domingo, 18 de junio de 2017

Antonio Pérez, el primero entre los traidores (X)

Pero nada parece tener tan fácil explicación. Algo debió conocer Felipe II con posterioridad al crimen; algo que le alteró el espíritu y lo llevó a reconocer públicamente su culpa… y a exigir a Antonio Pérez que asumiese la que le correspondía, sin permitir que la otra principal implicada, la princesa de Éboli, saliese libre, y es que “lo que en cierto modo pone fuera de duda la complicidad de la princesa en la muerte de Escovedo, es su lenguaje y conducta después del suceso. Ella dijo á Beatriz de Frías «que Escovedo era deslenguado y que hablaba muy mal de las mugeres principales y que persuadía á los frailes que iban á predicar á Sta. María que dixessen palabras maliciosas que á ella le podían dar pesadumbre.”

“Mientras que Felipe II, incitado por Perez, ordenaba la muerte de Escovedo, creyendo obedecer á una razón de estado, Perez por el contrario seguía el impulso de su odio y de sus recelos , obteniendo la autorización de matar á un amigo antiguo que para con el rey podía perderle.”

“Pero, al margen de la cierta responsabilidad del monarca, Antonio Pérez –cuya extrema corrupción era vox populi– preparó una trama complicada haciendo creer al monarca la traición de don Juan…. Había convertido al rey en cómplice en el asesinato, conservando documentos que le comprometían.”

“Antonio Pérez convenció a Felipe II de que convenía eliminar a Escobedo como responsable de los desvaríos de don Juan. El rey no descubrió el fraude hasta después de morir Escobedo. Y a partir de entonces empezó a fraguarse la pérdida de Pérez y de la Éboli. Don Juan murió sin sospechar que Antonio Pérez le había traicionado.” 

“Pero luego resultó que las sospechas sobre la conjura de don Juan eran totalmente infundadas. Muerto aquél en Flandes, a consecuencia de la peste, poco después del asesinato de Escobedo, llegaron todos sus papeles a Madrid. Ellos ponían en evidencia la sinceridad y lealtad del Infante. Entonces el Rey abrió los ojos, su conciencia comenzó a tambalear y quiso echar sobre el asunto toda la luz que fuera posible, aunque procurando que los documentos más comprometedores no se hicieran públicos, primero para no manchar la fama de su hermano, acusado en ellos de traición, y, segundo, para no poner en evidencia su propia desconfianza enfermiza.”

De la actuación de Felipe II se puede concluir que“Perez fué culpable de engaño al Rey en la muerte de Escobedo, y Felipe II, al castigarle, no obró á impulsos de las malas pasiones que se han supuesto.”  De hecho, de manera reiterada es impelido Pérez a que diga la verdad de los hechos, precedido de la declaración de culpa del rey. Sin embargo, Antonio Pérez, se niega a reconocerlo y ocasiona una de las evasiones más espectaculares de la historia, acarreando unos documentos comprometidos para la seguridad nacional española que con los años transcurridos fueron perdiendo inevitablemente la importancia que tenían en un principio.

Una vez asesinado Escobedo, de inmediato, los familiares de la víctima iniciaron una investigación sobre los hechos, y pusieron las descubierto los devaneos y los intereses existentes entre la viuda de Éboli y Antonio Pérez, de los que era conocedor Escobedo, saliendo a la luz las amenazas que éste había recibido.

Con estos datos, la mujer y los hijos de Escobedo pidieron justicia a Felipe II, acusando directamente a Antonio Pérez y a la princesa de Éboli. Los deudos informaron al rey de las relaciones secretas de su secretario de estado, de donde Felipe II dedujo el terrible engaño del que había sido objeto.

Entre tanto, el presidente del Consejo de Castilla, Antonio de Pazos, mediaba con los familiares de Escobedo, en concreto con su hijo Pedro, en quién su “discurso produjo mucho efecto en Escovedo, el cual solo tenia algunas sospechas contra Perez y la princesa , y no poseía prueba alguna que pudiese valer en juicio, y en su consecuencia respondió al presidente de Castilla: «Señor, pues asi es , yo doy mi palabra por mí, por mi hermano y por mi madre de no hablar mas en esta muerte, ni contra el uno, ni contra el otro«.”  Pero si cesaba en el empeño el hijo del finado, no lo hacía Mateo Vázquez, antiguo secretario de Felipe II y del partido del Duque de Alba.

 Las dudas iban creciendo al par que las pruebas contra Antonio Pérez. Llegó momento en que la princesa de Éboli acabó por mandar un escrito al rey en el que se quejaba porque la gente decía “que Antonio Perez mató a Escovedo por mi respecto, y él tiene tales obligaciones á mi casa que cuando yo se lo pidiera estubiera obligado a hacerlo.”  En la misma, se descaraba y manifestaba que “con aver dicho yo este me avré descargado con Vuestra majestad.

Si la corte de Felipe II destacó por los enfrentamientos existentes entre los dos partidos (el del duque de Alba y el del príncipe de Éboli), el asunto alcanzó cotas de gravedad suprema con la muerte de Escobedo.“Detrás de este asesinato quedaron ocultos los hilos de una gran conspiración palaciega producto de ambiciones personales y de la lucha por el poder surgida entre dos facciones políticas.” 

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