miércoles, 7 de septiembre de 2016

Idilia, una historia del futuro (5)

Capítulo Quinto

Cuando Andrés llegó a su habitáculo, apagó el televisor, que como cada día le recibía con su programa favorito, y se sentó en un sillón a leer ávidamente el texto que llevaba en el bolsillo y que le producía una ardiente inquietud. Se sentía como inmerso en algún acto prohibido, aunque era consciente que en Idilia no había nada prohibido. Esa consciencia le suministraba la tranquilidad que su mente se obstinaba en negarle.

“No conozco más miserable cobardía que la de tener miedo a sí mismo”. Se trataba de la primera frase del texto y su expresión parecía ocupar mucho más que las quince escasas páginas de que constaba el libro.

Miedo a sí mismo. ¿Tenía miedo a sí mismo? ¿Y por qué iba a tenerlo? Sin embargo era consciente que el miedo corroía su espíritu. Si no, ¿Por qué ese estado de inquietud? ¿Por qué la necesidad de ocultar la existencia de un libro?

Evidentemente tenía miedo por la falta de solidez en su condición de ciudadano de Idilia. Nunca había caído en esa consideración. Bien al contrario, hasta hacía tan sólo dos días se había sentido sumamente feliz por su condición de habitante de Idilia; habitante de una ciudad donde la libertad era la máxima en todos los campos.

¿Se estaría convirtiendo en un cavernícola como los habitantes de Humania? Este pensamiento le creaba un profundo estado de ansiedad desconocido hasta ese momento.

Él, que siempre había vivido feliz y sin preocupaciones en una ciudad libre, donde había satisfecho sin problemas cualquier deseo, se encontraba ahora vacío y preocupado, alejado de todo cuanto le rodeaba; ajeno a lo que había sido su mundo.

Ávido por descubrir lo que le sucedía, y deseoso de encontrar tranquilidad en algo que hasta la fecha no sabía de su existencia, su espíritu, continuó con la lectura del librito.

Pero no tardó en caer nuevamente en la meditación, porque a los pocos segundos, un nuevo aguijonazo hirió su alma, aunque desconocía que tenía alma:

“Jamás llegaremos a conocer aquello que tememos; para llegar a conocer algo es menester perderle el miedo; y si te tienes miedo a ti mismo, jamás llegarás a conocerte, ni poco ni mucho.”

Sí, había descubierto, sin conocer su nombre, que tenía alma; había descubierto que, efectivamente tenía temores superiores a los conocidos; estaba llegando a la conclusión que, sobre el temor a la indigencia física, de alimentos o de satisfacciones físicas, existían temores muy superiores que se enmarcaban en la indigencia intelectual, en la que empezaba a conocerse inmerso, y sobre todo, en la indigencia espiritual, a la que no llegaba a definir, pero sí a intuir.

Estaba llegando a la conclusión que en Idilia se estaba viviendo en un régimen de terror; un terror que eufemísticamente era conocido como un régimen de libertades; un régimen de terror llevado hasta los últimos extremos de la anulación de la libertad, asentados e interiorizados por cada uno de los esclavos de la colmena; un régimen de terror interior que se retroalimentaba automáticamente por cada uno de los habitantes de Idilia.

Y ese descubrimiento le incitó a seguir leyendo; a seguir conociendo. Nació en él la necesidad de devorar no sólo aquel librito, que le parecía de enorme extensión, sino las bibliotecas dormidas, llenas de polvo y telarañas de cuya existencia tenía conocimiento y que a partir del momento concibió como enclaustradas en forzadas prisiones.

Él debía conocerse a sí mismo. Debía conocer la verdad sobre su existencia. Debía saber qué y quién era; identificarse como persona, como ser social. Debía identificar el bien y el mal; algo que hasta el momento, por mor del sistema, desconocía.

Con estos pensamientos, y comenzando a dudar de cuanto le rodeaba, encendió el televisor, bajó el volumen y lo volvió contra la pared.

La confianza ciega que hasta el momento tenía en el sistema, sin saber por qué, se volvió desconfianza ciega hacia el mismo.

¿Estaría siendo controlado en todos y cada uno de sus actos hasta cuando estaba solo? No lo sabía, pero por si acaso tomaría medidas. El televisor volvería a estar encendido intemporalmente, como hasta la fecha, pero el telespectador sería la pared.

Y siguió leyendo y pensando hasta altas horas de la noche. La falta de costumbre en la lectura y la profundidad de los pensamientos que por primera vez llegaban a su mente le ocasionó un insomnio que en otros momentos hubiese tenido por enfermizo pero que en esta ocasión interpretaba como salutífero.

“Los brutos –los hombres brutos quiero decir- son humanidad o son naturaleza? Conozco muchos álamos y muchos riachuelos y muchos bueyes que son acaso más prójimos míos que muchos seres vivientes con figura humana y dotados de lenguaje articulado y de eso que llamamos razón”.

Álamos, riachuelos, bueyes… ¿qué son? Jamás había visto uno. En Idilia no existían esas cosas. La naturaleza, en Idilia, era la perfección de lo artificial. Lo único natural eran los hombres; pero…¿y los alimentos, variadísimos, a los que tenían acceso? ¿De dónde salían si en Idilia sólo existían centros de esparcimiento, de vivienda, de mercado, industrias…?

