viernes, 20 de enero de 2017

Siguiendo con la Guerra de Sucesión (IX)

Lo que sí queda claro es que en la apertura de Cortes que se inició en 1706 tras la toma de Barcelona, se dilataron, según Narciso Felíu de la Peña “por caufa de algunas Conftituciones que pretendían los Braços, y no parecía â los Tratadores de la parte del Rey, que las concediere”  ;  el flamante Carlos “III” emitió un largo comunicado en el que detallaba el desarrollo de la actividad llevada a cabo por Inglaterra y sus aliados, señalando que “Finalmente con la ayuda de las Tropas de Inglaterra, Capitaneadas por la Militar y acertada dirección de Milord Conde de Peterborow, y de las de Olanda gobernadas por el Baron de Schrattembach , y con lo mucho que vofotros aveys contribuido, queda todo el Principado baxo mi suave y legimо (sic) Dominio.”  En estas cortes fueron admitidas las insaculaciones cuya negativa había significado el disgusto de los estados con el Duque de Anjou, y “Declarò el Rey en la Conftirucion primera deftas Cortes con vniforme aprobación, y libre, y efpontanea voluntad de los Eftados, ó Braços de la Provincia , que era Rey, y Monarca legitimo de toda la Monarquia Española.” 

En cualquier caso, señala Virginia León Sanz que “la relación del archiduque con sus instituciones no siempre fue fluida. Su carácter autoritario introdujo frecuentes tensiones en el trabajo de los ministros españoles, en particular, de la Junta de Estado y Guerra. Lo mismo que Felipe V aparece rodeado de una camarilla francesa, Carlos de Austria tuvo principalmente consejeros imperiales, como el príncipe Antonio de Liechtenstein o el duque de Moles. En 1708, con la llegada del mariscal Stahremberg, para ponerse al frente del ejército, se completó la presencia imperial en la Corte barcelonesa. Aunque el emperador representaba al archiduque en las negociaciones con los Aliados, la correspondencia del embajador español en Viena, el marqués de Pescara, muestra el escaso interés imperial por las noticias y las peticiones procedentes de España.”

Al margen de estas cuestiones, los muñidores de la tragedia estaban acordando otras que parece tenían bastante claras: Su idea era fragmentar España, en principio dejando los estados de Italia bajo la corona del Borbón, y el resto bajo la corona del archiduque.

En 1709, unos nuevos acuerdos entre Francia, Inglaterra, Holanda y el Imperio señalaban que “Felipe dejaría el trono y se retiraría a Francia. Los ingleses se quedarían con Lérida, Tortosa y Pamplona. Al de Orléans se le daría Valencia, Murcia y Cartagena, reconociéndole por rey. Probablemente, parte de Cataluña pasaría a Francia y el resto del territorio español a la casa de Austria. Cuando Felipe lo descubrió, exigió explicaciones a su abuelo, que lo sepultó todo con un político silencio.”

En este momento, parecía que el pueblo español despertaba de la siesta y comenzaba a darse cuenta del verdadero interés de los franceses, por lo que surgieron fricciones que apuntaban a un enfrentamiento militar con éstos. La primera víctima política fue Antonio de Silva, el duque de Uceda, que por sus críticas a la princesa de los Ursinos y al embajador Amelot, fue desterrado de la corte, al tiempo que eran reprendidos el conde de Frigiliana y el duque de Montalto.

La situación llegó a tal punto que el duque de Medinaceli propuso al rey “la paz con los ingleses y holandeses si convirtiese las armas contra Francia, exponiéndole que ésta lo haría para hacer la suya”.   Pero Felipe V no quería oír hablar del asunto y prefería dejarse acariciar el oído con lo que le decía su padre, el Delfín, y su abuelo el rey de Francia. Ante esta situación, la reina y la de los Ursinos comenzaron a agasajar al duque de Medinaceli, y Felipe V comentó a meditar el prescindir del embajador francés.

Muy molesto con la actuación llevada a cabo por Luis XIV, Felipe V le escribió aduciendo que “trabajando para bien de mis intereses trabajaré al mismo tiempo en obsequio de los vuestros y de los de Francia, para quien es una necesidad la conservación de la corona de España”. 

Esta situación, que creó malestar en España, significó que el embajador de Francia apartase del Consejo de Regencia a quienes, como Montellano, se hacían eco del malestar popular, en cuyo seno crecía una pujante animadversión a los franceses. A partir de este momento Felipe V constituyó un gobierno independiente, libre del control que hasta el momento había ejercido Amelot, el embajador de Francia. Desde este momento desaparece el sometimiento a la voluntad francesa; nace el distanciamiento y hasta la hostilidad, y crece la desconfianza hacia la política francesa… Aunque todo acabaría siendo un espejismo.

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