lunes, 10 de julio de 2017

Anotaciones para un estudio del priscilianismo (10)

La libertad que proclama Prisciliano no es sólo contra el bloqueo de Canon de las Escrituras, en pro de la libertad de lectura y contra la censura eclesiástica. Es más profunda: es la libertad de búsqueda y encuentro con Dios. Libertad de tiempos y lugares, de días festivos o del calendario eclesiástico y de los templos oficiales. Porque «la fijación de los días, semanas, meses, estaciones, es una esclavitud bajo el tiempo y Dios nos ha librado del vínculo del tiempo para elevamos a la eternidad». De ahí la nueva liturgia de Prisciliano, con sus cantos y danzas, y la vuelta a los gestos elementales, como el orar con los pies desnudos y con los gestos tradicionales del pueblo, el retiro a los montes, bosques, montañas y ríos, es decir, la celebración del triunfo del Señor en medio y con la naturaleza tomada amiga y Rostro de Dios.

Aquí está la razón de la costumbre priscilianista de desertar los templos oficiales, a la que aluden los Cánones 2 y 4 del Concilio Primero de Zaragoza del 380 y de los ataques al calendario lunar, al cálculo de la Pascua.

Pero lo que sin duda llevó a la excomunión son las tesis priscilianistas, que según Toribio de Astorga relató al papa León I son las siguientes: El padre, el Hijo y el Espíritu Santo son una e idéntica persona; de Dios proceden determinadas fuerzas que habían precedido a su esencia; El Hijo de Dios se llama Unigénito sólo porque nació de la Virgen; No veneran el nacimiento del Señor y simulan adorarlo, porque ayunan ese día y el domingo; el alma del hombre es sustancia divina; el Diablo nunca fue bueno y su naturaleza no es obra de Dios, sino que surgió del caos y las tinieblas; condenan las nupcias y aborrecen la procreación de los que nacen; la plasmación o formación de los cuerpos humanos son fragmentos del diablo y semilla de la concepción de los demonios en el útero de las mujeres; los hijos de la promesa nacen de las mujeres, pero dicen que
son concebidos del Espíritu Santo; las almas, plantadas o injertadas en los cuerpos, habían existido antes sin el cuerpo en el cielo, donde habían pecado y por ese pecado habían sido arrojadas por las potestades de aquellos lugares excelsos al mundo inferior; almas y cuerpos de los hombres están sometidos a la fatal influencia de las estrellas; las partes del alma están sometidas a unas potestades y los miembros del cuerpo a otras;
todo el conjunto de las escrituras canónicas ha de adscribirse a los nombres de los patriarcas; el cuerpo humano está sometido a la potestad de los astros y de los signos del Zodiaco.

Estas ideas las recoge San Agustín, quién dice: Priscilianistas; son los que en España fundó Prisciliano y siguen los dogmas entremezclados de los Gnósticos y los Maniqueos. Aunque también han confluido en ellos con horrible confusión, como en una cloaca, las inmundicias de otras herejías. Para ocultar sus contaminaciones y torpezas tienen entre sus dogmas la siguiente consigna: Jura, perjura, pero no descubras el secreto. Aseguran que las almas de la misma naturaleza y sustancia de Dios han descendido gradualmente a través de siete cielos y de algunos principados para llevar a cabo una lucha espontánea en la tierra e irrumpir en el príncipe maligno que ha hecho este mundo, y ser diseminados por este príncipe a través de los diversos cuerpos de carne. Garantizan también que los hombres están atrapados por la fatalidad de las estrellas, y que nuestro mismo cuerpo está compuesto según los doce signos del cielo, como esos que el pueblo llama matemáticos (horóscopos): poniendo en la cabeza a Aries, en el cuello a Tauro, Géminis en los hombros, Cáncer en el pecho, y recorriendo los demás signos por sus nombres, llegan a las plantas de los pies, que atribuyen a Piscis, que es el último signo de los astrólogos. Esta herejía ha novelado estas y otras cosas fabulosas, vanas y sacrílegas, que es largo de contar.

Reprueban también las carnes como alimentos inmundos, desuniendo a los cónyuges a quienes este mal ha podido convencer, tanto a los maridos contra la voluntad de sus mujeres como a las mujeres contra la voluntad de sus maridos. La hechura de toda carne la atribuyen no a un Dios bueno y verdadero, sino a los ángeles malignos. En esto son aún mucho peores que los maniqueos, porque no rechazan nada de las Escrituras canónicas, que leen todos juntamente con los apócrifos, y los citan como autoridad; pero luego, alegorizando a su capricho, van expurgando todo cuanto en los libros santos destruye su error. Sobre Cristo aceptan la secta de Sabelio, diciendo que Él mismo es a
la vez no sólo el Hijo, sino también el Padre y el Espíritu Santo.

Las doctrinas priscilianistas se basaban en el dualismo gnóstico-maniqueo, una creencia en la existencia de dos reinos, uno de la luz y otro de la oscuridad. Decían que los ángeles y las almas de los hombres eran arrancadas de la sustancia de la deidad. Las almas humanas estaban destinadas a conquistar el reino de las tinieblas, pero cayeron y fueron aprisionadas en cuerpos materiales. Así ambos reinos están representados en el hombre, y de ahí el conflicto simbolizado por parte de la luz por los doce patriarcas, espíritus celestiales, que corresponden a ciertos poderes humanos; y por parte de la oscuridad, por los signos del zodíaco, símbolos de la materia y del reino inferior. La salvación del hombre consiste en la liberación del dominio de la materia. Cuando los doce patriarcas no pudieron liberarle, vino el Salvador en un cuerpo celeste que aparecía
como el de otros hombres y con su doctrina y su muerte aparente liberó las almas de los hombres de la influencia de lo material.

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