Le gustaba la carne de buey, pero ¿dónde estaban los bueyes? Figuras humanas sí conocía, pero los razonamientos que emitían, ¿eran razonamientos humanos? ¿Eran razonamientos naturales?

¿Qué es Humanidad?, ¿Qué es Naturaleza?

La mente de Andrés estaba tocando demasiados palillos a la vez. ¿No se habría puesto en una labor, la lectura, que le superaba?

Deseaba dejar la lectura y deseaba seguir con ella. Comenzaba a pensar que hasta el momento no había tenido ninguna capacidad de pensamiento; comenzaba a entender que las ideas que hasta la fecha había tenido como firmes convicciones de la verdad y de la existencia sucumbían estrepitosamente ante la lectura de quince limitados renglones de meditación.

Pero la necesidad espiritual, esa que hasta el momento le resultaba totalmente desconocida, le azuzaba a seguir leyendo.

“El pensamiento interior, pensamiento inarticulado, discurre a solas, sin que ningún prójimo nos le pueda contemplar, y esta soledad de nuestro pensamiento íntimo es a la vez su fuerza y su endeblez. Es un pensamiento el más libre de lógica. ¡Desgraciado el hombre a quien a solas no le ocurren absurdos, incongruencias y despropósitos! El que es sensato para consigo mismo, cuando consigo mismo habla, sin que otro le oiga, ese tal no tiene redención  alguna, porque es bruto por dentro y por fuera.”

Estaba observando que la lectura  le acarreaba sensaciones cada vez más nuevas y al propio tiempo antiguas, enraizadas en lo más profundo de su ser.

Estaba comenzando a pensar que, hasta la fecha, su pensamiento interior había sido sistemáticamente sustituido por la televisión y por todos los medios de difusión del pensamiento único, sibilinamente implantado en Idilia.

El pensamiento inarticulado al que hacía mención Unamuno, fruto de la soledad, no existía, si bien la soledad sí existía, pero no una soledad creativa y humana, sino una soledad manipulada y tecnificada, dependiente del cordón umbilical del control social a que estaba sometida la totalidad de los habitantes de Idilia.

Él siempre había sido sensato; él siempre había sido políticamente correcto. Él había participado “libremente” en todo cuanto le había sido “sugerido” por el sistema. Pero, ¿y aquel niño de siete años, compañero suyo de guardería que no dejaba de llorar y “desapareció”? Él, por sus circunstancias “familiares” había estado siempre inmerso en el sistema, pero ¿y aquellos niños que se iban integrando paulatinamente cuando sus padres “desaparecían”? Estos pensamientos de ahora mismo, ¿son incongruencias?, ¿son despropósitos?

“Cuando se me ha ocurrido esto me he dicho: es una locura, es algo que no tiene sentido. Porque lo cierto es que no tienen relación alguna con cuanto se me había ocurrido antes ni acierto a descubrir su liga con lo de antes ni con  lo de después. Ni veo de qué otras ideas mías pueda haber surgido ni a qué otras ideas pueda tender.”

Parecía como si el filósofo fuese entreviendo el pensamiento de Andrés. Y es que, justo esos pensamientos eran los que le iban torpedeando la mente.

¿Torpedeando la mente?… ¿O torpedeando su anquilosamiento a que de forma tan exitosa se había dedicado durante toda su vida el omnipotente gobierno de Idilia?

Estaba observando que el desarrollo de sus neuronas estaba alcanzando niveles que ni por mientes podía haber imaginado anteriormente. Recordaba los contenidos de los estudios que a lo largo de su vida le fueron ofrecidos. Las humanidades, lo que ahora tenía en sus manos, habían sido milimétricamente expurgadas de su conocimiento, y llegaba a entender que no era sino una situación buscada por quienes ya identificaba como perfectos opresores, que necesitaban esa anulación en las mentes ajenas, porque “los brutos no aciertan a pensar fuera del cauce en que vertieron sus espíritus los que los sacaron de cuna”.

Él había sido uno de esos brutos, y nadie podría confirmarle tal extremo, porque brutos eran todos sus conocidos, quienes como él mismo fueron sacados de la cuna, deformados y preparados para vivir como meros instrumentos del sistema. Un sistema cuya justificación estaba en sí mismo, y no, como le habían dicho, en la felicidad de sus habitantes, que bajo esta nueva visión no serían sino los más perfectos esclavos de un sistema inicuo, sin explicación, cuyo mejor destino sería ser destruido.

¿Qué pensamientos le estaba produciendo esa lectura? ¿No sería mejor acabar con ella?
¿No sería acertada la actitud de Idilia al mantener en el olvido la lectura y el conocimiento de filosofía e historia?

Andrés comenzaba a creer que la dinámica de Idilia creía que el pensamiento era contrario a la libertad. Y si el pensamiento es contrario a la libertad, ¿qué es la libertad? Sencillamente hacer y decir lo que el sistema, a través de sus medios, nos indique que debemos hacer y decir.

Pero si hacer y decir lo que nos dicen que hagamos y digamos es libertad, llegar a conclusiones propias es cualidad de los esclavos.

No lo entendía… Y en esa duda le venció el sueño.

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