sábado, 18 de febrero de 2017

Antonio Pérez, el primero entre los traidores (VIII)

Pero las relaciones entre estos dos secretarios, que habían de ser buenas, estaban entrando en el terreno de la enemistad manifiesta. En ese año de 1577 Escobedo amenazó a Pérez y a la de Éboli con ir con el cuento de su relación a Felipe II. Y es que la relación, ya grave de por sí dada la situación política de los implicados, alcanzaba cotas de delito cuando saliendo del puro asunto sexual alcanzaba asuntos de interés nacional en el que se veían implicados Don Juan de Austria y el propio Felipe II. Con estos descubrimientos y con la amenaza de divulgarlos, firmó Escobedo su sentencia de muerte.

La lucha palaciega presumiblemente alcanzaba cotas inaceptables que fueron detectadas por Escobedo, pero la mente retorcida de Pérez supo dar la vuelta contra aquel, presentándolo como traidor. Era manifiesta, y hasta alarmante, el ansia que demostraba Don Juan de Austria por ceñirse una corona, pero esta voluntad jamás mermó un ápice la fidelidad a su hermanastro. La mente retorcida del político Antonio Pérez supo utilizar en beneficio propio esos excesos del héroe, y al verse acorralado por Escobedo, supo también utilizar ante Felipe II, con intención artera las expresiones que, con relación a algunas defensas, había propuesto el secretario de Don Juan.

En concreto había solicitado “que se fortificase a Peña de Mogro junto á Santander, y se le diese tenencia de ella. Al espresar su parecer sobre aquella cuestion, mostró Perez al monarca el atrevimiento de su desatentado rival: recordóle minuciosamente las tentativas de Escovedo para la empresa de Inglaterra: díjole que públicamente se alababa de alcanzar su fin en aquella expedición, colocando á D. Juan en el trono y reservándose el puesto mas aventajado entre los señores del pais: trájole a la memoria sus antiguas palabras antes de partir para Flandes, cuando aseguraba que siendo dueños de la Inglaterra se podrían alzar con España solo con  tener la entrada de Santander y de su castillo con un fuerte en la Peña de Mogro; alegando para esto que cuando se perdió la nación española desde las montañas se recobró. La pretensión, pues, de Juan Escovedo era un acto de sedicion manifiesta, que era necesario castigar pronta y secretamente para evitar turbulencias sucesivas en daño y perjuicio de los reinos.”  Esa fue la respuesta que recibió Escobedo a la llamada de atención que hizo a Pérez y a la de Éboli.

Antonio Pérez usó como argumentos, no sólo el asunto de la Peña de Mogro, sino los devaneos que Don Juan realizaba a espaldas de su hermano en defensa de sus intereses personales. Devaneos que si eran graves nunca representaron un peligro para la nación aunque sólo fuese por la incuestionable fidelidad y amor que se dispensaban los dos hermanastros.

“Antonio Pérez confabulo de tal manera que consiguió deteriorar aun más las relaciones, que ya entonces eran tensas entre el rey y su hermanastro, haciéndole al primero considerar subversivas las actuaciones del segundo... Antonio Pérez convenció al rey de que Escobedo debía ser asesinado y este dio su aprobación aunque las razones permanezcan oscuras. Al final, Pérez, tras intentar primeramente y sin éxito envenenarlo contrato un grupo de asesinos que acabaron con Escobedo en las calles de Madrid en marzo de 1578.”

Pero Antonio Pérez utilizaba la política apoyándose en los puntales que lo encumbraban; entre ellos, el arzobispo de Toledo, miembro de su partido, y el Nuncio del Papa.“La alusión expresa a sus buenos oficios y servicios, la confianza que en él parece depositar el Nuncio con matices de exclusividad, ponen bien en claro el influjo cada vez mayor de Pérez en la vida cortesana. No solamente aparece su firma al pie de las cartas reales, o se menciona su nombre vagamente en diversos asuntos sin mayor precisión, sino que numerosas veces se une su apellido a temas de tanta trascendencia como los de la armada contra el turco o los de la política italiana, o flamenca o inglesa. Alguna vez aparece mezclado con Escobedo en asuntos tocantes a Flandes.” 

Y es que sus relaciones en los estamentos religiosos eran de primer orden. “El Nuncio de Su Santidad consultaba frecuentemente al disoluto jóven sobre puntos canónicos y casos eclesiásticos; favorecíale con su amistad el arzobispo de Toledo y respetábanle los rectores.”







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