domingo, 6 de noviembre de 2016

Idilia, una historia del futuro (6)



Capítulo Sexto


La mañana siguiente, en clase, fue concebida por Andrés como una siembra de nada en el más árido de los desiertos.


Fue el día más largo en su vida. No se atrevía a acercarse a su amigo Antonio por dos motivos esenciales: Primero por la condición de agente de aquel, y segundo, por el conocimiento que de sí mismo tenía como enemigo del sistema .

Ya nada podría ser igual. Debía encontrar el camino para llegar a Humania. Su puesto ya no estaba en Idilia, sino contra Idilia. No sabía cómo hacerlo, y conocía que su pensamiento lo ponía en grave peligro… Y lo peor, la única persona en quién podía confiar era justo la única persona en quién no era posible hacerlo.

Terminadas las clases, se juntó con quién ya no consideraba amigo, y juntos, como cada día, dirigieron sus pasos al habitáculo de aquel.

La sorpresa fue mayúscula, cuando en el mismo encontraron a Helena, con el televisor encendido, y ella, con un libro en las manos.

-         ¿Otro libro? –dijo Andrés a tipo de saludo, y extrañado ante tanta naturalidad-
-         Es mi afición –respondió Helena -. Vengo leyendo sin parar desde hace aproximadamente un año. Me he aficionado, y ya que tú conoces mi afición, no tengo por qué ocultártela. Es lo que más satisface mi espíritu.
-         Pues la “Sarta de Pensamientos” de Unamuno me ha provocado una sarta de dudas que no me atrevo a decir. Pero… ¿Andrés sabe lo que lees?

Andrés respondió por ella

-         Yo también leo esas cosas. Pero ¡cuéntanos!, veo que has leído el libro que te dejó ayer  Helena. ¿Qué te ha parecido?
-         ¿Seguro que eres agente de Idilia?
-         Naturalmente, pero cuéntanos lo que te ha parecido lo que has leído.

Andrés cayó en un estado profundo de pánico que le quedó mostrado en la cara, y que por supuesto no escapó a la observante mirada de Antonio y de Helena, lo cual les llenó de satisfacción.

-         No temas, dijo Helena. Yo también sucumbí al pánico cuando me encontré en tu misma situación. También yo leí un libro por primera vez. También me fue suministrado por otra persona que desconocía. También quedé impactada por su lectura. También me hice muchas preguntas que jamás había pensado. Aquí puedes hacerlas todas. Antonio es agente de Idilia, y yo soy agente de Humania.

Esta declaración dejó perplejo al joven. Tenía claro que a partir de ese momento desaparecería como habían desaparecido otras personas a lo largo de su vida. Pero… ¿Qué hacían juntos un agente de Idilia y otro de la etérea Humania?

La respuesta le vino a continuación por parte de Helena.

-         Antonio es un agente de Humania infiltrado en Idilia. Como tú y como yo, fue criado en sus guarderías y educado en sus colegios, pero muy pronto su padre, que no había perdido el contacto con Humania, lo inició en el conocimiento de lo que aquí es conocido como esclavitud y cavernismo… y en la prudencia.
Cuando Antonio tenía dieciocho años, sus padres fueron descubiertos, y “desaparecidos”, fueron reciclados en la fábricas de Idilia, y suministrados en el mercado de Idilia, convertidos en fresas, yogur, carne de ternera…o ¡Dios sabe qué!
Antonio, ya instruido convenientemente, se integró en el sistema educativo social y político de Idilia, hasta el extremo de hacerse pasar por un colaborador incombustible del sistema.
Ha organizado elecciones generales apoyando alternativamente a uno u otro partido de los que el sistema se vale, según haya interesado al propio sistema; ha organizado escándalos de esos mismos partidos  y ha propiciado la alternancia de los mismos en el gobierno para que todo siga igual, para que las posibles disconformidades sociales queden deglutidas por el propio sistema imperante, y todo siga igual.
Por otra parte, y siguiendo con sus auténticas creencias, ha organizado grupos de resistencia que por el momento no tienen ningún éxito social, pero que, como tú mismo se han iniciado en la lectura, y que han dado pasos mucho más allá. Algunos ya rezan, y otros, los más pusilánimes, los que no se ven capaces de continuar su lucha aquí, han huido a Humania.

