viernes, 10 de marzo de 2017

Anotaciones para un estudio del priscilianismo (8)

Sea anatema quien al leer grifos, águilas, asnos, elefantes, serpientes y bestias despreciables, cautivado por la vanidad de tan errónea práctica, invente en falso una especie de misterio de religión divina; las obras de aquéllos y la abominación de sus formas son naturaleza de demonios, no la verdad de la gloria divina. Éstos son, ciertamente, aquéllos cuyo dios es su vientre y cuya gloria reside en sus vergüenzas.

Confiesen en sus maldades que la Luna es dios quienes, embrollados con todo viento de doctrina, deciden observar los días, las estaciones y los años y los meses.

Sea anatema quien niega a Cristo Jesús, Dios hijo de Dios, crucificado por nosotros.

El Tratado I es de defensa, responde a las acusaciones hechas por Hidacio de Mérida y por Itacio de Ossonuba, y a la vez constituye una especie de«manifiesto general» de la posición de Prisciliano; el Tratado II es más bien ofensivo, ataca a sus enemigos y trata de desacreditarlos ante el papa Dámaso; el tercero es una argumentación razonada en pro de la lectura de los apócrifos y de la libertad del cristiano, es una réplica a la actitud de Hidacio: «Damnanda damnentur, superflua non legantur» (II: 42, 12) y «ultra nihil quaeras! sufficit te legere quod in canone scribtum est» (III: 53, 4-5). Estos tres tratados están dirigidos a «los defuera»: el primero podría considerarse como «libro de descargo», el segundo algo menos, y el tercero de ninguna forma, porque expone explícitamente la doctrina propia sobre el uso de los apócrifos y sobre la libertad
profética del cristiano sin ambages ni reticencias.

Los demás tratados (IV-XI) están dirigidos a los miembros de la comunidad: son catequesis, interpretaciones de lugares escriturísticos: son escritos que servían a «los de dentro», y que no tienen intención alguna de ocultar, sino de expresar el propio pensamiento, de enseñarlo «a los que quieren aprenderlo» {Tract. I: 7, 15). Son homilías que los seguidores de Prisciliano guardaban como un tesoro, «era la doctrina del
maestro». Que estén escritas en un lenguaje oscuro y difícil, no quiere decir que sean exotéricas o equívocas.

Mas entre éstas, Itacio, formulando en nuestra presencia un nuevo precepto, un sacrilegio horroroso, no diré condenable ya por el hecho, sino incluso por su declaración, y no proclamado hasta ahora bajo la autoridad de ningún hereje, ha incitado a la conveniencia de que se purifique o se consagre, mediante mágicos ensalmos, la degustación de las primicias de los frutos, y a la obligación de consagrar un ungüento contra la maldición al Sol y a la Luna, con quienes perecerá. Quien recitó, proclamó, creyó, practicó, sostuvo e inoculó semejante cosa, no sólo sea anatema maranata, sino que incluso debe ser perseguido con la espada, pues está escrito: no dejaréis vivir a los hechiceros.

Para nosotros, en cambio, Dios es Cristo Jesús.

Pues bien, que para ellos Dios sea considerado machohembra, como dicen los impíos; para nosotros, en cambio, el espíritu de Dios se encuentra tanto en los machos como en las hembras, según está escrito: creó Dios al hombre a su imagen y semejanza, macho y hembra; los creó y los bendijo.

Nosotros, empero, tras haber ingresado a través del símbolo en el cuerpo de la venerable iglesia de Dios, hemos conocido, en la ordenación de cuatro evangelios, la fe indisoluble, empapada por una sola fuente de tres caños: creemos que no existe ningún otro dios que no sea Cristo Dios, hijo de Dios, quien, crucificado por nosotros, mostró el bautismo de remisión en su nombre.

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