martes, 18 de octubre de 2016

Antonio Pérez, el primero entre los traidores (VI)

Lo que Don Juan no quería bajo ningún concepto era seguir como gobernador de los Países Bajos; quería tomar sus soldados y acometer Inglaterra. Para tratar esos asuntos mandó a su secretario Escobedo a la corte. Estando en Roma llegó a escribir: “De la vida de aquí hasta ahora no tengo que decir, sino que estoy todavía en no desear este oficio; en la fe de mi hermano me hacen todos buen acogimiento, aunque me culpan de mesurado y que hablo poco, ¡mira cómo será posible mudar de costumbre que tan envejecida está en mi! El Papa me trata bien y dice que le parezco hombre entero.“

“La ambición juvenil del hermano bastardo del Rey, orgulloso de su triunfo en la batalla de Lepanto contra los turcos, sus constantes requerimientos de tropas y de dinero desde Flandes, su propósito frustrado de invadir Inglaterra y de casarse con María Estuardo (para tener por fin el reino soñado que su hermano le negaba), así como sus entrevistas secretas con el Papa y con el duque de Guisa (jefe de los católicos franceses)... Éstos eran hechos que habrían podido despertar algunas sospechas en la corte española. Pero no hasta el punto de hacer pensar en una conjura de don Juan contra su propio hermano, Felipe II.”

Y menos cuando era pública y notoria la prelación que tenía Don Juan de Austria en la mente de su hermanastro; “Felipe II envió a don Juan de Austria a Flandes contra la voluntad del príncipe. Y desde allí Escobedo sugería, en nombre de don Juan, que Felipe II abdicase y dejase a don Juan como regente. Las cartas de Escobedo a Pérez, en las que se indicaban estos proyectos, eran mostradas a Felipe II por su secretario. Y Felipe II tomó las medidas necesarias para evitar que el sueño del grupo de don Juan se hiciera realidad. El día 31 de marzo de 1578 asesinan a Escobedo en Madrid. Y el ejército de don Juan de Austria, mal pagado y diezmado por la enfermedad, no fue socorrido por el rey a pesar de las cartas del príncipe.”    Don Juan de Austria murió de tifus el 1 de Octubre de 1578 en los alrededores de Namur. Felipe II manifestó que “amava y estimava su persona, y me hará falta para todo y en especial para las cosas de Flandes”.

“Cristóbal de Virués, soldado en Lepanto junto a don Juan de Austria y en las campañas del Milanesado, es, en cierto modo, un caso paralelo al del Cervantes nostálgico de su participación en la memorable batalla naval contra los turcos”.  Trató el tema en sus escritos, como lo hicieron otros escritores. Fiel a su querido general, no podía pasar inadvertido ante unos hechos en los que “Don Juan de Austria fue parte, consciente o inconsciente, de una intriga cortesana que ocasionó una de las mayores crisis del reinado de Felipe II, crisis que pudo dar al traste con la unidad nacional y con la existencia misma de uno de los tronos más poderosos de todos los tiempos.” 

Una intriga que, en boca de Antonio Pérez, “resolvió el rey católico como ejecución necesaria y forzosa para atajar la turbación de sus reinos y otros, quizá del mundo, que se podía temer de aquellos tratos ó inteligencias de D. Juan de Austria.”

Una intriga que hace que Francois Mignet se pregunte: “¿Qué movió á Felipe II á mandar la muerte de Escovedo, causa original, ya que no única, de todos estos sucesos? ¿Qué parte tomó Perez en la ejecución de este homicidio? ¿Fué mero instrumento de la política recelosa del rey, ó mas bien le aconsejó se deshiciese del secretario, confidente y agente de su hermano? Si con sus consejos le impulsó á tal estremo, ¿guióle la razón de estado ó un interés particular? ¿Le persuadió á ello porque Escovedo exaltaba la imaginación ambiciosa de D. Juan, instigándole proyectos peligrosos, ó se sirvió de este pretesto engañando á Felipe II, para desembarazarse él mismo de un hombre molesto que vituperaba sus amores con la princesa de Eboli, viuda de Ruy Gomez de Silva, de quien ambos eran hechuras?”

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