sábado, 27 de mayo de 2017

EL EJÉRCITO EN LAS ANTILLAS Y FILIPINAS DURANTE EL SIGLO XIX (I)


Desde la Guerra Franco Británica para la dominación de España (vulgo Guerra de la Independencia), y durante todo el siglo XIX, las clases del ejército se vieron nutridas por importante número de personas que, unas por méritos de guerra y otras por méritos políticos, ostentaban rangos militares de mucha relevancia, para los que, a pesar de las grandes dimensiones del ejército, no existía puesto en el que pudiesen desempeñar su función de mando, por lo que en no pocas ocasiones unidades normalmente comandadas por un capitán llevaban al frente un mando de mayor rango.



Pero si la estructura de mando estaba abigarrada de estrellas, la contrapartida se encontraba en la formación, o mejor, en la falta de formación. Así, por ejemplo, en las academias militares españolas, y a pesar de la importancia militar que tenían las Antillas, no se enseñaba la técnica de lucha de la manigua, a pesar que desde la Capitanía general de Cuba se insistía en la necesidad de atenderla.

Esa falta de formación no era exclusiva de los mandos, quienes, no estando preparados, mal podían preparar a la tropa, que acudía a los llamamientos a filas, mayoritariamente procedentes del campo, y sin solución de continuidad abandonaban el arado para tomar el fusil sin haber adquirido por lo general una mayor preparación al efecto.

Tan es así que, iniciada ya la tercera guerra en Cuba, llegaron a darse casos como el señalado por un capitán de infantería encargado de la recluta.

En Diciembre del 96, dice, se organizó en Zaragoza el batallón de Cazadores, núm. 14, expedicionario para Filipinas.» «En el Castillo de Aljafería, añade, se reunieron contingentes de muchos Cuerpos, y oficiales que los esperaban y oficiales que los conducían.» «Me nombraron, prosigue, para formar la séptima compañía, y al ponerme al frente del grupo, mandé ¡firmes!, y sólo las clases me obedecieron, pues los que yo creía soldados me miraron con extrañeza; y como pidiese explicación del caso al oficial conductor, éste me dijo que aquella gente había sido recogida por los pueblos en pocos días y sólo había estado en el cuartel veinticuatro horas. (Isern 1899: 259)

Penosa muestra de un ejército que no era ni sombra del que había sembrado la paz en la Europa de los siglos XVI y XVII. Muestra de la realidad de una España que, si con el advenimiento de la dinastía borbónica había comenzado a dejar de ser independiente, con su desarrollo durante dos siglos había alcanzado importantes cotas en la pérdida de sus principios; con el advenimiento de la Ilustración se había sumido en la incultura, y con el triunfo de Inglaterra en la guerra franco británica para la dominación de España había perdido su potencial creador, su potencial económico, y sobre todo había perdido su dignidad.

Esas pérdidas se expresaban en la inexistente política internacional, pero sobre todo se expresaban en la inexistente política nacional. En toda la política nacional, y en concreto en la conformación del ejército, que a finales del siglo XIX adolecía de todas las deficiencias imaginables.

Las principales deficiencias que se advertían en el ejército antes de la guerra internacional se reducían a dos: el interés, mejor dicho, el egoísmo individual sobreponiéndose al interés de la patria y a las disposiciones de una acción ordenada, y la insuficiencia de los elementos directores, incapaces de organizar y de emplear adecuadamente la fuerza armada que tenían a sus órdenes. (Isern 1899: 262)

Inexistente política nacional, o mejor dicho, inexistente política de interés nacional, que en diciembre de 1853 posibilitó el nombramiento del marqués de la Pezuela como capitán general de Cuba; personaje cuya única virtud era ser contrario al esclavismo, lo que concitó el odio de los esclavistas, partidarios de la anexión de la isla a los EE.UU.

Inexistente política nacional que era evidente a lo largo de todo el periodo de dominación británica, cuyos hitos, además del lacerante capítulo del submarino, al que dedicamos atención en el presente trabajo, tiene otros aspectos que por lo llamativo, no por lo exclusivo (pensemos por ejemplo en las desamotizaciones), podemos concretar en el lastimoso hecho de Santo Domingo, muestra inequívoca de la dependencia británica de la que adolecía (y adolece) la clase política y la realeza españolas.

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