domingo, 18 de septiembre de 2016

La revuelta comunera (6)

No era más que el principio, porque un año después, el  23 de enero de 1516 muere Fernando el Católico. Su hija Juana hereda la corona de Aragón, y el 13 de Marzo de 1516 fue proclamado en Bruselas rey de Castilla y Aragón; “este acto consolidaba el reconocimiento de la incapacidad total de la reina para gobernar” , y que la proclamación fuese hecha en Bruselas significó el primer enfrentamiento con los reinos hispánicos, que además, cuestionaron la legitimidad de la coronación. Influenciado por Chevres, Carlos, un niño de 16 años, exigía la realización de unos actos que sólo le iban a aportar la desafección de sus reinos. ¿Qué intereses guiaban a Chevres? Desde luego no los intereses de los reinos hispánicos y sí los intereses de Francisco I de Francia, con quién le unía afectos e intereses, los mismos que le separaban de España.
A la muerte de Fernando, Jiménez de Cisneros fue el gran estadista que ocupó la regencia. “Hijo de pueblo nunca había renegado de su origen…/…frisando ya con los ochenta años no inspiraba temores á los grandes…/… Todas las ilusiones de los próceres se desvanecieron muy en breve…/… íntimamente convencido de la sana intención que le sugeria sus proyectos, los llevaba adelante con severidad inflexible…/… virtuoso, desinteresado, siempre alerta, enérgico y duro contra los próceres, blando y afectuoso á favor de los humildes.” 

Encarnaba Cisneros la figura que necesitaba España; enérgico y bondadoso; con las virtudes del santo y con las virtudes del soldado, España tuvo la suerte de contar con su guía en la dura transición, no ya de Fernando a Carlos, sino de Felipe el Hermoso a Carlos, pues ese fue el tiempo en que ejerció la regencia.

Mientras llegaba el rey, “el buen prelado, alcanzada la confirmación de Carlos, reprimió los movimientos que comenzaban a chispear por algunas partes.”  Organizó milicias al margen de la nobleza con la intención de controlar los desmanes de ésta, pero el resultado fue contrario a lo deseado, ya que primero en Valladolid y luego en otras ciudades se sublevaron contra la medida, “preparándose para resistir a Jiménez, aunque fuese con las armas.”  “Demás de esto intentó otras novedades, queriendo quitar a los caballeros las alcabalas y salarios que llevaban en las Órdenes, y aún hiciera moneda si no fuera por algunos del Consejo que le iban a la mano.”

No se extralimitó en sus funciones, sino que actuó conforme a su cargo, subordinándose tan sólo a las necesidades de la Patria, y ni tan siquiera a las necesidades de la corte, en aquel entonces en Bruselas.

A finales de 1515 había llegado Adriano de Utrecht en España con la idea de ser corregente con Cisneros, aunque según Eusebio Martínez de Velasco lo fue “sólo en el nombre”.  Posiblemente, la venida de Adriano fuese para vigilar de cerca los derechos de Carlos, ya que Fernando el Católico había sido nombrado Maestre de las órdenes militares, lo que lo situaba en posición de poder acceder a la corona si el primero en derechos tardaba algo en reclamarla. En cualquier caso, Adriano no entorpeció la labor de Cisneros, limitándose a ser uno de los pocos aportes extraordinariamente beneficiosos que llegaron de la corte de Carlos en Bruselas.

Por estas fechas, Fernando el Católico estaba organizando la Santa Liga contra las ambiciones de Francisco I de Francia, mientras el príncipe-archiduque Don Carlos; el mismo que con el tiempo llegaría a ser nuestro gran Carlos I “llegó a escribir humilde carta al rey francés, tratándolo de señor y de padre…/… para establecer alianza y concordia entre ambos, pretendiendo sellarla y garantizarla con el matrimonio del jóven archiduque y la princesa Renata de Valois, hermana del rey francés, sin contar para nada con el Rey Católico”.  No debió sentar muy bien a Fernando el Católico esta actitud de su nieto, quién a pesar de todo, “otorgó nuevo testamento, pocas horas antes de su muerte, confirmando las declaraciones anteriores, y nombrando á su nieto Don Carlos, á causa del deplorable estado intelectual de la reina Doña Juana, gobernador general de los reinos de Castilla y de Aragón, y gobernadores interinos de ambos Estados, respectivamente, al cardenal Jiménez de Cisneros y al arzobispo de Zaragoza Don Juan de Aragón.”

Qué vio Fernando al final de su vida en el nieto que siempre había visto con no muy buenos ojos es algo que jamás conoceremos, pero algo tuvo que ver para cambiar esa actitud. Algo que, si en un principio, conociendo los primeros actos de Carlos I en los reinos hispánicos nos parece injustificada, parece de un acierto proverbial si tenemos en cuenta la actitud de Carlos a partir de 1522.

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