jueves, 1 de diciembre de 2016

La conquista británica de España (XXIV)


ASPECTOS ECONÓMICOS DE LA ESPAÑA DEL SIGLO XIX


Por otra parte, el desarrollo de la actividad económica ha existido siempre, pero ciertamente, a mediados del siglo XVIII se produjo la conocida como Revolución Industrial, y es con ese espíritu economicista, grotescamente conocido como “ilustrado”, con el que se acosaría y acabaría derribando a las Españas.



Pero, ¿es cierto que la industria era inexistente en las Españas antes de la invasión británica llevada a cabo en el siglo XIX sobre las mismas? Ciertamente no. Existía una industria manufacturera que servía las necesidades de la población y que posibilitaba la vida a grandes sectores humanos. Su éxito, en territorios tan vastos, lógicamente tenía un desarrollo desigual, pero es el caso que a finales del siglo XVIII, los Virreinatos americanos se encontraban a la cabeza de todo desarrollismo, con un nivel de vida, de libertad y de seguridad ciudadana que enardecían la codicia del mercantilismo europeo en general, y muy especialmente del inglés, que sería actor definitivo en su propio beneficio.

La destrucción metódica de la industria española fue llevada a cabo, en la península, durante la conocida como “Guerra de la Independencia”, aún sin existir enemigo militar al que batir, y en América conforme avanzaba el dominio de los “libertadores”, y siempre estaban detrás las baterías británicas.

Acabado el conflicto bélico con los franceses en la Península, se inició la recuperación económica que, como consecuencia de los subsiguientes conflictos bélicos peninsulares no alcanzaría el nivel de evolución que se estaba siguiendo en países como Francia o como Inglaterra.

En lo económico, el comercio era prácticamente inexistente, mientras la industria estaba paralizada y la previamente existente había sido metódicamente bombardeada por las tropas inglesas con el claro objetivo de eliminar competencias. Los campos estaban devastados por la guerra.

No obstante, en 1820 se pusieron a punto nuevas técnicas de conservación de alimentos, consistente en la esterilización y el envasado hermético. Se desplaza así a los antiguos salazones. La implantación de estas técnicas se remonta a 1828 (Gijón) y 1836 (Coruña), pero la aplicación a escala industrial no se llevó a cabo hasta 1880 debido a múltiples factores, tales como la falta de capitales y las conocidas como “Guerras Carlistas”. Sólo se superó ese obstáculo después del conflicto cantonalista, cuando conserveros catalanes se instalaron en Galicia.

En 1825 se procedió a actualizar la legislación sobre explotación minera, que hasta la fecha se regía por las ordenanzas dictadas por Felipe II el 22 de Agosto de 1584.  El artículo 4.º de la mencionada ley establecía claramente que “Todo español o extranjero…” podía realizar libremente “calas o catas para descubrir, reconocer y adquirir recursos minerales” en igualdad de circunstancias. Ese principio seguiría apareciendo inexorablemente hasta 1868, cuando alcanzó rango de ley.

El Real Decreto de 4 de Julio de 1825 sobre explotación minera se completaba con una instrucción provisional de 18 de diciembre, que introducía serias contradicciones.

En este año de 1825,
minería y metalurgia del cobre del suroeste (Río Tinto), van alcanzando un creciente protagonismo en la minería-metalurgia española. Inicialmente estas minas estaban controladas por el Estado hasta su desamortización en 1873, las cuales terminan en manos de capital inglés que las compró por casi 93 millones de pesetas, construyendo una sociedad que se denominaría Río Tinto C.L., y que se convertiría en una de las mayores multinacionales inglesas, y cuya rentabilidad alcanzó cifras inimaginables en las décadas siguientes. Esta compañía obtuvo unos beneficios de alrededor de unos 800 millones de pesetas entre 1880-1914, y que en su mayor parte se exportarían a Inglaterra. Cifra que equivalía al valor del mineral de hierro producido en Vizcaya entre 1876-1900, y que fue un factor decisivo del desarrollo industrial de la provincia. (González 1998: 208)

En 1866 un grupo de fabricantes ingleses de sosa cáustica y otro de metalúrgicos del cobre arrendaron las minas de Tharsis a la sociedad francesa Compagnie des Mines de Cuivre de Huelva, creando The Tharsis Sulphur and Copper Co. Ltd., empresa concentrada verticalmente con sus factorías británicas. Siete años más tarde, un consorcio financiero anglo-alemán compró el establecimiento estatal de Río Tinto, constituyendo The Río Tinto Ca. Ltd. Ambas sociedades realizaron inversiones necesarias para la producción y comercialización a gran escala de las piritas: laboreo a cielo abierto, multiplicación de teleras, construcción de ferrocarriles mineros y también compras de buques que salían de Gran Bretaña con carbón y regresaban con piritas en bruto, desulfuradas o descobrizadas. (Sánchez Picón: 54)

En resumen, en el segundo tercio del siglo XIX, se había producido un importante avance en el proceso industrializador de Andalucía, que será cercenado a partir de la década setenta. La dominación del capital extranjero de la industria minero-metalúrgica andaluza fue casi total para la década ochenta, la incidencia de su explotación sobre el territorio y el tejido social fue escasa al exportarse los beneficios y el mineral o el metal en bruto (no transformado). (González 1998: 208)

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