viernes, 30 de junio de 2017

La Justicia en la Inquisición (II)

En cuanto al número de víctimas, hay que decir que la Inquisición no llegó probablemente a ejecutar a un 2 por 100 de los acusados que cayeron en sus manos. Las fantasmagóricas cifras que Llorente dio en el siglo XIX (31.912 personas quemadas, otras 17.659 en efigie, y 291.450 condenadas), han sido objeto por parte de los historiadores actuales de drásticas restricciones. Sin aventurar cifras concretas, y tras las dos primeras décadas de muy severa represión, es posible que durante los siglos XVI y XVII (en el XVIII hubo menos ejecuciones) perecieran en la hoguera unas seiscientas personas. De ser ello así, y por utilizar la comparación del prestigioso investigador Henry Kamen, vendría a suceder que en las dos centurias fueron ejecutadas por la Inquisición española unas tres personas por año en todo el conjunto de los territorios de la monarquía, incluidos los de Italia y América, porcentaje evidentemente inferior al de cualquier tribunal provincial de justicia, con lo que, según concluye el mismo autor, cualquier comparación entre tribunales seculares e Inquisición no puede por menos de arrojar un resultado favorable a ésta, en lo que a rigor respecta.

Hemos hablado del total de condenados a relajación; queda el resto, que puede tener una inmensa amplitud, porque en la práctica, la Inquisición ejercía la labor de confesar e imponer penitencias como podía hacerlo en aquellos momentos u hoy mismo cualquier sacerdote. En el ejercicio de esa labor, “de 1483 a 1820, en el distrito que tuvo por sede primer Ciudad Real –hasta 1485-, luego Toledo, se ha calculado que los reos fueron 6511 en el siglo XV, 5725 en la primera mitad del siglo XVI, 2137 en la segunda mitad, 2421 en el XVII y 440 en los siglos XVIII y XIX; llegamos así a un total de 17234.”   17234 en 337 años. Si extrapolamos el dato a los 23 tribunales, obtenemos un total de 1176 casos por año en toda la Hispanidad; un promedio de 51 casos por año y tribunal.

En el baile de cifras, hay otras opiniones; así desde 1540 hasta 1700 ”serían 49.092 las personas procesadas por el Santo Oficio.” Ateniéndonos a las sentencias, “Contreras y Henningsen opinan que la pena de muerte representaría sólo el 3,5%; además, esta pena no siempre se habría ejecutado efectivamente: sólo el 1,8 por ciento habrían sido relajados en persona; el 1,7 por ciento lo habrían sido en efigie.” 

Marcelino Menéndez Pelayo arremete contra Llorente diciendo: “¿Quién le ha de creer, cuando rotundamente afirma que desde 1481 a 1498 perecieron en las llamas 10.220 personas? ¿Por qué no puso los comprobantes de ese cálculo? El Libro Verde de Aragón sólo trae 69 quemados con sus nombres. Sólo de 25 en toda Cataluña habla el Registro de Carbonell. Y si tuviéramos datos igualmente precisos de las demás inquisiciones, mal parada saldría la aritmética de Llorente. En un solo año, el de 1481, pone 2.000 víctimas, sin reparar que Marineo Sículo las refiere a diferentes años. Las mismas expresiones que Llorente usa, poco más o menos, aproximadamente, lo mismo que otros años, demuestran la nulidad de sus cálculos. Por desgracia, harta sangre se derramó, Dios sabe con qué justicia. Las tropelías de Lucero, v.gr., no tienen explicación ni disculpa, y ya en su tiempo fueron castigadas, alcanzando entera rehabilitación muchas familias cordobesas por él vejadas y difamadas.”

Evidentemente, un relajado es demasiado rigor. En eso estaremos de acuerdo. Y si un relajado es demasiado rigor, seiscientos, en trescientos cincuenta años, también es demasiado, como también es demasiado la existencia de otros castigos. No obstante debemos señalar nuevamente que es demasiado alarmante que las críticas a estos excesos injustificables llenen y acaben con todos los argumentos contra los malos hábitos. Del mismo modo que estos hechos en sí llaman la atención si los relacionamos con la ausencia de violencia y de castigo, también llama la atención que quién los denuncia y estigmatiza con ellos la actuación de la Iglesia y de España en un determinado periodo de la Historia, cierre los ojos para otro tipo de actuaciones sobre casos similares tratados por la Inquisición y no llevados a efecto por la Inquisición.

Si llevamos a término tal ejercicio, podremos observar que comparar la Inquisición con las instituciones y los métodos de los estamentos de justicia europeos coetáneos o islámicos de todos los tiempos nos puede dar unos resultados que nos hagan estimar como insultante para la Inquisición el desarrollo de esa comparación.

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