sábado, 20 de mayo de 2017

Siguiendo con la guerra de sucesión (XI)


El nueve de noviembre de 1710 colocó Vendome a Felipe V nuevamente en Madrid y tras derrotar a los británicos de Stanhope, fue designado Virrey de Cataluña, puesto que no llegó a desempeñar al haber fallecido en Vinaroz el 11 de Junio de 1712, víctima de un atracón de langostinos. Le sustituiría el príncipe de Tilly.

Pero Vendome no vino solo; le acompañaría quién acabaría teniendo especial significación política: Julio Alberoni, un personaje hecho al gusto de Luis XIV con una ambición personal que acabaría poniendo a su servicio a la monarquía.

Los acontecimientos, a partir de estos momentos, se acelerarían favorablemente para Felipe V. Las victorias se suceden una tras otra, y en 1711, la muerte del emperador acarrea una nueva situación internacional que repercute directamente en el devenir de la guerra en España. Y es que el archiduque se marcha a Viena para ser coronado emperador.

Este hecho daría un vuelco al conflicto, y es que Inglaterra, que tan manifiestamente había apoyado al archiduque, no estaba dispuesta a sentar en el trono de España a quien conjuntase bajo su corona a Austria y a España. A partir de este momento, la participación de la Gran Bretaña sería displicente, como siempre, más pendiente de sus intereses particulares que de las promesas formuladas. Algo que acabaría con el abandono del apoyo prestado a la causa de Carlos, sin que ello significase dejar de prestar apoyo en todo lo que significase menoscabo a quienes aparentemente dejaban de hostigar.

Hubo otro acontecimiento que pudo haber cambiado la historia: “En 1712, la muerte del delfín de Francia, Luis, duque de Borgoña, generó expectativas a Felipe V en el trono francés. El rey tuvo varias conversaciones con el duque y el abate italiano, paralelas a los preacuerdos de Utrecht. Según Castellví: «El Consejo de Estado se juntó muchas veces sobre esta novedad, y las deliberaciones se ocultaron, como también las conferencias entre el rey, reina, duque de Vendôme y el marqués de Bonac». El impasse provocado por la muerte del delfín dio de nuevo un protagonismo indiscutible a Vendôme y a su protegido que transmitieron a Felipe V los deseos contrarios de su abuelo respecto a sus pretensiones, pero aquél se negó a aceptar sus sugerencias. Sus rabietas obligaron a Vendôme y Alberoni a armarse de paciencia y a ir, a menudo, a palacio para desaconsejarle de volver a Francia como sucesor de Luis XIV. Sin embargo, en la corte, circuló el rumor de que el monarca abandonaría España.” 

A mediados de 1713 se hizo público el abandono de Inglaterra por la causa del atchiduque. La noticia sentó como una jarra de agua fría entre los españoles austracistas. Así, conforme señala  Andrés Cassinello Pérez, “el 30 de junio de 1713, tras conocerse la noticia del abandono de los ingleses, se reunieron en Barcelona los Tres Comunes, formados por la Generalidad, el Consejo del Ciento, que tenía encomendado el gobierno de la municipalidad y el Brazo Militar, formado por aristócratas fueran o no militares. Los reunidos convocaron la Junta General de Brazos, que el 5 de julio de 1713 decidió continuar la guerra «ya que Felipe V no había concedido la amnistía ni se había comprometido a mantener las Leyes propias del Principado». El Brazo Eclesiástico se abstuvo en la votación y fue una fracción del Brazo Militar, dirigida por Manuel de Ferrer i Sitges, autor de un encendido discurso, el que se decantó por la guerra.”

Todo ello sería posible ser llevado a cabo porque con la retirada de las tropas austracistas no se procedió a la entrega de las plazas, sino que, atendiendo a la voluntad europea de debilitar todavía más a España, quedarían contingentes de tropas aliadas, supuestamente desertoras, que bajo sueldo británico continuarían ocupando los territorios que eran abandonados en los tratados.

Viendo el devenir de los acontecimientos, “muchas damas de los reinos de Castilla, Aragón y Valencia …/… se embarcaron en Mataró el 21 de agosto de 1713 con el general Wallis para pasar a Italia y a Alemania: las condesas de Cardona, de Villafranqueza, del Casal, de Cervellón y de Rafal siguieron a sus maridos; en cambio, la condesa de Cirat se quedó en la capital catalana.” 

Los exiliados austracistas, que en su conjunto, y según Virginia León Sanz, pudieron alcanzar el número de treinta mil, “se dirigieron a los territorios italianos y flamencos que habían formado parte de la monarquía española hasta la Paz de Utrecht y que ahora pertenecían a los Habsburgo: Milán, Cerdeña y sobre todo Nápoles; y pocos a los Países Bajos.”   Señala la misma autora que “muchos militares que formarán 1os Regimientos de Españoles se instalarán en Hungría.”

0 comentarios :

 
;