miércoles, 10 de mayo de 2017

Anotaciones para un estudio del priscilianismo (9)

El último párrafo del “liber apologeticus”: Y por ello, bienaventurados sacerdotes, si pensáis que, una vez condenadas las herejías y sus enseñanzas y expuesta la afirmación de la fe, hemos dado satisfacción tanto a Dios como a vosotros, liberadnos a nosotros, que damos testimonio de la verdad, de la malquerencia de una maliciosa murmuración, e informando a vuestros hermanos, reparad los daños provocados por las palabras de los calumniadores, pues el fruto de la vida consiste en ser aprobado por aquellos que andan en pos de la fe de la verdad, no por aquellos que, bajo el título de piadosos, persiguen domésticas enemistades.

No cabe duda de que el contexto en que se produce el liber apologeticus es el de un tribunal ante el que el autor debe rendir cuentas de su fe. Estamos, por tanto, ante un escrito de defensa o de descargo.

Contra lo defendido por Prisciliano en Burdeos, el Primer Concilio de Braga del siglo VI señala los principales aspectos que promulgaba Prisciliano:
«Si algunos creen que el Diablo no fue primero un ángel bueno creado por Dios y que su naturaleza no fue obra de Dios, sino que dice que ha salido de las tinieblas y que nadie ha sido su creador, sino que es el principio mismo y la substancia del mal, como Manes y Prisciliano, sea anatema».

«Si alguno cree que el Diablo formó parte de las criaturas que hay en el mundo, y que el Diablo mismo con su poder produzca los truenos, los relámpagos, las tempestades y las sequías, como dijo Prisciliano, sea anatema».

«Si alguno cree que las almas humanas están sujetas al Signo de la Fatalidad (a las estrellas fatales), como los paganos y Prisciliano dijeron, s. a.».
«Si alguno cree que los doce signos (del Zodíaco) o los astros, que los astrólogos suelen observar, están distribuidos por los diversos miembros del alma o del cuerpo, y dicen que están adscritos a los nombres de los Patriarcas, como dijo Prisciliano, s. a.»".

Los apologistas de hoy dicen que la «magia» de Prisciliano consistía en sustituir el contenido de los gestos, de las «formas idólicas» de la religión o tradición paterna con otro contenido, pasando de una religión del «temor y terror» a una religión de la libertad.

Los idólatras ibéricos cantaban y danzaban a la luna y al sol'" teniéndolos por dioses o fuerzas superiores peligrosas para el hombre: Prisciliano continúa cantando al sol y la luna, a los montes, ríos, bosques y árboles, porque gracias a la liberación que Cristo ha realizado en la naturaleza, los siente amigos y expresión de la «voluntad amorosa de ese Dios que quiso hacerse naturaleza de las cosas visibles» (Tract. XI: 104, 26)

El priscilianismo negaba la «principiabilidad» o «nascibilidad» del Hijo y del Espíritu Santo, y la afirmación de la concentración de la Trinidad entera en la persona de Cristo, único Dios, y de su Espíritu Santo.

El estudio de las Escrituras fue verdaderamente prolifico entre los priscilianistas: copiar manuscritos, impulsar la lectura, traducciones de obras antiguas, introducciones a los Evangelios, dividir en capítulos las epístolas de S. Pablo para poderlos citar fácilmente, síntesis de la doctrina paulina en los llamados Cánones, muchos de los Tratados son interpretaciones del Génesis, Éxodo, Psalmos. Consumían nuevos cantos e himnos.
Algunos de los cuales han pasado a la liturgia mozárabe.

El autor concibe una comunidad cristiana «entre iguales»: donde aparecen superadas las diferencias que ha establecido la «conversatio mundi». La unidad e igualdad está basada en la posesión de todos los miembros del «mismo espíritu», el de Cristo, «el espíritu profético»"'. Este espíritu, que ha venido a habitar en todo bautizado, introduce una igualdad fundamental en el seno de la comunidad: no hay diferencia entre hombre y
mujer la profecía de Joel, 2, 28-32 (cfr. Act. 2, 17-21) se ha realizado gracias a Cristo.

Todos los miembros tienen este espíritu y a todos les ha sido donado el «sensus scribturae», la inteligencia de las escrituras. No se trata, por lo tanto, de un «sentido» exclusivo de los obispos; el carisma de profecía y su llamada al servicio de la comunidad está basado en la «libertas» Todo el Tratado III está presuponiendo esta visión de la comunidad cristiana: todos los cristianos pueden leer la Escritura y es su (comentario de MARA, M. G. sobre la actitud de los cristianos ante las riquezas, con todos los testimonios del primitivo cristianismo sobre el tema de la presencia de los ricos en la comunidad cristiana). El criterio que Prisciliano da a sus comunidades sobre los ricos no responde precisamente a un «movimiento social», sino más bien a un «movimiento ascético de escogidos y reformadores de la Iglesia».

El autor niega que en el seno de la comunidad algunos se puedan arrogar la autoridad para decir: «Lee hasta aquí, de aquí no pases» La libertad de búsqueda y análisis es inseparable del espíritu cristiano.

El Espíritu es único, es el de Cristo; no hay diversidad de Espíritus ni tampoco subordinación: no se da el Espíritu del Padre como superior al de Hijo (y por esto propio de la Jerarquía episcopal), que a su vez sería superior al Espíritu Santo y al de Profecía (propio de los hombres espirituales, proféticos), sino un solo y único Espíritu, el de Cristo, que es igual para todos, que hace a todos santos y sacerdotes, y que se manifiesta en su integridad en el espíritu profético y carismàtico.

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