martes, 25 de julio de 2017

La caída del Imperio Romano (11)

Leovigildo fue un gran rey que, además de ser el primero en usar corona y cetro, emitió moneda con su nombre y busto (hasta entonces llevaban el nombre del emperador bizantino), fundó dos ciudades (privilegio reservado al emperador), Vitoria y Recópolis (cerca de Zorita de los Canes, en Guadalajara), y tras su triunfo sobre los vascones, recuperó del poder de Bizancio importantes asentamientos como Córdoba, Baza o Asidonia (Medina Sidonia), ésta por la traición de un cierto Framidáneo, ciudad muy fuerte, y después de dar muerte a los soldados, establece a esa ciudad bajo la ley de los godos , y todo el norte peninsular que había estado en poder de los suevos, y sobre todo fue un renovador formal de la monarquía, según San Isidoro . Instaló definitivamente en Toledo la capital del reino, que ya venía siendo usada en algunos aspectos como tal desde el reinado de Teudis, haciéndola centro de la actividad política y religiosa, y que en definitiva recogía la importancia que hasta el momento tenía el “tesoro regio”, base del poder real, fue respetada la organización administrativa y judicial romanas, con la misma división territorial, Tarraconense, Cartaginense, Bética, Lusitania y Gallecia, a la que se unía otra, Septimania o Galia Narbonense.

Las provincias estaban gobernadas por un “dux exercitus provinciae” y por una administración civil “rector provinciae”, regido por un “comes civitates”. A partir de este momento se emite moneda propia, rompiendo con la tradición de emitir moneda copia de la del Imperio de Oriente . Y lo que es más importante: Se puso como meta unificar definitivamente el reino, sin distingos entre visigodos e hispano-romanos, tendiendo puentes entre ambas comunidades, para lo cual llevó a efecto una interesante labor legislativa, recogida en el “Codex Revisus”, del que sólo hay noticias históricas por las referencias que de él hace San Isidoro.

Según tradiciones, murió católico.

Todos estos extremos fueron ensalzados por la cumbre de la sabiduría medieval, San Isidoro , en su relato de la historia de los godos, resaltando que con ellos los godos habían dejado de ser bárbaros. San Isidoro, verdadera alma de la patria española, dejo escrito: “De todas las tierras, cuantas hay desde Occidente hasta la India, tú eres la más hermosa, oh sacra Hispania, madre siempre feliz de príncipes y de pueblos. Bien se te puede llamar reina de todas las provincias… tú, honor y ornamento del mundo, la más ilustre porción de la tierra, en que la gloriosa fecundidad de la raza goda se recrea y florece…”. Es, como dice Menéndez Pidal, los cantos del desposorio de España con el pueblo godo.

El año 586 subió al trono Recaredo, tras repeler personalmente con éxito a los francos, habiendo heredado un reino unificado, salvo una pequeña franja mediterránea que estaba en poder de Bizancio. Su idea era completar la unificación del pueblo hispano romano con el pueblo godo; para ello primero convocó un concilio conjunto de obispos arrianos y católicos en el que presumiblemente se trató de la unificación de ambas religiones; propició el III Concilio de Toledo, que tendría lugar el año 589, cuando él mismo se había bautizado católico el 8 de Mayo de 586. Con ese hecho abrió las puertas de la política al pueblo hispano-romano y dio vía libre a la cultura. Si bien los hispano romanos no tenían acceso al trono. La pregunta es si, tal vez, el paso idóneo hubiese sido agregarse totalmente a Bizancio. Pero eso no es historia.

Los únicos que quedaban fuera eran los judíos; los mismos que ocasionaron graves daños a Alarico II, y quienes se mantuvieron fieles a la fe arriana, en concreto los obispos, entre los que destacaban Ataloco, Uldila y Sunna. Unos y otros ocasionarían sucesivos conflictos. En concreto Sunna huyó a África, y el obispo Uldila de Toledo, junto a la madrastra de Recaredo, conspiraron contra la nueva monarquía. Sabida por el rey esta conjura, el obispo salió desterrado de España, y la muerte que en aquella sazón sobrevino á Gosuinda ahorró á Recaredo el trabajo de discurrir el castigo que impondría á la viuda de su padre.

El tercer Concilio de Toledo tuvo especial significado en la concepción de la unidad nacional de España, y a toda la catolicidad, siendo el complemento perfecto del concilio de Nicea . Fueron congregados hasta el número de sesenta y dos prelados y cinco metropolitanos  bajo el magisterio del obispo hispalense Leandro. La fe era el vínculo esencial de los pueblos de España, y la historia nos ha demostrado que esa misma fe es la que posteriormente propició la Reconquista y la formación de la Hispanidad, y fue, en definitiva, un reconocimiento por parte de la minoría visigoda, de la fe defendida por la inmensa mayoría del pueblo español. La conversión al catolicismo de la clase dirigente visigoda significó la eliminación de las diferencias existentes entre la clase dirigente y el pueblo, y quienes perseveraron en el arrianismo fueron, al final, quienes vendieron España al dominio musulmán.

El Concilio puso orden en la Iglesia, prohibiendo usos poco acordes con el espíritu cristiano; regulaba la vida de matrimonio de los clérigos, a quienes les permitía infligir castigos a su esposa, y prohibía que quién después del bautismo accediese a la milicia fuese admitido al diaconado.

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