lunes, 6 de marzo de 2017

Idilia, una historia del futuro (8)

Capítulo Octavo


Tuvo suerte Andrés.

En ese momento apareció Antonio y lo bajó de las nubes.

-    Vamos, que Helena estará esperando.



Hacía seis meses que conocía a Helena y no sabía nada de ella. Aparecía en unos momentos, que ahora interpretaba como deliciosos, y luego desaparecía. Nunca se había preguntado de dónde salía ni dónde iba, ni dónde vivía, ni donde estudiaba… Cada día descubría nuevas cosas que hasta entonces estaban ocultas inexorablemente. Así, que de camino al habitáculo de Antonio, le preguntó:

-    ¿Dónde vive Helena?
-     Hace un montón de tiempo que la conoces y nunca has preguntado. ¿Por qué preguntas eso ahora?
-    Porque antes no lo había pensado.
-    Pues ahora debes dejar de pensarlo. Helena no existe; nuestras reuniones no existen. Nos reunimos tú y yo, y nadie más… Y nos reunimos para ver la tele y para lo que el sistema quiera suponer que nos reunimos.
-    Mira, yo soy uno de los vuestros. Yo quiero hacer algo, y me parece que no hacemos nada…
-    Hacemos mucho –le cortó Antonio -. Te estamos formando a ti.
-    ¿Y cuando terminaré de formarme? Hasta en Idilia la gente deja de formarse en algún momento.
-    Tú no terminarás de formarte nunca. Esa es otra de las diferencias que nos separan de Idilia. El día que te mueras dejarás de formarte.
-    ¿Y hasta ese día no podré hacer nada?
-    Te digo que ya estás haciendo, pero para no caer en un círculo vicioso, en un diálogo de besugos, te digo que ahora te faltan otros conocimientos. Has avanzado grandemente en la formación; ahora conoces aspectos que casi nadie de Idilia conoce; esos conocimientos te encienden la sangre con un sistema inicuo, pero todavía no estás preparado para luchar… Como por desgracia no lo estoy yo. ¿Acaso crees que si ahora sales por ahí diciendo lo que eres y lo que piensas vas a durar dos minutos vivo? Sé prudente. La lucha empezará; podrás demostrar tus habilidades, pero ¿qué garantía tienes de sobrevivir? Te lo repito, si te precipitas darás un bocado exquisito al enemigo. Porque es el enemigo, ¿o es que todavía no te has dado cuenta?

Andrés quedó mudo ante los argumentos de su amigo, que antes de llegar al habitáculo lo llevó a dar un paseo por el campus.

Cuando ya estaban más calmados los ánimos dirigieron los pasos al habitáculo, donde Helena les esperaba.

El rostro de Andrés se iluminó. Con la presencia de la muchacha se avivó en su alma el sentimiento que le había brotado con la lectura de Don Quijote. Sí, indudablemente se trataba de su Dulcinea particular, y olvidando la conversación que momentos antes había tenido con su amigo, le espetó:

-    ¿Dónde vives?

La muchacha quedó sorprendida por la pregunta, y le respondió que no estaban allí para averiguar dónde vivía ella, pero Andrés insistió.

-    ¿Soy de los vuestros? Si no lo soy no hace falta que me lo digas, pero si lo soy, necesito saberlo.

La situación era crítica; la voluntad de Andrés, firme, y en sus palabras se dejaba entrever una velada amenaza de dejarlo todo.

Sabían los tres que la situación no podía seguir manteniéndose con secretos, y optaron por descubrir la realidad, ya convencidos de la sinceridad y del ardor de Andrés.

Así, Helena le dijo que ella no vivía en Idilia, sino en Humania; que en Humania habían desarrollado pocos aspectos de la ciencia, pero sí uno en particular: la traslación de la materia. Que no estaba totalmente desarrollada, pero que se estaban efectuando pruebas, y que ella era una voluntaria en las mismas.

Le dijo que en algún lugar de Idilia, cuya ubicación no podía desvelar ni tan siquiera a él, se había construido una cámara para la recepción y emisión de la materia, cuyo destino y origen era Humania.

De momento tan sólo estaban trasladando octavillas como la que había visto hacía meses, que pasaban de mano en mano, subrepticiamente, entre la gente adepta, que no era mucha, pero que existía.

-    Ni tan siquiera podemos hacer un envío masivo de correos electrónicos, bueno, ni masivo ni individualizado, porque Idilia nos descubriría de inmediato, y lo que es peor, suponemos las peores consecuencias para sus receptores. Tan sólo podemos repartir escritos entre aquellas personas que sabemos preocupadas por la Libertad. A nadie más, pues el hacerlo sería fatal. Nuestra labor, hoy por hoy, es el boca a oreja, y el panfleto distribuido en mano y a escondidas. Si quieres bregarte, creo que ya puedes empezar con la labor.
-    Lo siento –respondió Andrés -, yo no repartiré panfletos. Todo lo más, si quieres, inundaré las calles y los comercios de Idilia con ellos, pero a escondidas y uno a uno, me niego.

En vano intentaron convencerle. Andrés estaba determinado a iniciar la lucha. No sabía cómo, pero estaba convencido que debía iniciarla.

No tenían ejército, mientras que Idilia sí lo poseía, con unos avances aplicados a los misiles, que les permitían colocar su carga letal en lugares predeterminados y con un mínimo margen de error; poseían un ejército equipado con mira nocturna y con armas letales, ligeras y pesadas, que hasta entonces siempre se había preguntado para qué las querrían, si no tenían enemigos, si Idilia era el lugar perfecto; tenían una policía que actuaba fulminantemente en cualquier situación, dando la sensación de que la tranquilidad reinaba en Idilia y que su función era meramente decorativa. La perfección represiva en Idilia hacía decir a sus habitantes que no sólo no había represión, sino que se encontraban en el más libre de los mundos posibles.

-    ¡Pero nosotros tenemos un transbordador de materia!. Con él, y aún con una insignificante capacidad militar, podemos dar importantes golpes de mano en Idilia.
-    ¿Y qué hacemos? –espetó Antonio- ¿Acaso pretendes realizar actos de terrorismo?

Andrés quedó petrificado. ¿Hasta dónde era posible llevar la lucha sin caer en el terrorismo?, ¿hasta donde, sin caer en la criminalidad que caracterizaba a Idilia?

Evidentemente, pensaba, y siguiendo a San Agustín, la rebelión contra el tirano es justa. La rebelión contra el tirano es necesaria. No se podía aguantar más la implantación de unos principios inhumanos como meta y señera de la libertad. El sabotaje se hacía necesario, sobre todo en las fábricas y en las clínicas abortistas, pero también se precisaba el ataque personal y físico contra los miembros del gobierno y de la oposición, auténticos responsables de tanto asesinato.

Y pensó en San Agustín, y pensó en las aclaraciones de la Iglesia sobre la Guerra Justa, y pensó en Don Quijote de la Mancha. ¿Qué hace Don Quijote en una situación como ésta?

Lo que acabó quedándole evidente era que no podían empezar una cadena de atentados, porque ello iba contra todos los principios morales que había aprendido, y sólo beneficiaría, a la postre, al sistema establecido, que aplicaría mayor rigor en la represión intelectual sobre sus habitantes. Cierto que poco más podría hacer dado que la opresión era total, pero podría acarrear una serie de males añadidos sobre la población, que redundarían en un empeoramiento de su propia esclavitud. Y lo que era peor, a ellos les quitaría argumentos, y quedarían ideológicamente desnudos.

Pero, entonces, ¿Qué hacer?

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