viernes, 6 de enero de 2017

Idilia, una historia del futuro (7)

Capítulo Séptimo

Siguiendo los consejos de sus amigos, aprendió de memoria la oración y destruyó el papel.

Cuando despertó por la mañana, también siguiendo los consejos de sus amigos, recitó de memoria la oración con la intención de no olvidarla. Sería una práctica que repetiría en adelante y en silencio en varias ocasiones a lo largo del día.

Sin saber por qué, ésta práctica le daba tranquilidad de lo que ya había reconocido como espíritu, y le permitía asistir a clase y realizar las otras actividades con cierta soltura que le facilitaba pasar desapercibida su profunda preocupación.

Pero había entrado en una espiral en la que la pasividad no tenía cabida.

Aprovechaba cualquier espacio de tiempo para seguir adentrándose en lo prohibido. Leía con avidez cuanto sus amigos le iban pasando subrepticiamente, y se iba formando, a marchas aceleradas, en todos los capítulos prohibidos, principalmente Historia y Filosofía, en los que sus amigos ya estaban formados de manera considerable.

Especialmente le impactó el Nuevo Testamento, donde se narraba la vida de un tal Jesús de Nazaret, pero también, tras largos meses de formación, que contra lo que podía imaginarse tuvieron consecuencias positivas en su expediente académico, los amigos pusieron en sus manos Don Quijote de la Mancha, obra de la que ya había tenido noticia en lecturas anteriores, principalmente de Unamuno.

Ya no causaba temor en el ánimo del joven la dimensión de la obra, como no causaba temor el porvenir, el conocimiento de su absoluta inadaptación a Idilia, o el peligro evidente de “desaparecer” en cualquier momento.

La prudencia, no obstante, había sido educada muy especialmente por sus amigos; la expresión de sus ideas, de sus conocimientos y de su voluntad de combatir con las armas que fuesen precisas el sistema opresor de Idilia la circunscribía al círculo estricto de sus amigos, cómplices en la lucha sorda.

Como ya se acercaba el final del curso, a los guardianes del sistema no les extrañó que no se hiciesen mutua compañía los dos muchachos, pero la realidad era que la afición lectora de Andrés le obligaba a encerrarse en su habitáculo a solas con Don Quijote de la Mancha, a quién se estaba aficionando de una manera extraordinaria.

Su lectura del Ingenioso Hidalgo no seguía las coordenadas que marca el autor en su obra.

Bien al contrario, conforme avanzaba en su lectura, iba identificándose más y más con el caballero noble.

Lo que decía sobre el amor le llegaba a lo más profundo, y no podía reprimir en su mente acordarse de Helena.

-    ¡Bah!, -se decía, y seguía leyendo-

Por momentos quedaba maravillado de la filosofía del caballero, expresada en cada una de sus aventuras y en cada una de las explicaciones que daba al escudero.

Quedaba admirado del amor a la Humanidad, de su fe en las personas, de su honestidad, de su generosidad, de su valentía, de su entrega… Le admiró la aventura de los molinos de viento, que de inmediato los identificó con la serie de opresiones a que Idilia lo tenía acostumbrado; identificó como molinos de viento a la inmensa mentira en que estaba sumida Idilia; el aborto, la eutanasia, la homosexualidad, el divorcio, el canibalismo, la zoofilia… Todo lo que Idilia identificaba con libertad; todo lo que, si hubiese libertad para criticar sería presentado como molino de viento por Idilia, lo identificó en este pasaje. No eran molinos, sino gigantes… Parecía como si Don Quijote estuviese combatiendo a Idilia.

Comprendía, como Don Quijote comprendía, que la lectura, lejos de secar el cerebro, le daba el jugo necesario para comprender las situaciones.

Y también identificaba a los encantadores, que tanto mal hacían a Don Quijote. Esos mismos encantadores, en forma de televisión, en forma de manipulación en sus más variadas expresiones eran los que permitían la absoluta ceguera de un pueblo incapaz de sacudirse la pesada carga de la opresión.

Así mismo comprendía que con las ideas que tenía, y como a Don Quijote, podrían tirarle, en el mejor de los casos, los dientes; pero con la lectura de quién ya tenía como ejemplo de hombre a seguir, iba tomando conciencia de sus obligaciones para con la sociedad y para con él mismo, y esa minucia no le preocupaba más de lo debido.

Pasaron algunos días y los amigos no se habían visto. La excusa de los exámenes era manifiesta, pero la verdad es que ni uno ni otro se dedicaban a seguir los estudios reglados. Su formación llevaba caminos muy distantes de aquellos.

Un día coincidieron y decidieron pasar la tarde juntos. Así lo convinieron, pero ese día hubo una pregunta añadida por parte de Andrés:

-    ¿Vendrá Helena?

Antonio no dio ninguna importancia a la pregunta y le dijo que él se encargaba de avisarla, pero Andrés, que preguntó mecánicamente, cayó de inmediato en la cuenta de lo curioso de su preocupación. Sencillamente deseaba que Helena estuviese junto a él. Le gustaba su presencia aunque estuviese callada, como el día que la conoció.

Se separaron los amigos, y Antonio siguió sumido en sus pensamientos sobre Helena. Sí, se decía, incluso el día que la conocí, que estuvo tan callada, me llamó la atención sin saberlo. Creo que me he dado cuenta justo ahora… Y rememorando la primera lectura, la de Unamuno, dejó volar su imaginación en el más grandioso de los absurdos.

¿Será mi Dulcinea? –pensaba -. Dulcinea, para Don Quijote, no era sino la máxima expresión de los valores humanos; el puente para alcanzar a Dios. Andrés seguía pensando, y se decía que para él, su Dulcinea sería Helena, a través de la cual también alcanzaría todos los valores, y que juntos llegarían a Dios.
Sin saber cómo, y en gran parte como consecuencia de la lectura de Don Quijote, había descubierto que estaba enamorado.

La lectura del Nuevo Testamento le había abierto unos inmensos caminos de amor al prójimo; él ya se consideraba seguidor de Cristo, cuya doctrina iba conociendo por el trato con sus amigos y con las lecturas que durante aquellos meses le habían facilitado. Ahora, con la lectura de Don Quijote estaba consolidando la aplicación del amor a Dios en lo cotidiano.

El perfecto cristiano –se decía- es el perfecto Quijote, y el pueblo esclavo de Idilia, como el muchacho apaleado, necesita quién lo libere de su opresor.

El ardor y la impaciencia, durante meses controlado por el trato prudente de sus amigos, estaba estallando por momentos en su cerebro.

Deseaba acometer las mayores locuras; salir en público y proclamar la situación de sus compatriotas; en un vuelo mental se veía acometiendo las mentiras que de continuo eran emanadas por todos los medios de comunicación; poniendo en ridículo a los políticos y a los sindicalistas, mostrándolos como lo que en realidad eran: lacayos del sistema opresivo; iba a demostrar en un momento el crimen que permanentemente estaba cometiendo el sistema con el aborto y la eutanasia; iba a poner al descubierto la verdad sobre las fábricas del extrarradio de la ciudad, e iba a provocar una sublevación popular que acabaría con el régimen opresor de Idilia.

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