sábado, 29 de julio de 2017

EL ANEXIONISMO ANGLO-USENSE (II)


La toma de posición era evidente; así, el presidente Jefferson, ya en noviembre de 1805, dijo al ministro británico que Estados Unidos podría apoderarse de Cuba en caso de guerra con España. Consideraba que, en caso de guerra, sucesivamente Florida Oriental y Occidental y la isla de Cuba, cuya posesión era necesaria para la defensa de Luisiana y Florida (...) serían conquista fácil para Estados Unidos.



Y la disposición para llevar a efecto los propuesto, evidente.

en 1809, en carta privada a su sucesor al frente del Poder Ejecutivo, James Madison, el ex presidente Thomas Jefferson afirmó: “Confieso francamente que siempre he visto en Cuba la más interesante adición que se puede hacer a nuestro sistema de estados.

Es en medio de estos dos momentos cuando, en 1808, Inglaterra cambia el rumbo de sus escuadras, en principio destinadas a atacar Buenos Aires, para dirigirlas a La Coruña y presentarse como amigos para combatir a Napoleón. ¡Oh milagro!, el mayor enemigo convertido en aliado… despliega todo su saber para la metódica destrucción de España.

Hubo quién se lo creyó: el pueblo español. Pero hubo quién no se lo creyó y siguió sirviendo a los franceses, y quién tampoco se lo creyó porque ya era previamente aliado de Inglaterra.

El batiburrillo era manifiesto en España. Los enemigos continuaban con su labor; unos continuaron siervos de Francia, y los otros, siervos de Inglaterra, comenzaron su labor de zapa: constituyeron las Cortes de Cádiz.

Seguidamente organizaron con éxito las guerras separatistas de América que fragmentaron la Patria en pequeños trozos más fáciles de ser controlados por los intereses británicos, mientras dinamitaban las estructuras sociales y culturales de todos ellos al tiempo que controlaban las estructuras económicas, sometiendo a todos a la nueva esclavitud del liberalismo.

España había quedado reducida a la península ibérica, Cuba, Puerto Rico, Filipinas, Marianas y otras islas del Pacífico. No había duda, eran frutas que madurarían  a lo largo del siglo XIX.

Ahora, Inglaterra tenía a su servicio una factoría independiente y crecientemente poderosa que le posibilitaría seguir con su labor de colonización del mundo. Y quién se lo había impedido hasta el momento, se encontraba totalmente postrada y dominada por sus agentes, que ocupaban todos los resortes de poder en España.

Por otra parte, los británicos se instalaron en Singapur en 1821 y después en Hong-Kong, en 1842, como consecuencia del tratado de paz con China tras la conocida como “guerra del opio”, que tuvo lugar entre los años 1840 Y 1842, tras la cual, China, además de verse obligada a ceder parte de su territorio a Inglaterra, debió permitir el comercio del opio que los británicos cultivaban en la India, al tiempo que se imponía el racismo británico, que argumentaba diferencias raciales basadas en la biología que relegaban a los asiáticos al servilismo.

La manifiesta pérdida de influencia española significó, en este caso para los asiáticos, y como consecuencia de los tratados que se vieron forzados a firmar, un nuevo estatus que los sumía en la inferioridad.

Los llamados Tratados Desiguales fueron la plasmación de ese nuevo contexto entre los asiáticos y sus gobiernos, que apenas podían imponer tasas mínimas a las exportaciones europeas (entre un 3 y 5%, dependiendo de cada país) y los comerciantes europeos, cuyos gobiernos no aplicaban las mismas tasas en sus países y que además gozaban del derecho a la extraterritorialidad, esto es, que sus posibles delitos sólo podían ser juzgados por tribunales formados por compatriotas generalmente más benévolos. (Rodao 2010: 3-4)

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