

En 1625, fue nombrado duque de Sanlúcar el conde de Olivares, Gaspar de Guzmán, que ya poseía rentas que superaban el millón de maravedís. La crisis económica se hacía plausible cuando ese mismo año “la corona firmó un asiento con un grupo de banqueros, que adelantaron 1.210.000 ducados al tesoro” , que se hallaba exhausto tras los esfuerzos llevados a cabo en Breda y en Brasil, donde la armada española sufrió pérdidas importantísimas, lo que lastraba el comercio atlántico y dificultaba los intercambios entre ambas costas, tan vitales para la economía nacional. La armada española rozaba los límites de operatividad.

“Difícil era con tales condiciones y circunstancias, aniquilado el comercio, acabada la construcción, entorpecida la carrera de las Indias, reemplazar más de 120 naves que casi al mismo tiempo se perdieron en las funciones adversas de Pasajes, Guetaria, Santoña, Brasil, Dunas, Antillas, y que reducían las armadas en proporción extraordinaria, bastante para quitar del todo el miedo á los berberiscos, instándoles
á venir, como vinieron, á la bahía de Cádiz, á Gualda, á Valencia, en las correrías de barcos menores ', así como para alentar en semejante intento á los cristianos de allende los Pirineos, bien que no llegara la penuria al extremo que imaginaban.”

En ese momento, Gaspar de Guzmán remitió a Felipe IV una instrucción sobre el gobierno de España, en la que, entre otras cosas decía en lo relativo a los asuntos de Portugal: “Los ánimos de aquella gente, sin duda, son grandes; pero también es cierto que fueron mayores. La razón de haber decaecido atribuyen ellos a la falta de los ojos de sus Reyes naturales, y a esta misma causa todos los daños que padece su gobierno. No hay duda de que en lo primero deben de tener razón, siendo imposible que no desaliente infinito la falta de asistencia real, y así tuviera por convenientísimo para muchas cosas el asistir V. M. en aquellos reinos por algún tiempo, no sólo para el remedio de los daños, sino para la conveniencia mayor que pueden tener los negocios públicos, que miran a la conservación y aumento de lo general de la Monarquía. El segundo daño del gobierno, que ellos consideran también por este mismo accidente, es cierto que no se lo negaré yo, pues sabe V. M. que he reconocido y representándole inconvenientes para el gobierno de la Corte misma donde V. M. asiste, de la falta de su atención personal, con lo cual no me parece posible dejar de ser la ocasión mayor del mal gobierno de que hoy se muestran lastimados, y así me parece muy del servicio de V. M. que estos vasallos vivan con esperanza que V. M. les dé de que asistirá con su Corte en Lisboa por algún tiempo continuado y de asiento, y también juzgo por de obligación de V. M. ocupar a los de aquel reino en algunos ministerios de éste y muy particularmente en Embajadas y Virreinatos, Presidencias de la Corte y en alguna parte de los oficios de su Real Casa, y esto mismo tengo por conveniente hacer con los aragoneses, flamencos e italianos.”

Las culpas de todos los males, en algunas ocasiones con toda la razón, y en otras con intenciones usadas de forma aviesa por los separatistas portugueses, eran del gobierno de Felipe IV y de los supuestos intereses de Portugal respecto a la monarquía universal española. Como consecuencia, en 1628 y en 1630 se produjeron importantes algaradas en Portugal como respuesta a la política fiscal del conde-duque, pero en la década de 1630 la violencia no sería privativa de Portugal, sino que estaría presente en toda España; no sólo se añadió Cataluña a la discordia, sino que esta se generalizó y el rumbo de la protesta, en principio por cuestiones estrictamente fiscales, varió de sentido animada por los intereses de los oligarcas locales; así, el duque de Medina Sidonia, al amparo del río revuelto, organiza una conspiración en 1641 tendente a la creación de un reino andaluz independiente que estuvo a punto de costarle la cabeza. Le suceden revueltas en diversas ciudades andaluzas; y por su parte, en 1648, el duque de Híjar se levantó para crear un reino independiente en Aragón.

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