sábado, 18 de marzo de 2017

La revuelta comunera (9)

Mientras tanto, todavía quedaban a los advenedizos desafueros por realizar. Así, “fue la trata de esclavos, llevada a cabo por Laurent de Gorrevod, asociado circunstancialmente a los comerciantes castellanos y genoveses la que pareció tener mayores consecuencias. El 18 de agosto de 1518, el rey autorizó al flamenco a introducir en las Indias 4.000 esclavos negros, licencia que éste revendió por 25.000 ducados a Alonso Gutiérrez de Madrid y a los genoveses.”  Mal empezaba, ninguneando el decreto por el que su abuela, Isabel I de Castilla abolía la esclavitud. Pero como demostraría con el tiempo, no fue iniciativa suya, sino de Chevres y los demás trepas flamencos.

Para rematarlo todo, la propia figura del rey era motivo de escándalo. “Ni atractivo ni imponente en su aspecto, pálido, rubio, más bien pequeño de estatura, su acentuado prognatismo, que le obligaba a mantener la boca abierta durante mucho tiempo, provocaba burlas fáciles e irrespetuosas, que dicen bien a las claras hasta dónde llegaba la estima hacia su persona. Dado que no hablaba español, parecía frío y taciturno a los pocos castellanos que habían conseguido aproximarse a él, que además le consideraban poco inteligente. Un necio, incapaz de tomar ninguna decisión, tal era la impresión que tenían sus súbditos en 1517-1518.”  No tardaría mucho en conseguir que el pueblo cambiase su concepción del monarca.

En medio de esa extraña situación, estaba recorriendo los reinos hispánicos para ser reconocido como rey. En Aragón no iba a ser mejor que en Castilla. Su aparición con un séquito de flamencos no fue bien aceptada, pero acabaron cediendo. Más le costó ser jurado en Barcelona, donde se negaban a reconocer a nadie fuera de doña Juana. Finalmente, mediante soborno, también transigieron.

También en Aragón recaudó dinero tras jurar los fueros. Doscientos mil ducados; la décima parte que en Castilla; imposición equivalente a tenor de la población y de las rentas del reino, cuyas finanzas estaban reforzadas por las políticas reales llevadas a cabo desde los Reyes Católicos, tendentes a fomentar la actividad económica en una zona especialmente deprimida como era el reino de Aragón, y en concreto el Condado de Barcelona, donde la trayectoria de bandolerismo llegaría a tener a finales del siglo XVI un nombre que se haría eterno con Don Quijote de la Mancha: Roque Guinart.

Cuando se encontraba en Barcelona, el 12 de enero de 1519 falleció el emperador Maximiliano, y Carlos pasó a ser titular de los dominios de aquel, aunque para eso precisaba ser elegido emperador, lo que sucedía el 28 de junio tras haber dimitido el primer elegido, Federico de Sajonia, que renunció ante el temor cierto de la amenaza turca. Carlos aceptó sin consultar a las cortes españolas y antepuso el título de rey de romanos al de rey de España . Además, la coronación ocasionó grandes dispendios que debieron ser atendidos por Castilla, único reino con medios económicos. De hecho se había endeudado con el banquero alemán Jacobo Fugger, que le facilitó los fondos necesarios para los sobornos previos a la elección; préstamo que había que devolver. Para ello convocó Cortes en Santiago de Compostela para el mes de Marzo de 1520. Necesitaba recaudar con urgencia ingentes cantidades de dinero, ya que los banqueros alemanes le estaban reclamando la devolución del préstamo que le habían concedido para llevar a cabo los sobornos que propiciaron su coronación como emperador.

A quienes sus filias y sus fobias les vienen exclusivamente de sus vísceras es difícil hacerles comprender que “al rey no se puede culpar en este tiempo, porque siendo de tan poca edad, por fuerza se había de guiar por aquéllos con quien se había criado, y que él estuviese sin culpa, mostrólo el tiempo cuando llegó a edad madura. Bien claro vieron los españoles lo que los amó y estimó, anteponiéndolos a todas las otras naciones y dándoles oficios más honrados y de mayor confianza, no sólo en España, mas en Italia, Flandes y Alemaña.”  Pero eso, como la Gloria de Cristo, no sería sin haber pasado antes por el Calvario.

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