miércoles, 3 de mayo de 2017

La rebelión de Paulo (IX)

Tras la campaña de sometimiento de Septimania, “se celebra el juicio contra el dux Paulo y cincuenta y tres jefes locales  que habían secundado el movimiento secesionista. Corría el año 673.

La grandeza espiritual de Wamba, que había dado una lección de entereza militar, patriótica y humana, sufriría una merma a la hora de dictar la sentencia contra los culpables, al no haber conseguido que la misma fuese entendida como generosa, sino como forzada por las circunstancias.

Es el caso que las penas no sólo no fueron muy duras sino que se pueden calificar de injustas por la levedad de las mismas.

También procedió a dictar una ley de asistencia militar que le permitiese maniobrar en defensa de la Nación en caso de amenaza por parte de los enemigos, cuestión que había ido decayendo a la par que avanzaba la feudalización, siendo que los señores locales acaparaban un  poder que sólo cuando les convenía era puesto al servicio de la monarquía. De hecho, en la sublevación de Paulo se detectaron actuaciones que rozaban la traición.

Debemos considerar que el gravísimo problema se seguridad y de integridad nacionales planteado por Paulo no era sino una expresión del nacimiento del feudalismo.
El ejército no dependía de la corona, sino de los señores.

“La nobleza visigoda se había convertido en una nobleza terrateniente. Los visigodos pobres (el “estamento llano” visigodo, podríamos decir) se ocupaban de la agricultura y no del servicio de armas. El pueblo visigodo ya no era un pueblo de guerreros. Por otro lado, los nobles tenían su comitiva de fieles militares, que eran realmente la fuerza militar que podía defender al reino, pero al estar pagados por los nobles y no por el rey, ya no obedecían al rey visigodo en tanto que líder del pueblo visigodo, sino a sus propios patrones, que a fin de cuentas eran los que les pagaban las soldadas. Si a estos dos factores añadimos los males del sistema monárquico electivo, con sus trapicheos, sus componendas y sus puñaladas traperas, es fácil imaginarse en qué empleaban los nobles godos sus fuerzas militares mejor que en la defensa del reino.”

Este desorden creciente es el que Wamba se planteó cortar de raíz. Primeramente, y a pesar de las cortapisas planteadas por los emergentes señores feudales, supo cortar con talento y rapidez la sublevación de los vascones y la más peligrosa sublevación de Paulo. A partir de aquí, eludió la necesaria ejecución de los traidores, y depositó toda su fe en la creación de leyes que fortaleciesen el estado, pero esa era cuestión que, dada la posición de los afectados, nobleza civil y nobleza religiosa, acabaría costándole el reino.

 “La nación goda, naturalmente ruda y belicosa en los primeros tiempos de su dominación en España, confiaba una parte del gobierno á su aristocrácia militar, y otra parte la retenía el pueblo. Pacífica poseedora del territorio conquistado, la nobleza cambió de asiento, reemplazando al grado en la milicia el principio de la propiedad. Entonces pasaron las instituciones nobiliarias á ser permanentes como la tierra misma en que se fundaban, miéntras que el pueblo ocupado en la labranza se
acomodaba á la nueva gerarquía territorial, se sometía al órden civil sustituido á la disciplina de la hueste, y prestaba obediencia, no al caudillo sino al magistrado.”

En el mismo sentido, el clero se encontraba al margen de las obligaciones de defensa nacional, por lo que “La ley militar que promulgó Wamba tras la revuelta de Paulus obligaba a los eclesiásticos a sumarse al ejército en defensa del reino, so pena de destierro y confiscación de bienes. Además, Wamba creó nuevos obispados, tal y como aparece en la Hitación  de Wamba, documento promulgado en el año 676, sobre la delimitación territorial de las diócesis obispales, en los que puso al frente a miembros afines, cosa que originó más tensiones con la poderosa jerarquía eclesiástica.

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