lunes, 16 de enero de 2017

Algunos apuntes sobre la Inquisición (7)

Hemos hablado ya del gran desorden moral que existía en las órdenes religiosas de toda Europa en los siglos inmediatamente anteriores a la instauración de la Inquisición moderna, pero ahora, “El confundir a nuestros frailes, después de la reforma, con los frailes alemanes del tiempo de Erasmo, arguye la más crasa ignorancia de las cosas de España.”   Y es que, cuando Lutero emprende la Reforma, ésta, la Reforma, pero dentro de la Iglesia, ya había sido llevada a cabo en España por parte de los Reyes Católicos.

Los alborotos, en las últimas décadas del siglo XIV y en las primeras del XV eran constantes. Ya en la segunda mitad del siglo XV se produjeron nuevos alborotos; los de Toledo en julio y agosto de 1467, cuando dos judaizantes fueron quemados, provocaron que Enrique IV emprendiese negociaciones para instaurar la Inquisición; los de Córdoba, en 1473, en que sólo salvó a los conversos de su total destrucción el valor y presencia de ánimo de D. Alonso de Aguilar; los de Jaén, donde fue asesinado sacrílegamente el condestable Miguel Lucas de Iranzo; los de Segovia, 1474, especie de zalagarda movida por el maestre don Juan Pacheco con otros intentos. La avenencia entre cristianos viejos y nuevos se hacía imposible. Quién matará a quién, era el problema.  No, los años que precedieron el reinado de los Reyes Católicos no fueron precisamente tranquilos.

Alonso de Espina, confesor de Enrique IV, de ascendencia judía, escribió en 1460 un libro dirigido contra los judíos. Pero no fue el único. En 1474 ascendía Isabel al trono.

“En 1477 la anarquía reinaba en Sevilla debido a las luchas entre los bandos del duque de Medina-Sidonia y del marqués de Cádiz. También jugaban un papel principal en la difusión del crimen los falsos conversos: no había una herejía, era una apostasía muy generalizada. Los Reyes Católicos, que llegan a la ciudad en la segunda mitad del año, deciden poner remedio; someten a la nobleza levantisca y, para acabar con el problema de orden religioso, acuden a la solución incoada por Enrique IV.”

Durante todos estos años, las confrontaciones, también doctrinales, se prodigaron. Pablo de Santa María, antiguo rabino mayor de Burgos, argumentaba en 1432 a favor del cristianismo, sin fomentar odio alguno contra sus antiguos correligionarios. Bajo los auspicios de Benedicto XIII  tuvieron lugar unos importantes debates en 1413-1414 a los que asistían miles de personas, en los que teólogos judíos discutían con conversos, como Jerónimo de Santa Fe, en ámbito de plena libertad, a resultas de las cuales hubo no pocas conversiones y peticiones de bautismo, rabinos incluidos, lo que fue demoledor para las aljamas.

“Pablo de Santa María, que fue considerado por los judíos como traidor y apóstata despiadado, configurándose como la figura siniestra que persiguió la religión de sus padres y a su propio pueblo, era para algunos cronistas cristianos hombre sabio y discreto, como hemos visto en Generaciones y semblanzas de Fernán Pérez de Guzmán, sobrino del canciller Ayala, tío del marqués de Santillana, bisabuelo de Garcilaso, que vivió los tiempos agitados del reinado de Juan II (1419-1454).”

Es el caso que, ante semejante situación, Fray Alonso de Ojeda, prior de los dominicos, presentó la necesidad de instaurar el tribunal de la Inquisición en Castilla, para cortar los excesos de los falsos conversos, lo que a duras penas fue finalmente concedido por la reina Isabel. “El 1 de Noviembre de 1478 el Papa promulgó la bula Exigit sinceras devotionis affectus, por la que quedaba instituida la Inquisición para la Corona de Castilla” , con la peculiaridad añadida de que la Inquisición española se diferenciaba de las demás en que sería controlada por el estado, quién nombraría a los inquisidores.

Los reyes no nombrarían inquisidores hasta dos años más tarde, eludiendo su instauración mediante la divulgación de un catecismo escrito por el cardenal Mendoza, y es que en España había tres grupos religiosos importantes que los Reyes Católicos querían compaginar, pero que resultó imposible dadas las relaciones que musulmanes y judíos tenían con el turco. La unidad y la seguridad nacionales fueron las causas que motivaron la creación del Santo Oficio.

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