Andrés no salía de su asombro. Su amigo, agente de Humania… La amiga de su amigo, también… Y hay gente que reza…

-         ¿Qué es eso de rezar?
-         Muy verde está todo – exclamó Helena- Rezar es rogar a Dios. Pero tampoco sabrás quién es Dios.
-         Alguna referencia hace Miguel de Unamuno en el libro que me he leído, pero no sé que es Dios ni sé qué es rezar.
-         Pues sin Dios no hay Humanidad. Será preciso que empecemos por ahí.

Los dos insurrectos catequizaron a Andrés. Le explicaron el origen de la vida; le explicaron la existencia de seres inferiores, de plantas, de animales, de naturaleza virgen, de amor, de conocimiento, y le dejaron escrito, por supuesto en un papel, algo que era encabezado por una palabra: PADRENUESTRO

Había suficiente por aquella jornada, y Andrés se apartó.

Con el televisor encendido, y como la noche anterior, se disponía a afrontar nuevamente el insomnio:

Padre nuestro que estás en el cielo.

Él, que no había conocido a su padre; él que sí, sabía que había tenido un padre en Idilia, un padre genético del que no sabía nada; un padre que se divorció de su madre, de la que sólo sabía que se había suicidado; un padre y una madre que a su vez eran hijos de otros padres de los que jamás supo nada, sólo que habían sido muy felices en una institución pública; pública como su guardería, como su escuela o como su universidad; unos antepasados inmediatos que llegó un momento en que “desaparecieron”. Pero ¿cómo desaparecieron?… ¿Convertidos en hamburguesa?, ¿convertidos en fresas con nata?

-         Padre nuestro que estás en el cielo –relató en voz alta-  ¿dónde están mis padres?, ¿dónde mis abuelos?, ¿quién soy yo?, ¿qué hago?, ¿qué debo hacer?

Y siguió con la lectura del papel.

Danos hoy nuestro pan de cada día.

¿Qué es nuestro pan de cada día? ¿Los alimentos que nos proporciona Idilia? No puede ser. Nuestro pan de cada día no puede ser suministrado por este sistema que nos oprime, que nos controla, que nos anula como personas, que nos inserta en una maquinaria inhumana. ¿Qué es nuestro pan de cada día?

La lectura – se dijo -. La lectura es el pan que necesito. El conocimiento de todo lo que me ha negado Idilia a lo largo de mi vida. La amistad, la Libertad, con mayúscula, lo que Idilia vende como esclavitud. Lo que me niega Idilia es el pan que me dará Dios.

Dios, Dios, ¿por qué no he sabido de Ti antes?

Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden.

Cruda petición. ¿Quién me ofende?… Idilia. ¿A quién ofendo?… A sus habitantes, porque no hago nada por defenderlos.

¿Quién me ofende? Los gobernantes de Idilia. ¿Qué me ofende y ofende a los habitantes de Idilia?… Idilia.

Mi enemigo es el sistema, quienes me ofenden sus gobernantes. Ellos me atacan, pero porque no son libres.

¿Qué debo hacer?… Luchar contra Idilia y por la libertad de sus habitantes; por la libertad de quienes me opondrán todas las armas que Idilia ponga en sus manos.

No nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal.

¿Qué es caer en la tentación? Hacer lo que Idilia me dice que haga. Hacer lo que me plazca sin límites, que no es otra cosa que hacer lo que Idilia me dice que haga.

Demasiado estaba pensando Andrés. Era una práctica que desconocía, y un profundo dolor de cabeza lo dejó fuera del combate que había iniciado.

Sólo el sueño le sacó de la preocupación.

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