jueves, 22 de junio de 2017

La familia, base de la sociedad (X)

3.7.- A la luz de la doctrina cristiana

En el Cristianismo, la familia es concebida como el entorno natural de la persona; el lugar donde recibe el legado de su ser como persona humana, como ser social, como hijo de Dios.

El elemento indispensable es el matrimonio; la unión entre un hombre y una mujer, de cuyo amor surge la vida y se constituye lo que propiamente entendemos como familia. “en el Señor, ni el varón es sin la mujer, ni la mujer sin el varón” .

Una unión indisoluble — “Pero a los que están unidos en matrimonio, mando, no yo, sino el Señor: Que la mujer no se separe del marido; y si se separa, quédese sin casar, o reconcíliese con su marido; y que el marido no abandone a su mujer” . — que garantice la paz individual y la paz social.

“Y se acercaron los fariseos y le preguntaron, para tentarle, si era lícito al marido repudiar a su mujer. Él, respondiendo, les dijo: ¿Qué os mandó Moisés? Ellos dijeron: Moisés permitió dar carta de divorcio, y repudiarla. Y respondiendo Jesús, les dijo: Por la dureza de vuestro corazón os escribió este mandamiento; pero al principio de la creación, varón y hembra los hizo Dios.

Por esto dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y los dos serán una sola carne; así que no son ya más dos, sino uno. Por tanto, lo que Dios juntó, no lo separe el hombre. En casa volvieron los discípulos a preguntarle de lo mismo, y les dijo: Cualquiera que repudia a su mujer y se casa con otra, comete adulterio contra ella; y si la mujer repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio” .

Marca responsabilidades serias a los esposos, y en concreto al varón cuando señala que “el casado tiene cuidado de las cosas del mundo, de cómo agradar a su mujer” .

En el concepto de mujer, es de destacar que el cristianismo reconoce la misma dignidad al hombre que a la mujer — “Honrarás a tu padre y a tu madre”  —, e incluso le reconoce tratamientos de gran calado, como en el caso de la Virgen, cuando en el Ave María rezamos: “Bendita eres entre todas las mujeres”, o cuando afirma: “En tu simiente serán benditas todas las familias de la tierra” .

Ese reconocimiento de igualdad entre hombre y mujer se ve reflejado en toda la doctrina cristiana, desde el principio de su concepción: “La mujer no tiene potestad sobre su propio cuerpo, sino el marido; ni tampoco tiene el marido potestad sobre su propio cuerpo, sino la mujer” .

El propio Jesús, en su vida terrena manifestó reiteradamente esa igualdad en dignidad: “Y vuelto a la mujer, dijo a Simón: ¿Ves esta mujer? Entré en tu casa, y no me diste agua para mis pies; mas ésta ha regado mis pies con lágrimas, y los ha enjugado con sus cabellos. No me diste beso; mas ésta, desde que entré, no ha cesado de besar mis pies. No ungiste mi cabeza con aceite; mas ésta ha ungido con perfume mis pies. Por lo cual te digo que sus muchos pecados le son perdonados, porque amó mucho; mas aquel a quien se le perdona poco, poco ama. Y a ella le dijo: Tus pecados te son perdonados” .

Y el mandato “No fornicarás”, no es dirigido a ninguno de los dos sexos en concreto, sino a ambos a la vez, del mismo modo, la igualdad se encuentra marcada en la siguiente expresión: “El que de vosotros esté sin pecado sea el primero en arrojar la piedra contra ella” .

El cristianismo perfecciona el derecho romano dándole  al matrimonio una dignidad superior puesto que  “al transmitir  a sus descendientes la vida humana, el hombre y la mujer, como esposos y padres, cooperan de una manera única en la obra del Creador” .

Jesús nace y crece en el seno de una familia y su doctrina es la creación de una Familia, cuyo Padre es Dios. A lo largo de su vida exalta los valores de la familia, en Belén, en las bodas de Caná, y en la constitución de la Iglesia. No satisfacía al Redentor haber creado los tipos aislados del hombre y la mujer, sino que necesitaba reunirlos formando una familia, modelo práctico y permanente de todas las demás sociedades domésticas.

Desde la  encíclica Arcanum divine sapientiae (10-2-1880) de León XIII, hasta  Evangelium Vitae de Juan Pablo II (25-3-1995) se observa  una doble dinámica complementaria: por un lado, la constatación del crecimiento  de errores morales que conlleva el alejamiento de la cultura cristiana y por el otro, la necesidad de profundizar en el misterio de Cristo para mejor comprender la belleza y la bondad de la realidad matrimonial.

La perfección por una parte es sobrenatural, y por otra es natural, pero con la proyección de la luz divina. Es decir, en su primera fase es un hecho religioso, pero se proyecta sobre la naturaleza,  donde el católico intentará actuar ordenándola según el espíritu del evangelio, dando lugar a  un estilo peculiar de cultura que llamamos católica.

La cultura matrimonial y familiar es la genuina cultura católica. El Papa Juan Pablo II en sus  Catequesis sobre el amor humano  dice: el cometido último del matrimonio y la familia es hacer comprender al ser humano sus claves existenciales, que es un ser que viene del amor de Dios Padre, que no se puede vivir sin amor y para eso ha de abrir las puertas al corazón de Cristo. Por tanto,  la verdad última del ser humano sólo puede ser vivida si las personas aprenden a amarse  entre sí, y es en el  matrimonio y en la familia donde esta realidad puede ser vivida.

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