lunes, 30 de enero de 2017

Nada en común (VIII)

sigue 1965

Tardaría décadas la Iglesia española en intentar encontrar nuevamente el camino. Fue preciso que aquellos pastores vendidos al oro del sistema, y al propio Demonio, muriesen, para que una nueva generación de pastores tomase decididamente las riendas y volviese a la Iglesia al lugar de donde nunca debió salir.

Hasta que Dios tuvo a bien regalar a la Cristiandad el pontificado de Juan Pablo II, la Iglesia seguiría derroteros ajenos a su doctrina durante más de una década, y España en concreto sufriría muy de cerca este sinsentido. No fue sólo que el cura bajase del púlpito; no fue sólo volver el altar hacia el pueblo; no fue sólo que los curas dejasen de vestir como curas y las monjas como monjas; no fue sólo que pasase a comulgar de pie y en la mano; no fue sólo que... Lo más importante es que el relativismo tomó posiciones en la Iglesia. El pecado comenzó a ser relativo. Ese fue el mal que entró en la Iglesia con el Concilio Vaticano II. En algunos conventos (o mejor, es de suponer que en algunos no lo hacían), en vez de atender las horas de oración, veían la televisión.

No obstante, otra vez recordaba Cesáreo que, a pesar de todo, el Concilio Vaticano II no marcó ningún dogma. Ésa, a la postre, sería la puerta de retorno a la esencia del pensamiento cristiano dentro de la Iglesia.

En Junio de 1967 ocurrió la “Guerra de los 6 días”; un conflicto entre árabes y judíos que duró 6 días con la victoria de Israel sobre los árabes, y en la que ocuparon los Altos del Golán. El señor Moreno, profesor que tenía Cesáreo cuando cursaba tercero de bachillerato, supo hacer vivir el hecho histórico en las mentes de sus pupilos.

También el señor Moreno era un maestro que difícilmente ha podido sobrevivir al triste devenir de España. ¿Cómo habrá sobrellevado la barbaridad del estado de las autonomías? ¿Y la destrucción de la educación a través de las leyes educativas? Cesáreo se preguntaba si habría sobrevivido a la LOGSE.

La tarde de los sábados, y en general el fin de semana, comenzó a dedicarlo al club juvenil de la Parroquia de Santa Eulalia de Vilapiscina, donde duró poco tiempo, ya que su hermana Ángela conoció a un chico que era Jefe de Centuria de la O.J.E., en el Hogar Valencia, y allí se marchó.

Cierto día se incorporó a la Academia un chico que tenía un comportamiento peculiar; se llamaba Ricardo y era de la edad de sus compañeros, entre doce y trece años.

Al salir de clase, por la tarde, en alguna ocasión, entre juego y juego, llegaron a quemar banderas del Reino Unido que previamente habían sido pintadas sobre un papel por Cesáreo, en quién ya empezaban a despuntar sentimientos patrióticos.

Con Ricardo las cosas derivaron por otros derroteros. El primer día que se unió al grupo al salir de clase, cuando llegaron al lugar de juegos, Ricardo invitó a sus compañeros a un “Bisonte”. ¡Qué malos se pusieron todos!

Con el tiempo Cesáreo fue fumador, y en ocasiones, jalonadas por su definitivo abandono del tabaco que en alguna ocasión se alargó durante cuatro años, no volvió a fumar “Bisonte”, seguramente ni aunque le hubiesen pagado por ello.

Pero no fue el tabaco la peor aportación del amigo Ricardo. En cierta ocasión abordó a una niña que pasaba por allí e intentó darle un beso. Eso situó a Cesáreo en una posición difícil. Todos sus amigos reían las gracias de Ricardo. Todos eran muy buenos chicos, pero todos, salvo él, rieron la gracia con la niña. Cesáreo aguantó el tirón no sin recriminar tan deleznable hecho. No volvería a suceder. No volvería a suceder...ese
hecho, pero sí otros.

En ese mismo curso, y en fecha no muy posteriores a lo ocurrido con la niña, cierta tarde, jugando jugando, y en pandilla, se alejaron un poco de su centro de actividades, y allí Ricardo robó huevos en una tienda.

Nuevamente Cesáreo afeó la acción, y como no era atendido, optó por abandonar el grupo y marchar solo.

Las almas más cándidas del curso, Antonio, Joaquín, Santiago, Jorge... hasta ocho niños, continuaron junto a Ricardo, que tras robar los huevos robaron también hortalizas para pasar al estadio siguiente, que consistió en estampar el botín contra los comercios de su propio barrio.

Como no podía ser menos, los chicos fueron reconocidos, y como entonces no corrían estos tiempos, la protesta llegó a la Academia. D. Laureano demostró el genio que debía demostrar; no otro. Llamó uno a uno a los delincuentes, y “milagro”, Cesáreo no fue llamado.

Empezaba la buena estrella que le seguiría toda la vida. En ésta ocasión de forma justa, porque no participó en nada.

La discreción marcó el hecho. Con el tiempo, llego a descubrir que junto a la discreción navegó el bien hacer de las autoridades.

Ricardo desapareció de la Academia; nunca más se supo de él. Cesáreo suponía que posteriormente engrosaría la población penal de España, y una vez llegada la democracia, y dados sus méritos, con toda seguridad acabaría siendo delegado de educación de la Comunidad Autónoma. Pero este extremo nunca fue corroborado.

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