domingo, 16 de abril de 2017

Los intereses europeos en la destrucción de España (6)

Esa actuación tenía otro sustrato: “A principios de agosto se descubrió en Chile un complot organizado por José Miguel Carrera y sus hermanos para derrocar a O’Higgins y San Martín. Uno de los complotados confesó que el plan de Carrera, que había escapado a Montevideo, era entregar el mando supremo del ejército a Brayer, dejar a su hermano Luis como presidente interino de Chile y volver a los Estados Unidos para organizar una expedición naval para atacar a Perú junto con el mariscal Grouchy y otros oficiales bonapartistas cuyos gastos en Sudamérica serían pagados por el propio José Bonaparte.”

A pesar de estas discrepancias entre los invasores, todo estaba funcionando de acuerdo con el programa establecido; eso se deduce de lo expresado el 19 de junio de 1815 por Simón Bolívar: “Yo deseo continuar sirviendo a mi patria, para el bien general de la humanidad y el aumento del comercio británico”, y manifestaba más: “Estoy convencido de que únicamente Inglaterra es capaz de proteger los preciados derechos del mundo, ya que es grande, gloriosa y sabia.”

Por su parte, la actuación de Gran Bretaña variaba conforme a sus conveniencias, algunas de las cuales son de difícil comprensión; como ejemplo, el sucedido en 1825 cuando tras haber reconocido en 1820 a la Gran Colombia y “a pesar de que el Foreign Office se había entusiasmado ante la que aparentemente parecía destinada a ser la primera nación de América Latina, al cabo de cinco años contemplaba sin inmutarse su descomposición. La Royal Navy incluso participó un poco en ella.”  Quizá, sólo quizá, la razón sería la actuación que tenía previsto realizar en la Guayana, y que culminó en 1831, cuando la consolidó como colonia.

El río revuelto no cejó en el suministro de piezas para los codiciosos pescadores; así, Leslie Bethel señala que “con la independencia, el Perú abrió sus puertos a todas las potencias del mundo y en especial a Gran Bretaña. Si bien las relaciones comerciales entre Europa y el Perú se habían emprendido en los últimos treinta años del siglo XVIII a través del puerto de Buenos Aires, ahora la introducción de las mercancías británicas en el Perú seguía fundamentalmente la ruta del estrecho de Magallanes, en el extremo sur del continente, lo que convirtió al puerto chileno de Valparaíso en el nexo estratégico de este comercio…/… En la primera mitad del siglo XIX los tres países con los que el Perú mantuvo un mayor intercambio comercial fueron, en orden de importancia, Gran Bretaña, Estados Unidos y Francia, pero el comercio con el primero era, de lejos, el más significativo.”

“En lo concerniente a la política aduanera, los gobiernos peruanos tuvieron que conciliar múltiples intereses. En primer lugar, existía la presión de los intereses británicos para establecer el libre comercio.”

Colateralmente había otro territorio hispánico, en este caso parte de la corona de Portugal; se trata de Brasil, que el 7 de Septiembre de 1822, declaraba su independencia. Tal vez, pensaremos, las circunstancias en ente caso sean otras… Pero nuevamente Tulio Halperin Donghi viene a darnos un poco de luz cuando señala que “el reconocimiento de este cambio no fue demasiado dificultoso; en 1825, un mediador británico lo obtenía -no sin ejercer alguna presión- de la corte de Lisboa.”  Pocas dificultades hubo; no en vano Portugal hacía ya mucho tiempo que estaba bajo la órbita de Gran Bretaña.

Por otra parte, y conforme a lo señalado por Francisco Javier de la Cruz Macho, “la independencia de Brasil arranca de la invasión de Portugal realizada por los ejércitos franceses. El rey Don Juan VI huye con su esposa Joaquina y el resto de la familia real a Brasil, con la ayuda de la armada inglesa…/… Tras el fin de la ocupación francesa en Portugal se estableció una regencia que se hizo muy impopular, provocando una revuelta liberal que reclamó el regreso del monarca. Juan VI regresa dejando a su hijo Pedro como regente en Brasil. Pero el regreso del monarca a  Portugal supuso un retroceso en el estatus de Brasil que volvía a ser considerada colonia. Este descontento se encauzó en una demanda independentista que tuvo su punto de partida en el grito de Ipiranga (7-9-1822), que declaraba la independencia de Brasil y nombraba emperador al príncipe Pedro.

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