martes, 20 de septiembre de 2016

Siguiendo con la Guerra de Sucesión (VII)

El 7 de Noviembre de 1705 fue  proclamado rey el archiduque como Carlos III en Barcelona, tras lo cual, dice Narciso Felíu de la Peña que en Barcelona, “a 23 fe movió el Pueblo contra los que fueron afectos con demoftraciones muy publicas á la Cafa de Francia, llevándoles con ignominia, y muchos baldones, a las Cárceles Reales: el motivo fue la voz fingida de querer matar al Rey, y el zelo inmoderado de affegurarle”.
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En 1705 las provincias de Levante se pasaban al bando austracista, mientras las conspiraciones contra los Borbón se sucedían. Modesto Lafuente  señala que el conde de Cifuentes intentó sublevar Andalucía; descubierto, huyó para sublevar el Levante; el conde de Leganés fue apresado, y la nobleza sufrió una alteración que acabó enfrentándola a la princesa de Ursinos, quién provisionó de tropas francesas las Provincias Vascongadas, Santander y otras plazas, mientras los grandes se oponían a que el embajador francés asistiese al consejo de ministros mientras la medida no fuese contemplada en Francia con un acto recíproco.

Sin embargo, algo falló en las previsiones británicas: los intentos por sublevar Canarias y América no surtieron el efecto deseado, llegando a producirse algunos incidentes que tuvieron principal reflejo en una conjura en México.

Pero no era sólo la conspiración aliada la que posibilitaba los triunfos de los aliados, sino que la situación de  la corte de Felipe V facilitaba los mismos. Así, en 1705, tras haber sido tomado Gibraltar por los ingleses, escribía el marqués de Tessé desde el sitio a que fue sometida la plaza: “un rey joven que no piensa más que en su mujer, de una mujer que se ocupa de su marido, de cuatro ministros que unidos entre sí, se hallan siempre acordes cuando se trata de cercenar la autoridad del rey; del secretario de Estado que se conforma con obedecer y no tiene voto, y tampoco quiere tenerlo porque esto le impondría grave responsabilidad y no quiere ninguna. Más capaz de servir seria Rivas que todos los demás, pero la desdicha que tuvo de indisponerse con la princesa de los Ursinos, hizo que lo tuviera la reina por sospechoso é insoportable; por último, como iba diciendo, este consejo del despacho se compone, además de las gentes arriba nombradas, del embajador de Francia, que es quien mas figura en el gabinete.”

Parece que todo este cúmulo de despropósitos debiera favorecer la causa del Archiduque, y de hecho, parciales austracistas eran señores castellanos, catalanes, aragoneses, valencianos… el cardenal Álvaro Cienfuegos, el conde de Oropesa, el de la Corzana, el de Gálvez, el de Tendilla, el de Haro, el de Villafranqueza, el de Vástago, el de Casal, el marqués de Leganés o los condes de Aguilar y Frigiliana, destacando entre ellos el Almirante de Castilla…

Pero en el sustrato de la sociedad, todos esos despropósitos no acabaron de cobrar fuerza porque, si bien es cierto que la corrupción y la intriga eran características propias de la corte de Felipe V, la alternativa no era, ni mucho menos, mejor.

Dice Juan C. Saavedra Zapater que “la razón de la aparente quietud de los reinos de la Corona de Castilla debe buscarse en otras causas que las hasta ahora esgrimidas por la historiografía. Una de ellas pudiera ser la campaña de propaganda desencadenada por la Corona contra el Archiduque y su alianza con los príncipes protestantes —al menos así se desprende de las Cédulas Reales enviadas a los pueblos solicitando su ayuda financiera—, en la que participó muy activamente el clero secundándola; otra, los desmanes del ejército aliado en las poblaciones costeras y en los lugares por donde se desplazaba, recordados y denunciados muchos años después como un factor determinante de la crisis económica de las poblaciones y de la huida de sus habitantes; en tercer lugar, el resentimiento, quizá la animadversión, de los castellanos hacia los reinos de la Corona de Aragón, siempre propensos a cuestionar la autoridad del soberano cuando se veían amenazados en sus fueros y en sus intereses económicos, pero también hacia Portugal y las potencias marítimas que no dudaron en aliarse para abrir un frente de operaciones militares en el oeste peninsular y debilitar aún más a la Monarquía Hispánica, ahondando, por otro lado, en viejas y mal cicatrizadas heridas, sobre todo en los lugares próximos a la frontera lusitana.”

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