lunes, 26 de junio de 2017

La crisis del siglo XVII (X)

Los tradicionales enemigos de España hicieron malabarismos con la literatura y con la imprenta; instrumentos, la literatura y la imprenta, que no eran ajenos a España, pero mientras sus literatos y sus imprentas se dedicaban a destilar las más abyectas mentiras para desprestigiar a España en todos los ámbitos, en España se limitaban a intentar impedir que esos libelos llegasen a manos de los españoles, sin mover un dedo para contrarrestar propaganda falsa con propaganda verdadera; el resultado es de todos conocido: Todo el mundo habla con sorna de la “Grande e General Armada”, sarcásticamente conocida “Armada Invencible” enviada en 1588 contra Inglaterra, un desastre memorable; pero nadie habla de la “Armada Invencible Inglesa” de 1589, al mando de los piratas Drake y Norris, muy superior a la española, que fue deshecha, aquí sí, por la acción militar de una muy inferior armada española.

Dos ejemplos que tienen repeticiones reiteradas a lo largo del mundo, y que incluyen hasta la proclamación por parte de Inglaterra, como victoria, de una memorabilísima derrota que sufrieron en Cartagena de Indias.

Lo que la Edad Moderna nos muestra es que la guerra, la historia, se hace también, y en muchas ocasiones sobre todo, a base de propaganda; una propaganda que hasta un inmediato ayer histórico no había tenido efecto en la mentalidad española, pero que hoy, lamentablemente, la tiene sumida en la misma inopia que eran mantenidos los pueblos a los que iba dirigida una Historia Negra contra España; libelos que nada tienen de Historia.

Debemos situarnos en las contingencias del estado en estos momentos, cuando la monarquía hispánica, conformada primero por los Reyes Católicos y modelada por Carlos I y por Felipe II, tenía una estructura determinada, en un momento determinado. En estos momentos, “el conjunto de la sociedad se encontraba sometido a un orden en el que todos los individuos debían respetar a la autoridad máxima encarnada por el rey. Incluso éste, que tenía el poder soberano, y que estaba por encima de las leyes, debía acordar sus actos con los intereses generales, a menos de querer ser considerado como un tirano.” ; una situación donde “La imagen que se tenía del Estado en los nuevos regímenes absolutistas era la de un cuerpo, donde por definición no era concebible el funcionamiento autónomo de sus miembros. La nobleza, que era la clase guerrera medieval, y que a menudo ejercía un poder comparable al del rey, tuvo que adaptarse a ese nuevo esquema, y con él a las nuevas tareas que se le asignaron en la corte y el gobierno. La reconversión no se llevó a cabo sin traumas pues ésta implicaba, en definitiva, una sujeción a la que no estaba acostumbrada y hallarse en competencia con personajes, como los letrados que, a pesar de pertenecer a escalones inferiores de la sociedad, con frecuencia eran más aptos para ajustarse a las nuevas exigencias administrativas”.

Lo que encontramos en gran medida en el pueblo español es honor, y ese honor llevaba a sus protagonistas a realizar gestas inimaginables. Sin embargo, “había, una desproporción inmensa entre el poderío español y la riqueza española. Los pueblos de la Península que sostenían, con ejércitos y armadas, con guerras y diplomacias, tan vasto Imperio, eran mucho más pobres que ahora. El considerar que del páramo de Castilla, cien veces menos poblada y menos cultivada que hoy, salían aquellos raudales de energía y de autoridad que se derramaban por los dos hemisferios, nos produce la impresión de un milagro. Y había en ello mucho de milagro, porque el español acostumbrado a las hazañas mitológicas, vivía en pleno mito y tenía la eficacia sobrehumana que el mito da. El pueblo español había visto a un aventurero, echado de los países sensatos por medio loco, que se lanzaba al mar en una carabela y volvía con un mundo entero sometido a Castilla; había visto a un Emperador que con unos cuantos hombres casi desarrapados, batía a los más orgullosos enemigos; a un Rey que vencía al turco fabuloso en los mares latinos y que levantaba maravillas de piedra, asombro del universo, para solemnizar sus victorias; a unos galeones repletos de tesoros, que venían, conducidos por el Dios protector especial de España, a resolver con largueza las necesidades del Estado español, cada vez que parecían insolubles. Esta colaboración de lo sobrenatural multiplicó, al principio, la real energía del país. Es un fenómeno que se comprueba en todos los aspectos de la vida: el individuo que se siente miembro de una profesión ilustre, o de una asociación poderosa, o de una insigne familia; el que, sobre todo, se sabe ciudadano de una nación temida por las demás, es indudable que necesita un esfuerzo mínimo para realizar la misma obra que aquel otro hombre que se siente a solas con sus propias fuerzas, desamparado de estos sostenes ambientales. En este sentido, la confianza en sí mismo del español de entonces no ha sido superada por nadie, como no fueran los ciudadanos de la gran Roma de los Césares.”  Esa confianza es la que propició todo, y la falta de confianza, la que destruyó todo.

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