lunes, 1 de mayo de 2017

Los Cátaros (9)

Los seguidores del catarismo se distinguían en puros o perfectos y en creyentes. Los puros o perfectos vivían en absoluta separación de los bienes de la tierra, en rigurosa ascesis, y evitaban todo contacto carnal ("el matrimonio es un lupanar" y dar hijos al mundo significa procrear diablos: "Rogad a Dios que os libre del demonio que lleváis en vuestro seno", decía un puritano de la secta a una mujer encinta); los puros llegaban a este estado con una especie de imposición de las manos y del libro de los Evangelios.

Un ritual cátaro de Lyon nos ha conservado las particularidades de este rito de los puros; la ceremonia se iniciaba con el servitium, o sea, con la confesión general hecha por todos los presentes; después, el candidato se ponía ante una mesa en la que estaba apoyado el Evangelio, y respondía a las preguntas que le hacía el decano de los perfectos o puros; después se pasaba al melioramentum, que consistía en la confesión
del candidato, tras lo cual el decano le signaba con el Evangelio. Decano y candidato recitaban una estrofa del Pater noster. Después llegaba ya el consolamentum, que era una especie de promesa por parte del candidato de renunciar a los alimentos carnales, a la mentira, al juramento y a la lujuria. Al principio se les imponía el vestido negro de la secta, que podía ser sustituido por un cordón negro en tiempo de persecuciones.

Los creyentes, por su parte, debían venerar y respetar a los elegidos y alimentarlos; no estaban obligados a las abstinencias carnales; en lugar del matrimonio se les aconsejaba el concubinato, pues no teniendo éste como finalidad la procreación de los hijos, no prolongaba la obra de Satanás; sólo en el lecho de muerte podían los creyentes recibir el consolamentum, que era su regeneración.

Los miembros de la secta se dividían en dos clases: Los “perfectos”(perfecti) y los meros “creyentes” (credentes). Los “perfectos” eran los que se habían sometido al rito de iniciación (consolamentum). Eran pocos en número y eran los únicos obligados a la observancia de la rígida ley moral arriba descrita. Mientras que los miembros femeninos de esta clase no viajaban, los hombres iban, por parejas, de sitio en sitio, realizando la ceremonia de iniciación. El único lazo que ligaba a los “creyentes” al albigenismo era la promesa de recibir el consolamentum antes de la muerte.

Eran muy numerosos, podían casarse, hacer la guerra, etc., y generalmente cumplían los diez mandamientos. Muchos seguían siendo “creyentes” durante años y sólo se iniciaban en su lecho de muerte.

La imposición de manos (consolament) era a su vez bautismo, penitencia, ordenación y extremaunción. Para la ordenación tenía que ser en principio administrado por un obispo, pero para los enfermo y para el perdón de los pecados lo podían ejercer incluso las Buenas Mujeres.

Para muchos Creyentes llegar al estado de Perfecto no era tarea fácil, ya que se seguían sintiendo atraídos por el mundo material, aunque sólo fuera por los afectos a su familia. En estos casos, se pactaba recibir el Consolamentum a la hora de la muerte (convenentia convenensa). Esta costumbre dio lugar más tarde al suicidio pasivo, que practicaron los enfermos graves para poder llegar más rápidamente a su unión con el
Espíritu.

Cada comunidad territorial tenía sus diáconos y su obispo, pero las iglesias eran autónomas entre sí y mantenían vínculos de hermandad al estilo de las primeras comunidades cristianas. En este sentido, por ejemplo, es interesante saber que, en la época de su máxima expansión (entre 1167 y 1209), llegó a haber en el Languedoc hasta cinco “obispados” y una cincuentena de “diaconados”, prueba de una implantación que ha sido debatida en cuanto a su número pero que podría cifrarse en una quinta parte de la población total de esta parte de Occitania. Toda esta red eclesial se sustentaba económicamente, por una parte en el trabajo de los “bons homes” que ponían en común el fruto de su esfuerzo y aceptaban donaciones de los creyentes, y por otra en los legados que solían hacer los creyentes moribundos cuando recibían el Consolamentum.

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