domingo, 5 de marzo de 2017

La rebelión de Paulo (VIII)

La campaña, hasta llegar a Narbona, había sido un paseo.

Cuando Wamba se aproximaba a Narbona recibió una misiva de Paulo: "Si habéis atravesado ya las afiladas e inhabitables peñas de estas montañas; si habéis derribado con vuestro pecho, como el león, los densos matorrales del bosque; si habéis conseguido dominar los senderos de cabras, los saltos de los ciervos, los lugares donde hay jabalíes salvajes y osos...., enviad entonces un armiger –término que significa escudero–, mi señor, amigo de bosques y peñascos....., descended a las Clausuras; pues en ellas encontraréis un Oppopumbeum grandem –se desconoce el significado exacto del término, pero por el contexto se puede colegir que se refiere al propio Paulus, que se califica a sí mismo con un nombre grandilocuente y el adjetivo “grandem”–, con quien podréis legítimamente negociar".

Pero la triste realidad se impuso a Paulo: “mientras el ejército real permanecía expectante a la espera de la orden de asalto, los partidarios de Paulus se enzarzaron en una matanza entre ellos, mientras Paulus contemplaba horrorizado el final de su reinado: delante de él son ajusticiados por los francos y por los galorromanos varios familiares y personas de su séquito, sin que él pueda oponerse. Al tercer día del asedio del anfiteatro, y mientras los suyos se seguían matando entre ellos, el general rebelde comprendió que su causa estaba irremediablemente perdida, y envió al obispo de Narbona, Argebad, a pedir clemencia al rey. Wamba recibió al obispo, aceptando la rendición de los rebeldes y el cese de hostilidades, perdonándoles la vida ante un eventual saqueo, pero en modo alguno acepta conceder clemencia: los rebeldes serían juzgados y recibirían su castigo.”.

Una vez capturado no demostró tanta arrogancia, llegando a declarar ante Wamba: “Protesto ante Dios, que lejos de hacerme daño alguno, me habéis colmado de bienes y mercedes deque yo era indigno; y confieso que en cuanto he tenido la temeridad de emprender contra vos, he obrado por sola instigación del espíritu maléfico.” 

Pero Wamba, siempre magnánimo, no solo no condenó a muerte a Paulo; ni tan siquiera le sacó los ojos, como era costumbre al mostrar misericordia y no aplicar la pena capital.

“Fueron juzgados 53 jefes, de los cuales 28 se entregaron en Nimes y el resto fue
capturado. El juicio fue una asamblea judicial dirigida por Wamba, en el que además participaron el ejército y la nobleza no militar. En el juicio fue acusado de:
Haber violado el juramento de fidelidad hacia Wamba.
Haber incitado al pueblo visigodo a la rebelión.
Reconocida la culpabilidad de Paulo y los otros, la pena se estipuló en función al canon nº 75 del IV Concilio y a dos leyes de Chindasvinto, en las que se culpaba a los que ponían la vida del rey en peligro. Todos los acusados fueron excomulgados en función a las leyes eclesiástica. Además fueron condenados a muerte por las leyes laicas, pero Wamba respetó la vida de Paulo y los rebeldes como había prometido. Se devuelven todos los bienes requisados por los rebeldes y se renueva una serie de cargos en la administración de la zona. También se expulsa a los judíos de esa zona, ya que habían participado en la rebelión. A los seis meses Wamba vuelve a Toledo con los rebeldes rapados y con una espina de pescado en la cabeza.”

“Wamba aseguró Septimania colocando tropas en las principales ciudades, en previsión de un nuevo rebrote rebelde y para asegurar la frontera frente a cualquier intentona intervencionista de los francos. También expulsó a la comunidad judía de Narbona –de ahí mayor fundamento que los judíos habían apoyado a Paulus en su aventura–. Pacificada la provincia, licenció al grueso de su ejército en Canaba, al sur de Narbona.”

Julián de Toledo, hijo de dos judíos conversos, en su “historia Wambae regis” señala la importancia de la participación gala en el conflicto del duque Pablo


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